El capítulo 44 de Biofacto es también el final de esta primera novela. De a poco vamos entrando en las ultimas vivencias de estos personajes que —aún— tienen mucho por decir y hacer. The Fall, nueva canción de Gary Numan ha tenido mucho que ver con estas letras, por lo que adjunto el video debajo de la entrega. Espero que lo disfruten, en breve, el capítulo completo.
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«Todo tiene un final y por mucho que hagamos por evitarlo, la consecución de los ciclos cósmicos termina por quebrarnos, desde dentro, para siempre. El día muere en la noche, de la que nace el día y no hay nada que puedas hacer por detenerlo. Existe un alfa por cada omega y un demonio por cada santo; todos transitando la eterna autopista que lleva a los extremos y en cuyos remansos se agolpan los tibios, los medio vivos. Eso, mientras no llegue la muerte. Vida, para el que tiene suerte, mientras le dure y le mantenga fuerte. Porque todo tiene un final y, vamos, que el mundo en que vivimos parece haberse cansado de vernos la cara de frente.
Recibamos al omega con la dulzura del enfermo que enfrenta la muerte».
El Profeta (Mexico DF, 03.03.03)
Parte I
Lo vi todo, muy claro, en el instante en que puse los pies fuera de la furgoneta. Ese tanque de agua junto a la pequeña casa de la estación de trenes era casi tan grande como la suma de mis miedos. Erguido en medio de la llanura, echando sombra sobre el pasto amarillento y las pocas seguridades que da la tierra al posar los pies en ella. Y sin embargo —y por un momento— fui capaz de olvidar a Laina, al Serpo, a mis captores devenidos en aliados… uno de esos instantes de realidad bruta, como cuando te miras el negro de los ojos en un espejo, solo para comprender que algún día, inevitablemente, acabarás muerto.
Caminé, en silencio, junto a la camilla en la que arrastraron su cuerpo hasta esa puerta de madera, despintada y polvorienta. Todo el trayecto, con la mirada en el pasto, en lo seco de la tierra bajo nuestros pies. Pues que aquello era un paraíso comparado al yermo paisaje del vacío personal. Solo me fijé en su rostro, en esos ojos afiebrados y los gestos tensos, cuando nos detuvimos para esperar a que alguien, desde dentro, gritara un par de cosas. Unas moscas me pasaron zumbando mientras un clic seco hablaba, a la distancia, de acceso. Entonces el olor a encierro y unos pasos al interior de la casa, aislado del sol por unos trapos momificados sobre las ventanas. Recuerdo, pensé muchas cosas en apenas unos segundos… recuerdo que lo primero —y último— en venir a mi mente, fue la idea de un matadero… matadero de hombres.
* * *
La sangre apenas si había coagulado en la camisa del caído para cuando tiraban de sus brazos y le arrastraban lejos del fuego y del plomo. Esas manos ásperas, de ángel del desierto, se las arreglaron para elevarle en el aire y posarle sobre la parte posterior de una camioneta despintada.
Ahora, seis horas más tarde, esas mismas manos se frotaban una con otra, dejando una capa invisible de dermis muerta sobre el piso de tierra, mientras su dueño mantenía la vista fija en el hombre que agonizaba en medio del Hogan que el chamán de los Navajo tenía reservado para esos casos especiales.
— ¿Vivirá?
—Depende de su espíritu.
El hombre de manos ásperas miró, de reojo, a la niña que se mantenía en silencio, sentada justo a su derecha. Y temía decirlo, incluso pensarlo, pero aún le provocaba pavor la manera en que se había encargado de terminar con la amenaza de los agentes federales. Nunca había visto una carnicería así, ni en sus tiempos de soldado de infantería. Una cosa era ver los girones humanos que producía la guerra y otra muy distinta era esa suerte de juego de tiro a las calabazas en el que se había embarcado la niña. Cada cuchillo, de cada guerrero, había dejado su vaina. Al instante, devenidos en proyectiles, perforaban cráneos a una velocidad imposible, haciendo que el terreno quede cubierto de cuerpos decapitados. Ese matadero, esa barbarie, era un exceso incluso ante el peor enemigo. Pero qué se le podía decir a una niña defendiendo a sus padres… ¿quién se animaría a contradecirle ahora que quedaba claro que en su digna ira demostraba ser hija de La Madre?
El hombre se incorporó sin hacer ruido y caminó con gracia y sigilo hasta la abertura que hacía de puerta del Hogan. Alguien tenía que limpiar el desastre, al menos juntar los cuerpos con los pedazos de cráneo y cubrirles de tierra antes del amanecer.
® Fernando Silva 2011 – Todos los derechos reservados
Gary Numan | The fall (2011)

