Biofacto
Autor: Fernando Silva
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Parte quinta:
Híbrido
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Capítulo 40. El significado
«Que mi madre está viva… que mi vida es una mentira, es lo mismo. ¿Puedo llorar? ¿Debo llorar? No sé si debería creer que no ha muerto, porque para mí siempre estuvo bajo tierra. Como cuando era pequeño y soñaba con su rostro cubierto de gusanos, tal y como mi madrastra decía que estaría dentro del féretro. Recuerdo una época en que los sueños se ponían aún más terribles y esas mismas cresas me invitaban a pasear en el “tren de la descomposición”. Podía sentir el olor, la misma pestilencia de ese perro al que habían envenenado unos vecinos. Dios… recuerdo que me preguntaba si estaría hinchada como aquel pobre animal tras una semana muerto en el baldío.
Pero fue antes que eso, mucho antes, cuando era pequeño como en mis sueños. Todo lo que pasó en la carretera, mi padre, el disparo, su sangre en mis manos y los gritos de mi madre. ¿A ella también la habían disparado? No puedo confiar en recuerdos que llegan en sueños pero no tengo nada a mano para decir que le vi muerta, en el piso, como a mi padre. Lo poco que recuerdo, si es que son recuerdos, no confirma ni niega nada.
Pero si estuviera viva, si mi madre fuera el final del camino que decidí como propio…
Claro que es posible que el Serpo mienta. No será humano pero no dudo que sabe o puede mentir; lo que no me figuro es cuál sería su motivación. Puede que dejar a Laina en este estado, o muerta, haya sido parte de todo. Quizá me haya puesto una trampa y esta sea la estocada final, el broche de oro clavado en las nalgas del pobre diablo al que han venido a tomar por estúpido».
* * *
Alino había insistido en averiguar lo más posible sobre su madre, o La Madre —como le decía el hombre de gris— pero sostenía la postura de no saber demasiado de nada. Era una posibilidad, al fin y al cabo nadie sabía o imaginaba como podía ser que ser organizaran los alienígenas, si eso es lo que era. Quizá se dividían en castas marcadas por los datos y la formación disponible, quizá lo habían hecho para superar la era de la información. Era claro que no todos eran iguales, algunos hablaban mejor e incluso parecían manejar áreas que otros desconocían por completo. Y estaban aquellos que respondían a los otros, los fieles al sistema, los supuestos enemigos. Y Alino se repetía esas dos últimas palabras porque, a decir verdad, se sentía rodeado de pistolas jugando a la ruleta rusa con su cabeza; podía ser que sucediera cualquier cosa.
—Nos vamos a ir —el muchacho golpeaba el capot del coche con la mano derecha—. Y nos vamos ahora.
—Hasta Neuquén yo donde ir conozco —el Serpo se acercaba a Laina, caminando despacio—. La Madre estará cerca pero no tengo donde exactamente.
— ¿Quieres decir que no sabes dónde está mi madre?
El Serpo asintió apenas, mientras cruzaba las manos en la espalda.
—Va a ser mejor que tengas alguna idea al respecto. La única razón por la que sigo el juego es porque has dicho que ella puede ayudarle —Alino señalaba a Laina, que se retorcía en el asiento trasero del automóvil—. No veo porqué tiene que ser mi madre ni porqué creerte, pero no me quedan demasiadas alternativas.
—Usted sabe, su padre indicaba en el diario. El sur, Patagonia, el legado es lo que allí espera.
—Esperemos que sea verdad. Por el bien de Laina, el tuyo y el de todos los malnacidos que se me crucen en el camino.
* * *
Flagstaff, Arizona… creo que nunca estuve aquí, masticó Spencer mientras se refregaba encima de los ojos en un vano intento por aliviar ese filoso dolor de cabeza que le había acompañado todo el viaje. De hecho, acariciaba el levanta vidrios de su puerta mientras esperaba en un semáforo. El olor a combustible se estaba tornando insoportable y no podía abrir las ventanillas, aunque no estaba seguro de que fuera ese el único motivo de las migrañas. Spencer sentía la nuca tan endurecida que podría haber jurado que alguien le apretaba las vértebras cervicales con una gran mano de hierro… al rojo vivo. Hacía años que no sentía aquello, desde que rompiera con Brenda. Todavía podía escucharle gritar aquello de que su trabajo en el FBI no era tan importante como para dedicar vida y alma. Incluso, con los años, había llegado a cuestionar si no era la verdad, pero mantenía la esperanza de demostrarse a sí mismo que esa estúpida sensación de estar haciendo lo correcto era más que una idea implantada por los entrenadores de la academia.
