Biofacto . Parte quinta . Capítulo 41: Aristas

Biofacto

Autor: Fernando Silva

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Parte quinta:

Híbrido

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Capítulo 41. Aristas

«Las soluciones no existen. Lo único que encontramos en el camino son versiones del mismo problema, del asunto en cuestión».

Alino masticaba las palabras del que fuera uno de sus mejores amigos, mientras esperaba, rodeado, al agente a cargo de la operación que estaba culminando con su captura. Los recuerdos, embebidos en el capricho humano, le llegaban de la mano de ese mismo tipo que se acercaba despacio, con la mirada arrastrando por la arena. Sucede que era muy parecido al amigo que le dijera aquello, antes de reconocerle que le había vendido con los federales, muchos años antes, en el ocaso mismo de su corta carrera como pirata informático. Y ahora venía a ser que le rodeaban, otros agentes, en otro país, para llevarle de vuelta a los mismos caminos que nunca debería haber dejado. Quizás, su destino era el carterismo, el reparto de cervezas, y todo lo que había sucedido desde Las Vegas no era más que un vano intento de escape a esa palabra tallada en su frente: perdedor.

Alino llevó las manos de la nuca a la cintura. Dos de los uniformados se alistaron automáticamente para disparar, pero el agente a cargo movió la mano derecha en el aire. Era claro que les pedía que bajen las armas y ahora hacía lo mismo con todo el grupo.

— ¿Es usted Alino Roig?

Alino asintió en silencio.

—Lo estamos buscando hace rato mi amigo…

El muchacho sintió un temblequeo generalizado que le hizo dudar sobre su capacidad de mantenerse en pié. ¿Acaso se había equivocado más de lo que creía? ¿Y si la idea de entregarse era un triste capricho de perdedor? Esos hombres bien podían trabajar del lado incorrecto, lo que significaría dos cosas: Hildebrandt hablaba con la verdad y las decisiones de Alino habían sido nefastas.

—Ya que se ha quedado mudo voy a presentarme —El agente mostraba la mitad de una sonrisa—. Soy Conesa, agente de la SI, Secretaría de Inteligencia de la Nación. ¿Ese hombre viene con usted? —Conesa señalaba al Serpo, a quien mantenían de rodillas, junto al automóvil— ¿O le ha hecho venir hasta aquí?

—No creo que eso importe ya demasiado —Alino apenas movía los labios—. Vinimos al país buscando respuestas, pero lo único que he conseguido son problemas.

— ¡Bienvenido a Argentina!

—Ella está infectada, temo por su vida.

— ¿Infectada? —Conesa hacía señas a uno de sus hombres, que se acercaba a una de las puertas traseras del auto— Me habían dicho que estaba muerta.

—Es un virus, pero no sabemos de dónde viene.

—No me interesa si me dice que viene del infierno. ¿Es contagioso?

—No lo sé —Alino giraba la cabeza hacia el Serpo—, y él no lo dirá.

— ¿Le ha dicho que se lo guarde?

—No, el responde solo a sus superiores.

— ¿Y qué superiores son esos?

Alino cerró los ojos antes de responder, o de intentarlo. Las náuseas volvían con fuerza, le estiraban el diafragma y obligaban a echarse hacia delante, con una mano en el vientre.

Ahora abría los ojos, pero las retinas le hablaban de tonos extraños y figuras borrosas ¿Había perdido el conocimiento? ¿Qué era aquello?

*            *            *

 

Las aristas de los planos de la realidad suelen aglomerar los elementos más pesados de la existencia misma. Es por eso que aquellos hombres que se aventuran —o caen— en la geometría obscena de la existencia suelen volver del viaje distintos, por no decir que, por dentro, algo se revuelve moribundo… por siempre y desde entonces corrupto.

Aun así, existen casos en los que la disociación es tan absoluta que solo puede decirse que se trata de un resultado natural; de un profundo deseo de escape.

