Biofacto
Autor: Fernando Silva
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Parte quinta:
Híbrido
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Capítulo 39. Navajo
—Desde que el hombre blanco llegó a estas tierras, supimos que aquello que nuestros ancestros vaticinaban se cumpliría, eventualmente —Un hombre, de largas trenzas canosas y jeans azules atados bien por encima de la cintura, hablaba con la calma de un chamán y el encanto que proveen unas seis decenas de años contando la misma historia—. Nosotros sabíamos que el blanco no era santo, y sabíamos que llegaría con la muerte y el dolor… pero, sabe usted… quisimos explicarles que a ellos les iba a ir peor. Claro que al hombre blanco nunca le interesó lo que tuviéramos para decir… incluso ahora, ¡sobre todo ahora!
Freeze, que había sido invitado a sentarse en el piso con el líder de la reserva Navajo, miraba fijo al chamán. A él también le costaba creer que esos hombres tuvieran algo más que supercherías para agregar a lo que ya sabía. Quizá era muy blanco para aceptar esas cosas, pero le había prometido a Clara que iba a escucharles, que iba a intentar aceptar lo que dijeran.
—Los hombres de las estrellas llegaron hace mucho. Algunos dicen que son hijos de otro mundo, parecido a este, y muchos creemos que en el pasado se unieron a nuestros ancestros… —El hombre meneaba la cabeza despacio— El hombre, sea cual sea su color, vino del vientre de la naturaleza cósmica.
Freeze torció el cuello en un intento por acomodar esas vértebras que le estaban matando. La larga y dura caminata hasta la casucha tradicional de barro y techo redondeado no solo le había cultivado unas ampollas, también le había recordado cuan afectada estaba su espalda desde aquella segunda incursión en el Golfo Pérsico. Necesitaba encontrar una posición que le hiciera olvidar ese dolor punzante en los hombros, por lo que acomodó las piernas una vez más.
—Sé que puede sonar ridículo a sus oídos, hombre del gobierno, pero no puede negar las cosas que le han sucedido —el Chamán giraba sobre los talones para ofrecer la espalda al grupo que le escuchaba—, no puede negar a su hija.
—Sé que es por ella que me han invitado.
—Lo hemos invitado por respeto. Su hija habló conmigo hace un tiempo, en sueños, y dejó todo bastante claro. Es importante para ellos, por eso la han traído aquí. En este lugar nadie puede detectarle, ni hacerle daño.
—Quiere decir que mi hija habla con usted cuando sueña…
—Cuando ambos soñamos. Nos encontramos porque así lo espera el cosmos.
— ¿Y ahora tengo que creer que está segura porque ustedes van a protegerla?
—Usted no tiene que creer nada de nada y nadie va a defenderla, hablamos de una circunstancia geográfica, de ciertos detalles en el campo magnético de este lugar. Los espíritus de la tierra son los que lo hacen único y hostil para los hombres de las estrellas.
— ¿Usted está con los hombres de las estrellas?
—No, pero sé porque hacen lo que hacen —El hombre giraba hacia Freeze—. Ella es humana, en gran parte, y eso permite que esté aquí… ellos no pueden venir a estas tierras, mueren si se quedan por aquí. Ellos y sus enemigos, así que la mejor manera de proteger a Clara es trayéndola donde nadie pueda alcanzarle.
—Pero, si es tan importante como todos dicen —Freeze volvía a torcer el cuello—, ¿Qué sentido tiene dejarla en un lugar al que ni ellos tienen alcance?
—Erran ellos en lo que nosotros. Exceso de confianza en sus planes, en que todo salga según lo han previsto, según lo han implantado en Clara.
— ¿Qué es lo que implantaron en mi hija? ¿Se da cuenta de que habla de mi hija?
—No diga que no lo sabe. No diga que no lo ha visto… —El Chamán agitaba la mano izquierda como si acabara de quemarse— Esa urgencia por negar lo evidente solo le traerá problemas, a usted y los suyos… ¡Dígame! ¡Dígame a los ojos que no sabe de lo que hablo!
Freeze respiró hondo mientras meditaba una respuesta. Al fin y al cabo, sabía que la negación era tan real como el hecho de que no quisiera reconocer la verdad sobre Clara.
—El hombre del gobierno empieza a interpretar —Un hombre enjuto, con aspecto de almacenero, lanzó la frase mientras dibujaba un círculo en el aire. El jefe de la reserva, hablaba por segunda vez en dos horas—. Pero debemos darle pruebas, cimientos a nuestros argumentos. Ahora, este hombre necesita saber por qué.
* * *
«Pues que me ofrezco a cuidar de su mujer e hija… y todo lo que tiene para decir es “gracias”… no sé qué es lo que se le pasa por la cabeza pero con lo que hemos vivido… yo no me quedaría tan tranquilo».
