Biofacto . Parte quinta . Capítulo 42: Sangre en la boca

Biofacto

Autor: Fernando Silva

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Parte quinta:

Híbrido

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Capítulo 42. Sangre en la boca

El polvillo envolvía las botas de Freeze con cada paso, elevándose por sobre los tobillos y formando una nube amarillenta que se disolvía unos metros más atrás. “El desierto no es para los viejos”. Las palabras del abuelo materno, viejo vendedor de armas, retumbaban en la memoria del agente que, por alguna razón, se notaba esa mañana más afectado por las consecuencias de su vida de milicia que en otras ocasiones; incluso peores. Pero lo de la noche anterior había sido desgastante, quizá más de lo que imaginaba. Esa figura disecada por las sales del tiempo aún le rondaba por la psiquis, al igual que los sonidos de la triste canción aborigen con la que el chamán recibiera el amanecer. “Es una plegaria por los muertos de los tiempos que vienen”, le había dicho antes de tomar un poco de tierra con la mano derecha, para luego lanzarla al aire y volver a cantar. Esas notas tan particulares, el arquetipo de la canción india llevado a su máxima potencia, el lamento ancestral de los que saben que han perdido, incluso antes de comenzar la batalla.

Freeze se llevó ambas manos al rostro, a la altura de los ojos, y refregó los granos de arena que se negaban a dejar la zona de los parpados. El calor ya comenzaba a poner su agotadora persistencia a disposición del desierto. Juntos, por aquellas extensiones, eran mixtura letal. Tanto para agentes bien entrenados como para chamanes baqueanos, porque a juzgar por la postura encorvada de sus acompañantes, la temperatura no era bienvenida ni festejada.

— ¿Adónde vamos? —La pregunta sonaba a orden entre los labios apretados de Freeze.

—La niña debe venir más cerca del asentamiento —El chamán apenas volteaba para responder—, aunque no lo suficiente como para que el ataque termine por afectar a las mujeres y niños. Por eso mandamos a los guerreros.

— ¿Ataque?

—Los disidentes van a intentarlo, por más que mueran en el intento ellos saben que deben cortar de raíz los planes de los colonizadores.

— ¿Mi hija?

—Sí, porque sucede que no lo entienden… es que la niña es más fuerte, es más que un artefacto biológico.

El jefe de la reserva se detuvo en seco y viró sobre los talones. Entonces clavó esos ojos llorosos en los de Freeze. Al hombre le temblaba la carretilla, lo que contrastaría con la firmeza del tono de su voz.

—Contamos con ello —dijo, antes de seguir camino en absoluto silencio.

 

*            *            *

 

Los guardianes de La Madre habían vuelto un par de horas antes del atardecer. Rifles en mano, rodeando a Clara y Lima, en perfecto silencio. Ellas, aún agotadas por el viaje, descansaban ahora sobre una gigantesca roca, y miraban las estrellas. Uno de los guerreros navajo, que había quedado de guardia, merodeaba por los alrededores, con el cañón del arma apoyado en el hombro derecho.

—No tengo una respuesta Lima —Freeze meneaba la cabeza mientras miraba de reojo al custodio de chaqueta de piel—. Ni que Clara duerma puede ayudarte a comprender algo… que no yo alcanzo a…

—Siempre… ¡Siempre me he callado la boca! —Lima se incorporaba sobre la roca y daba un par de pasos hasta el borde, para hablar bajo, aunque con la intensidad de un trueno, cerca del rostro de su marido— Fuiste años a la guerra, luego volviste a casa solo para seguir con tus secretos.

—Y tú con los tuyos —Freeze notaba que el navajo olfateaba el aire, quizás en busca del alguna presa que lo entretuviera con una acotada cacería—. ¿No pensabas decirme nada de nada?

— ¿Nada de qué?

—Algo tiene que haber sucedido, algo que te llame la atención. No puede ser que nuestra hija sea poco menos que una celebridad para estos desconocidos y tú no hayas notado nada.

Lima se pasó una mano por la frente, frotando con fuerza la piel. No quería llorar, pero los ojos se le llenaban de lágrimas. ¿Cómo explicarle a ese hombre la impotencia que le provocaba descubrir que su familia estaba construida de ideas aplicadas a perfectos extraños? Era un mazazo en los dientes, y no tenía idea de cómo cubrirse la boca, no le quedaban fuerzas ya para no gritar.