Del rojo al verde y otra vez poner primera, para buscar ahora el hotel Weatherfod, lugar en que supuestamente le esperaba el amigo ruso de Freeze. Un mafioso, ex agente de la KGB… ¡buen prospecto!, reflexionó mientras fijaba la mirada en un edificio muy iluminado que se asemejaba bastante al descrito por el navajo que le había indicado el camino.
—Hotel Weatherford… —dijo en voz baja, mientras notaba el tremendo parecido con el lugar en el que había roto con aquella mujer en sus sueños y pesadillas— Quizás sea el momento de saber si algo ha valido la pena. Si esta soledad tiene un sentido.
* * *
Nunca tan solo, nunca tan indefenso y nunca tan hostil. Alino apretaba los dientes de tal manera que sentía como se le hinchaban las encías. Intentaba mantener la mirada clavada por delante, en el irregular camino de tierra que los acababa de alejar de Hucal y que los conectaría con la ruta nacional número treinta y cinco. Si volteaba y veía a Laina o si miraba al hombre de gris… pues que era lo mismo. Odio, temor, ira, soledad y pavor. Odio por lo que le había sucedido a ella, temor por lo que pudiera venir, ira contra el Serpo y el pavor de saberse solo y agresivo, a instantes de desatar algo que ni siquiera llegaba a comprender. Lo sentía en las manos, en la nuca dura como el roble, en la alterada frecuencia de los latidos de su corazón. A punto de perder el control.
Pero no puedo darme ese lujo. No sé dónde voy, ni como haré para ayudar a Laina… tampoco si el Serpo me ayuda o juega a favor de sus propios intereses. Y estoy perdido en mi propio país, soy un extraño, el protagonista de un tango que nadie ha cantado jamás. O quizás un títere que nunca se supo decapitado, una marioneta que fantasea con haber cortado los hilos. Lo cierto es que por más que me ponga melodramático… esto ha de cambiar. No vamos a ningún sitio, no de este modo. Neuquén es el final del camino y se supone que desde allí debo saber adónde ir, pero no tengo ni la más remota idea de donde estoy o donde queda esa ciudad ¿O es una provincia? ¿Las dos cosas? Pero a quien mierda le importa. Laina podría estar muriendo, solo Dios sabe de lo que pueda estar sufriendo ahora mismo. Y no creo en Dios.
* * *
—No sufre ella, no como tú crees saberlo —El Serpo mantenía la mirada en la huella, mientras apenas movía los labios para hablar.
—Dime que sabes de lo que tiene.
—Poco es lo que sé, pero no se trata de algo que le duela. No es igual al concepto de dolor humano.
— ¿Entonces? ¿Por qué mierda está así?
—Porque elije luchar contra el virus. No elije matar a Alino.
— ¿De dónde sacas esas cosas?
—No sé cómo explicar lo que en tus palabras sería…
—Entonces háblame con la mente —Alino apretaba los dientes pero evitaba mirar al Serpo. Temía perder los estribos.
—No posible. Empatizar sería igual a sentir lo que encierras ahora y no puedo. No estoy preparado, el odio aún no podemos liberar. La ira es lo que nos separa de aquellos que seguir a ellos deben. La Madre, es lo único que salvarle podrá.
Alino quiso responder pero al segundo encontraba varias razones para el silencio. La primera estaba íntimamente relacionada a lo repetitivo del discurso del hombre de gris, pero la más fuerte era esa sensación cercana al vómito, ese mareo infernal que se aguzaba con cada palabra que dejaba escapar.
* * *
Ese tipo de voz aguda y modales toscos distaba bastante de lo que hubiera esperado de un agente de la KGB, pero era lo que había encontrado tras la puerta de la habitación cincuenta y uno del hotel Weatherford. Al menos vestía de negro y las gafas ahumadas sobre la mesa de luz le deberían dar un aspecto un tanto más oscuro a plena luz del día. Claro que no había ido hasta allí buscando arquetipos o soviéticos con una botella de vodka en la mano.
—Así que usted es el agente del FBI —Petrov se había sentado en la orilla de la cama y hacía señas a Spencer para que tome una silla acomodada en el rincón contrario—. Hay muchas cosas que debemos hablar pero es seguro que no crea ni la mitad… y no lo culpo, yo tampoco lo haría.
—Se sorprendería de las cosas que he comenzado a considerar posibles, sobre todo en estos últimos tiempos —Spencer tomaba la silla por el respaldo, la acercaba a sus piernas, pero se mantenía de pie—. Por ejemplo el hecho de que esté aquí, con un hombre que hace un mes habría estado persiguiendo.