Y Alino quería salir de allí, llevar a Laina en el tiempo y el espacio, al mismo lugar donde le había encontrado. Esta vez le ignoraría, esta vez rompería su tarjeta y se iría a Phoenix en busca de otras mujeres, de otras carteras, de otros repartos de cerveza. Claro que una cosa era desearlo y otra conectar con la realidad, aunque solo fuera una distorsión en la que ahora se veía a sí mismo, rodeado de aquellos hombres, del mismo polvillo de hacía unos instantes, pero congelado, suspendido en el aire y en el tiempo. Por alguna razón veía todo azulado, sería fruto de esas descargas de energía que se sucedían como tormentas de bolsillo; rayos sin truenos a la altura de los hombros.

Alino dio un par de pasos hacia delante, un par de pasos hacia sí mismo. Ese rostro, el que ahora veía como al de cualquier otro, era el mismo que le acompañara en cada espejo los últimos años. Sabía que aquello debería haberle perturbado pero no sentía nada más que paz. Una densa y sobrecogedora calma que le tiraba hacia abajo y le obligaba a reflexionar: ¿es esto el reverso de lo real? ¿O es lo que se nos escapa? ¿Lo que nadie quiere que veamos?

El muchacho intentó llevarse una mano al rostro solo para encontrarse carente de manos humanas. Esos dedos largos y escamosos… cuatro buenas razones para entrar en un pánico que no llegaba a experimentar.

«Ahora lo sabemos».

Alino volteó para ver quien le hablaba pero la voz llegaba desde adentro.

«Eres quien esperábamos. No desesperes al regresar, nosotros nos haremos cargo de aquí en más».

 

*            *            *

 

—Es su padre —Conesa notó un instante de esos que llamaría de desvarío, allí en la mirada del joven Roig—. ¿Me escucha? Su padre me mandó por usted.

—Mi padre… —Alino recorrió con la mirada cada uno de los rostros de los hombres que le rodeaban— Mi padre está muerto.

—Dios está muerto, pero su padre vive y se maneja codo a codo con los emisarios del infierno —Conesa se preguntaba de qué servía aquello que acababa de decir, aunque más no fuera por el gusto de decírselo a alguien—. Digamos que tiene contactos muy serios con mis jefes ¿Me explico?

—Ese no es mi padre… usted no sabe para quién trabaja.

Claro que podría haber sido una pregunta mal entonada, pero la severidad en la voz de Alino hizo pensar a Conesa en la posibilidad de que esa contagiosa afirmación tuviera encerrado algo de verdad. Al fin y al cabo, nunca le había gustado la actitud del supuesto padre desesperado, y menos aquello de que le siguiera con la precisión de un GPS, por el medio de las pampas… utilizando de mano de obra a un agente federal de inteligencia. ¿En qué no se quería meter? ¿Y por qué estaba de pronto pensando en aquello? Conesa se sabía muy reacio a eso de adoptar ideas ajenas, por lo que se llevó dos dedos al bigote y tiró de un bello, fuerte, hasta que el dolor le dijo que le había arrancado de raíz.

 

*            *            *

 

El latigazo de un disparo y la sangre, llegando un instante más tarde al rostro del agente de inteligencia, fueron suficientes. Conesa se encontró a medio camino de pasarse la mano izquierda por las mejillas y con la derecha buscando el arma para cuando el miembro más nuevo del equipo caía al polvo con la cabeza perforada. El resto de sus hombres acababa de dividirse en dos bandos, y el que había elevado sus armas parecía dispuesto a un fusilamiento.

—Nadie más tiene que morir —dijo el que había disparado, un viejo conocido de Conesa—. Usted saque la mano del saco, despacio. No tiene la culpa ni la responsabilidad por esto, pero ese que está en el piso iba a matarlo.

— ¿Matar a quién? ¡Moris! ¿Qué mierda se supone que estás haciendo?

—Disculpame Conesa, en serio —el agente Moris se acercaba a Alino y le rodeaba con un brazo—. Estuvimos años esperando su llegada. Tenemos que protegerlo cueste lo que cueste.

®Fernando Silva 2011 . Todos los derechos reservados

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