—Resulta que me he quedado sola meses… años enteros, después de jurarnos amor eterno. ¿Recuerdas la iglesia? Juraste estar a mi lado en los buenos… en los malos momentos… pero parece que nunca lo comprendiste.

—Es… era mi trabajo.

— ¿Tu trabajo? ¿Tu trabajo era dejar a tu familia para que le suceda cualquier cosa? —Lima levantaba la voz antes de ver a Clara de reojo y recobrar la compostura— Esto… nada hubiera sucedido si no te hubieras ido. ¡Es mi hija! ¡Mierda! Y resulta que le siguen unos tipos, y después me vengo a enterar que puede aplastarles la cabeza con solo desearlo. Y esas cabezas —La mujer giraba sobre sí misma para apoyarse en la roca con ambas manos—, esas cabezas no eran humanas… ¿verdad?

—Verdad.

—No lo sé… no sé qué sucedió —Lima rompía en un llanto ahogado—. Algunas noches… algunas noches eran largas. Las luces…

— ¿Luces?

—En la cabaña, cuando vivimos esos años en la cabaña que era de tus padres.

— ¿De qué luces hablas?

—No lo sé —a la mujer le costaba no entrecortarse al hablar—. Ha veces… son recuerdos muy vagos.

—Lima —Freeze le rodeaba ahora con los brazos— ¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Por la misma razón que nunca te dije que tomaba más tranquilizantes de los que me habían recetado. La puta verdad es que nunca estuviste para saberlo.

 

 

*            *            *

 

Esto es una verdadera mierda, se dijo Spencer mientras daba unos pasos por su pasillo preferido del edificio J. Edgar Hoover del FBI. Aquel espacio largo y estrecho le traía buenos recuerdos. Imágenes de épocas en las que el apodo de “novato” le abría más puertas de las imaginadas. Por aquellos tiempos le era normal la sorpresa de encontrarse hablando con agentes de mucha experiencia, casi de igual a igual. Nunca había hecho nada trascendente y quizás allí estaba el meollo: no representaba amenaza alguna para el puesto de nadie, así que era bienvenido en todas partes. Claro que eso lo comprendía ahora que el tiempo y la experiencia le ayudaban a tener una visual más acabada de las situaciones cotidianas. Una visión que ahora mismo le llevaba a sufrir un estado de legítima paranoia.

Están en el FBI, en la cúpula y en varias divisiones.

Debes cuidarte cuando vayas, seguramente saben que estas cerca de Freeze.

Pocas palabras, pero suficientes como para que deseara tener ojos en las espaldas, o un buen detector de lo que fuera que estaba buscando… y al mismo tiempo rezando no encontrar. Pero el soviético tenía razón, si alguien podía acceder al corazón FBI y encontrar datos firmes acerca de la colonización, ese era él mismo. Además, todo el asunto amenazaba con terminar siendo el verdadero sentido de su miserable existencia.

 

*            *            *

—Donovan.

—Mi amigo —el agente Donovan apenas esbozaba una tensa sonrisa mientras se acercaba a Spencer—. Si es cierto lo que me has dicho será mejor que bajemos al sótano. No importa que sean las tres de la mañana, aquí no es seguro.

Spencer miró a los ojos del que fuera su inseparable compañero durante varios, muchos años. No le encontraba diferente, pero tampoco sabía si los “infectados” tendrían alguna diferencia de esas que saltan a simple vista. Además, la propuesta del sótano le daba escalofríos. Si Donovan ya no era el mismo ese era el lugar perfecto para cerrarle la boca a un enemigo y luego meterle en el maletero de cualquier coche.

Pero los dados ya vuelan.

Las palabras del antiguo instructor de Spencer sonaron con una fuerza inusitada antes de que Donovan le apretara el antebrazo con dos dedos.

— ¿Estas bien amigo?

—Los dados ya vuelan compañero… no hay vuelta atrás.

 

*            *            *

Freeze daba chasquidos con la lengua hacía ya casi una hora y, al parecer, aquello que le crispaba los nervios era lo mismo que el navajo percibía en el aire. Claro que la situación con Lima tampoco ayudaba. Ese tenso magnetismo seguía latente, en las miradas, en los malditos silencios. ¿Cuál era la necesidad de hacer un infierno del pasado? ¿Acaso no había vivido como una reina todo ese tiempo? Muy más allá de su ausencia, no podía decir que su marido no había arriesgado la vida por llevarle el pan a la mesa. Es más, lo había hecho varias veces.