—No agente… no a mí.
—Los hechos lo anteceden.
—Es verdad, pero no a su nivel —Petrov decía aquello de una manera tan sencilla que el claro desprecio a la jerarquía del FBI sonaba casi como un cumplido—. Nunca hubiera sabido de mi existencia, los intereses que me han puesto aquí ya no son los de antes pero mantengo cierta inmunidad que conviene a varias partes.
— ¿Varias partes?
—Antes era más claro, pero hoy en día son varios los ejes de poder que me utilizan, así como yo a ellos… cuando se está en una posición como esta se baila el tango con quien venga, o se despide uno de los placeres de la vida terrenal.
—Ya veo —Spencer se acomodaba en la silla, despacio, sin perder de vista las manos de Petrov—. De todos modos estoy abierto a escucharle.
—No solo deberá escucharme agente del FBI… deberá convencerse de que lo que le digo es verdad —Petrov llevaba ambas manos hacia delante y las abría frente al rostro—. Como verá no tengo nada que esconder así que tranquilice su pistola, la que lleva en la espalda.
Spencer movió el labio superior con rapidez, para luego asentir con lentitud.
—Freeze me pidió que busque acerca de lo que sucede con su hija y el mejor consejo que tengo para darle es que se quede donde está.
—Que sucede con Clara…
—Muchas cosas, más de las que llego a corroborar con mis fuentes pero lo que más claro queda es que se trata de algo superior, algo que no hemos visto siquiera los que creemos haberlo visto todo. Clara, es el plan mayor, pero el plan mayor de los foráneos… y también una colaboración con los hombres que les recibieron hace más de setenta años.
—Podría intentar ser más claro.
—La niña es el primer Serpo casi humano, por decirlo de alguna manera. Ella es una hibridación entre nuestra especie y otra, extraterrestre.
—Eso es… inquietante.
—Pero no es lo más inquietante FBI… es la señal de que la colonización ha comenzado. Y lamento decirlo, más pensando en los placeres terrenales —Petrov esbozaba una sonrisa retorcida y desganada—, pero creo que ya ganaron.
Spencer se mordió el labio inferior mientras elegía unas palabras que no llegaría a encontrar. Aquello se estaba tornando demasiado, pero no podía darse el lujo de olvidar todo lo que había visto.
—Si alguna vez pensó en cuál es el propósito de su vida agente… puede que haya llegado el momento de descubrirlo.
* * *
Lo sabía, de alguna manera lo sabía. Aquella curva guardaba más que un nuevo tramo del camino vecinal que andaban hacía más de una hora y podría haber advertido al Serpo, pero ya no lograba aquello de pensar con claridad. Es más, todo pensamiento conexo parecía un distante sueño entre la avalancha de emociones y palabras que se cruzaban, a velocidad desesperante, por la psiquis de Alino.
Pero tampoco importaba ya. Los dos automóviles negros apostados a modo de barricada eran prueba inexorable de lo acertado del presentimiento y de la precariedad de la situación. Claro que el hombre de gris podría haberse encargado de aliviar las cosas, de hacer volar por los aires las armas de guerra que portaban aquellos hombres de uniforme militar. Pero Alino ya no estaba para esas cosas, lo sabía muy bien, y por ello había noqueado al Serpo con un simple atisbo de voluntad.
El muchacho bajó del automóvil con las manos en alto y el pecho repleto de esa sensación de vacío que le acompañaba desde Buenos Aires.
—Necesito ayuda —dijo, casi en automático—. Ella está mal… yo… necesitamos ayuda.
El agente a cargo se llevó una mano al rostro y tiró de su bigote. Luego hizo una seña y sus hombres corrieron a rodear al hijo de Roig.
®Fernando Silva 2011 . TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS


Hola de nuevo!!! Me tienes en suspenso, dices que casi terminas la historia, se que nos daras una gran sorpresa y estoy preparada. Sabes a veces creo que estoy viendo una serie de television y tal vez hasta me clavo tanto en tu novela que siento que es real, me desconecto de la compu y tardo en entrar al mundo real, te felicito de nuevo, me encanta tu novela. Saludos!!!!
Pues muchas gracias! Llegar al final de la historia es un poco amargo, aunque sepa que vienen nuevas novelas de la misma saga. Digamos que voy a extrañar esta etapa inocente de los personajes. Me alegro de que te sirva para desconectarte, es la idea, al final, de toda obra. Porque al desconectar un cable, siempre conectas otro. ¡Saludos!
Estoy igual que lili alicia, deja espacio para la reflexión y uno se queda pensando -que seguirá? Lograrán salir de está?- felicidades