Spencer detuvo la camioneta que le habían prestado los Navajo y revolvió los papeles en el bolsillo derecho de su saco. Bufando, sacó una pelota de tickets y anotaciones y la extendió sobre el asiento del acompañante. Buscaba, linterna en mano, un trozo de servilleta escrito con lapicera de tinta roja… Ese mismo que se asomaba de entre dos recibos de comida rápida. El agente del FBI sostuvo el trocito de papel entre dos dedos, lo enrolló y lo acomodó entre la media y la piel del pié derecho.
«Nadie de aquí… nadie de allá… no sé por qué me sorprende que nadie circule a estas horas por una ruta en medio de la nada. Yo no lo haría de no ser porque el tiempo apremia. Pero es lo que te toca Spencer, en vez de casarte y tener hijos decidiste seguir adelante con esta vida de mierda».
El motor de la vieja camioneta bramó con ímpetu antes de calzar las cuatro cubiertas sobre el asfalto. Viajaba a la mitad de velocidad de lo que el sonido del motor insinuaba, quizá menos. Spencer oprimió el acelerador con rabia, solo para conseguir un par de explosiones tronando por el caño de escape y un penetrante olor a combustible en la cabina.
* * *
El jefe de la reserva había pasado del silencio a narrar la historia de la Nación Navajo, en poco menos de cuarenta minutos, el tiempo que les había llevado llegar a un hogan escondido en una quebrada del Gran Cañón.
—Esta es una casa tradicional —Indicó el hombre, mientras miraba las estrellas—, pero no cualquiera. Se dice fue que muy cerca de aquí.
Freeze se volvió al chamán solo para ver que este también elevaba la mirada al cielo.
—El primero, el hombre de las estrellas que respetaba a los Navajo, apareció por aquí hace muchos años. Él nos habló de cómo los Anasazi fueron borrados de sus tierras por los mismos que hoy se preparan para someternos. Fueron víctimas de uno de los primeros experimentos, una de las primeras pruebas de los enemigos del primero —El hombre hizo una pausa para respirar profundo—. Nosotros tampoco creíamos mucho en todas estas historias… pero por más que se contradigan con nuestra cultura estamos muy lejos de negar la verdad. Lo que encontramos en tierras Anasazi está guardado en ese hogan, muy pocos saben qué es lo que hay dentro y muchos menos han soportado verlo sin perder la cordura. Pero es lo que es.
El chamán elevó ambos brazos en un gesto que Freeze consideró, en un primer momento, ritual. Para su asombro, media decena de hombres surgieron de entre las sombras y se mostraron a la luz del farol que les había ayudado durante todo el camino.
—Ellos son los hombres que custodian el secreto. Ni siquiera saben que custodian pero están listos a dar la vida por lo que conservamos ahí dentro.
El primero en aparecer se acercaba al jefe diciendo algo en Navajo. Freeze no tenía idea de que… pero por los gestos y el tono parecía molesto con su presencia. Sin embargo, bajó la mirada ante la primera y airada respuesta de su líder.
—Le está diciendo que a partir de ahora debe dejar de cuidar el hogan. Él y sus hombres se encargarán de custodiar a tu hija.
— ¿Pero no se supone que está segura aquí?
—De los hombres de las estrellas, pero no de los hombres para los que trabajabas —El chamán rodeó los hombros de Freeze con un brazo— ¿Estás preparado para ver lo que encontramos?
* * *
La iluminación, a base de velas, no ayudaba en lo absoluto. Pero los navajos le habían dicho a Freeze que era lo mismo que ir de día. Bajo ningún concepto dejarían que aquello, ese cuerpo deforme y momificado, viera la luz del sol. Ni el sol ni el viento o el agua… nada debía alterar el asombroso estado de conservación del cuerpo que mantenían en medio de la enorme —y única— sala del hogan.
—La encontramos en mil novecientos setenta y tres, en un paseo por las ruinas Anasazi —El jefe de la reserva miraba sin ver, como si las imágenes que le ocupaban la mente fueran otras—. En esa época no se les prestaba demasiada atención a las ruinas de nuestros hermanos así que decidimos dar un paseo y, de paso, honrar la memoria de otros nativos americanos como nosotros.
Freeze se mantenía inmóvil, con las manos cruzadas a la altura de la ingle. La figura estaba envuelta en un lino amarillo y bastante roído y, si bien lo único que resaltaba era lo que parecía ser una enorme cabeza, rostro y tronco se encontraban ocultos a la vista.