¿Has pensado en cómo se siente ella?, se dijo Freeze al instante; si a ti te vuelve loco la idea de que le ultrajaran esos hijos de puta… ¿Cómo crees que ella se siente?

Pero no eran los vericuetos emocionales de su matrimonio lo que le incomodaba. Esa sensación paranoide no tenía nada que ver con la amargura de una discusión sin solución. Había algo más… la idea de estar siendo vigilado le rondaba hacía rato y —por más que imaginara que las lanzaba bien lejos— las dudas se mantenían allí, envolviéndole en un tremendo abrazo; uno que le estaba quitando el aire.

 

*            *            *

 

            —Nada es lo que parece —Spencer acababa de desenfundar el arma reglamentaria—. Que te apunte a la cabeza no significa nada Donovan. Es que no puedo estar seguro…

—Has perdido el juicio mi amigo —Donovan se mostraba tranquilo, quizá demasiado—. Primero escribes diciendo que el FBI esta infiltrado por extraterrestres y ahora me amenazas como si fuera tu enemigo.

—No es una amenaza, es una certeza. Si eres mi amigo, si eres el de siempre, tienes que estar tranquilo de que no te sucederá nada malo.

—Yo estoy tranquilo —Donovan daba un par de pasos hacia atrás y se apoyaba en una enorme caja de cartón—. Sé quién eres, sé que no dispararías…

El sonido de la carga de una bala en el cañón de la pistola fue la única respuesta de Spencer. Eso y un temblequeo que se acentuaba y le tiraba de las manos, los brazos y las piernas.

—Si lo que me has dicho es verdad… bueno, pues que tiene que existir una forma de saber quién es todavía uno de los nuestros ¿verdad?

—Nadie sabe cómo detectar a los infectados.

—Entonces te daré una prueba de mi lealtad Spencer —Donovan llevaba una mano hasta el bolsillo derecho del pantalón—. No he encontrado nada acerca de este tal Freeze o su familia. Lo único es esto… —el agente mostraba ahora un papel doblado en cuatro— Ayer aprobaron, desde muy arriba, una operación de detención de sospechosos en el Gran Cañón del Colorado. Me llamaron la atención dos detalles: la orden no dice nada de las identidades de los fugitivos y la agencia gubernamental que extiende el pedido lleva un nombre curioso: Proyecto Biofacto.

— ¿El Gran Cañón?

— ¿Eso te dice algo? La operación está pautada para las tres de la mañana… tres y treinta y tres minutos. Eso también es raro ¿no?

Spencer lanzó el arma sobre una mesa cubierta de polvo mientras echaba una mirada al reloj en la pared a su izquierda. Buscaba con desesperación el móvil, se preguntaba si no sería ya demasiado tarde.

—Tus amigos están en el Gran Cañón, entonces es verdad.

Spencer no quiso responder, o levantar la vista, acababa de marcar el número y, no importaba lo que hiciera Donovan, su sola llamada era el mensaje en sí mismo. Claro, solo restaba rezar por que Freeze tuviera señal, donde fuera que se había guarecido.

*            *            *

Tres de la mañana con treinta y tres minutos. Freeze miraba la pantalla de su móvil cuando un sonido seco le obligó a dejarle caer al suelo, entre unas rocas. Ahora que lo notaba, no había sido solo el sonido, pues se le aflojaban las piernas, los brazos. Un instante más tarde daba de cara contra el piso, y notaba un terrible ardor creciendo desde el centro del pecho, pero lo peor era ese sabor a sangre que comenzaba a inundarle la boca. Sus ojos le mostraban una vez más el móvil, caído justo enfrente. La foto de Clara que había definido como fondo de pantalla le saludaba por entre unas gruesas lágrimas. Le costaba respirar, le costaba mantener los ojos abiertos…

¿Y esta oscuridad?

¿Y este frio espantoso en todo el cuerpo?

Freeze notó como los músculos de las piernas se contraían, obligándole a dar patadas cortas, una y otra vez.

—No podemos hacer nada por él, ¡saquen a la mujer y la niña! —escuchó que gritaba el guerrero navajo, muy cerca, quizá a su lado. Y ya no pudo oír nada más.

® Fernando Silva 2011 . Todos los derechos reservados

2 pensamientos en “Biofacto . Parte quinta . Capítulo 42: Sangre en la boca

  1. Esa hache que siempre lleva ha veces y se resiste a nunca.
    Me causó mucha gracia que le pongas “Donovan” al tipo nuevo. Lástima que cancelaron el nuevo “V”!

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