—Habíamos ido mis cinco hermanos de sangre y yo. Todos jóvenes y listos para el desafío… digamos que en esas épocas buscábamos emociones más fuertes que las que pudieran ofrecer la reserva o algunos racistas de esos que nunca faltan —El hombre se acercó al cuerpo y posó una huesuda mano sobre el género—. Pero nunca pensamos en encontrarnos con esto. Menos que después, en poco tiempo, todos mis hermanos morirían enfermos, roídos en plena juventud. Parecía una enfermedad pero el chamán de aquellos tiempos no pudo hacer nada, tampoco la medicina… al final supimos que era otra cosa, algo milenario que, por alguna razón, no me había afectado.
— ¿Algo milenario? —Freeze arrugaba la frente y la calva mientras intentaba hacerse una idea completa de lo que el viejo pretendía relatar.
—Un virus, en realidad algo parecido. Los espíritus dijeron que era algo llamado el virus del miedo, pero también una prueba… un error milenario.
—El virus del miedo…
—Sí. Lo cierto es que esto estaba sepultado bajo un montículo de rocas. Profundo, bien profundo en una caverna.
El hombre tomó el paño amarillento con dos dedos y lo movió para descubrir la cabeza y rostro de aquello, lo que fuera.
—No es humano, no del todo, pero es una mujer —El chamán suspiraba mientras notaba como se le aceleraba el tránsito intestinal—. ¿Se da cuenta?
Freeze apenas podía comprender las formas de este cuerpo ajeno y momificado en el seco calor del desierto. Esa piel inhumana, pegada a esos huesos híbridos, mezcla de mujer con algo más… la cabeza era enorme, así como las cavidades orbitarias, que parecían preparadas para sostener unos ojos formidables. Al contrario, la mandíbula y los dientes parecían normales, así como el cuello y el robusto tronco. Claro que no había forma de decir las causas de semejantes deformidades pero Freeze recordó, inmediatamente, ciertos casos de malformaciones que había visto en Medio Oriente.
—Sé que estará pensando en deformidades y enfermedades… y no lo culpo. Nosotros también lo pensamos en aquel momento. ¿Y si lo que había matado a esta mujer era lo mismo que matara a mis hermanos? ¿Habíamos despertado una enfermedad del pasado por puros imprudentes?
—La respuesta la tuvimos dos años más tarde —El chamán asentía mientras hablaba, al tiempo que se llevaba ambas manos a la altura del intestino—. Fui yo el que encontró al niño de las estrellas, el verdadero. En esa ocasión, no tuve mejor idea que llamar a las autoridades y esperar… ¡Seis semanas en una base militar! Eso fue lo que conseguí. Una cuarentena de seis semanas, sin explicaciones ni aclaraciones. Lo único que supe fue que, de pronto, llegaron cuatro helicópteros negros y cinco camiones sin matriculas ni marcas de nada. Formaron un perímetro y comenzaron a trabajar enfundados en trajes de esos que usan cuando hay radiactividad en el ambiente… ¿Sabe? Nunca más supe del cadáver del pequeño y, por más que pregunté, se supone que aquello nunca sucedió.
—Si era un peligro biológico…
—No me entiende señor —El chamán se volvía hacia Freeze, con el rostro desencajado—. El niño tenía algo en la mano, un aparato. Y ese aparato creo que correspondía a uno mucho más grande, semienterrado a unos pocos metros, en la misma cueva.
— ¿Un aparato?
—Quizá le cause gracia, pero lucía como una incubadora con miles de años de abandono e inscripciones de un lenguaje que conocemos bien pero no comprendemos, el lenguaje de los dioses.
Freeze meneó la cabeza pero las migrañas que le amenazaban hacía ya rato comenzaban a molestarle demasiado. Sentía como si alguien le hubiera arrebatado el cerebro para ponerlo en una lavadora. Quería pensar y dar por tierra lo que le decían, pero no podía, no había forma.
—Le llamamos La Madre, ese fue el mejor nombre que le encontramos.
®Fernando SIlva . 2011 . Todos los derechos reservados


Hola Fernando!!! Te felicito, cuando pienso que ya no tienes algo que me sorprenda mas, me dejas anonadada de tan bien que llevas tu novela. Gracias por traerla hasta nosotros cada semana, la espero con ansias. Hasta la proxima vez. Saludos!
¡Gracias! Que alegría me da saber que te gusta como sigue la historia. Tal vez no haya perdido fuerza con el desarrollo después de todo.
No creo que haya perdido nada, es mas creaste un muy buen tema con los indios y su historia. Pienso que has recopilado mucha informacion muy interesante, lo que me recuerda ciertas notas o historias que a lo largo del tiempo salen a la luz, no se si deriven de noticias o hechos reales y que dan pie a las novelas de ciencia ficcion que me gustan tanto. Lo que me tiene atenta es ver lo que es el humo negro o enfermedad, a ver el desenlace de eso y que pasara con los aliens (grises) buenos y malos, pues todo!!! No? Jajaja pido poco. Te envio un saludo y ya sabes estamos todos atentos a tu novela. Hasta la proxima!