Biofacto . Parte quinta . Capítulo 37: Debe morir

Biofacto

Autor: Fernando Silva

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Parte quinta:

Híbrido

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Capítulo 37. Debe morir

Podía ser el enemigo, el Serpo, por más que jurara —en su marcada dislexia— que estaba allí para protegerles. Pero Laina no podía comprar semejante disparate, su naturaleza operaba en contra de eso. Sentada y de brazos cruzados, en el asiento trasero, se limitaba a bufar y mirar al bizarro chofer. Claro que les había sacado de Buenos Aires… esa demostración de capacidades que desenlazara un verdadero pandemonio sobre la autopista había sido lo bastante impresionante como para convencer a cualquiera. Pero ella no era cualquiera. De algún modo, sabía que podía dormir en su eterna disconformidad con los hechos, porque era lo mismo que le mantenía despierta. De todos modos, podía ser la falta de nicotina… o eso de no ver un escocés en días, pero el mal presentimiento no se lo sacarían ni a patadas.

Hacía ya un rato que transitaban ese camino de tierra y Laina se sabía cada vez más inquieta. Podía ser el paisaje, ese monte cerrado y enredado daba la impresión de esconder las mil y una calamidades, y podían saltar hacia su ventanilla en cualquier instante. Pero el Serpo había dicho que era la mejor manera de perder a los “policías que no son policías”. ¡Vaya mierda! Y lo peor era que Alino parecía por completo de acuerdo. Quizás era eso lo que más miedo le inyectaba; no podía entender como de pronto el chico bonito aceptaba todo lo que el disléxico decía. ¡Al carajo con el silencio! Nadie le estaba obligando a aceptar nada. Nadie le iba a obligar.

*            *            *

 

— ¿Qué se supone que estamos haciendo?

—Buscando un lugar seguro —Alino hablaba despacio—. Tenemos que esperar a que dejen de buscarnos.

—No era a ti a quien le hablaba —La voz de Laina sonaba áspera y seca—, quiero que él me conteste.

—Lo dicho es correcto —El Serpo siquiera atinaba a buscar el rostro de Laina en el espejo retrovisor—. En esperar no hay falla.

—En esperar no hay falla… ¿No sabes hablar de otra manera? ¿Acaso escondes algo en esa dislexia?

—No fui entrenado para comunicar. Tareas distintas a hermanos que hablan correcto son las que me ordenan.

— ¿Y quienes dan esas órdenes? —Laina notaba como el aire que escapaba por su nariz tomaba cierta temperatura— ¡Vamos!

—Los hermanos que estudiaran estrategia. Lo más lógico es dejarles la decisión —El hombre de gris golpeteaba en el volante con los dedos de la mano derecha—. Pero temer es innecesario. Debo proteger a cualquiera que el precio sea.

—Y yo no confío en tu supuesta benevolencia. ¿Tenemos que pensar que solo quieres salvarnos? ¿Qué esta es la misión altruista de un tipo que ni siquiera sabemos de dónde mierda viene?

—Laina, creo que te equivocas…

— ¿Me equivoco Alino? —Laina soltaba la hebilla de su cinturón de seguridad para moverse hacia delante y colocarse entre medio de los asientos de conductor y acompañante— No sé desde cuando se supone que confiamos en alguien.

—Confiamos en Audrey —El muchacho sonaba molesto—, y eso nos llevó a WAD, y a Hildebrandt.

— ¡La vieja murió por nosotros! ¿Cómo mierda se supone que puedes cuestionar eso?

—Primero que nada deja de clavarme las uñas en el hombro. Segundo, antes de eso dos serpos pidieron que los matemos en tu propia casa, solo por avisar que venían a matarnos… ¿recuerdas en Álamo?

— ¿Qué si recuerdo? ¡Perdí la puta casa por eso!

 

*            *            *

 

Otra vez el silencio, al menos de su boca. Porque el camino era una calamidad, tanto que Laina había aprendido a diferenciar los tipos de golpes y sonidos provocados por las irregularidades en la tierra compactada. Suaves y opacos eran los pequeños baches, graves y un poco más envolventes los profundos, pero lo que le daba náuseas eran esos serruchos. La ínfima intermitencia del golpeteo de los neumáticos contra las infinitas puntas, dibujadas por el agua y el viento, le repercutía por dentro. Sentía como si le pegaran con un martillo de goma en el cráneo, diez mil veces por segundo.

Esto no está bien, se dijo, al tiempo que se llevaba dos dedos a la puerta de las narices. Polvo en todos lados, en los ojos, las narices, los oídos y el cabello. Es como si hubiéramos vuelto a Nevada, pero con un bosque de árboles espinosos en medio.

La muchacha balbuceaba sin notarlo mientras estiraba la parte de la remera que apenas le cubría el vientre.

Podría ser peor… no sé si es el polvo o la remera ha quedado con marcas del lavado. Pero, Laina, podrías dejar de engañarte un poco y aceptar que es algo más lo que te molesta. Al fin y al cabo debe hacer una media hora que no miras al ridículo chofer que te ha tocado, ni a tu niño bonito… ¿Qué es lo que te sucede? No has visto ningún fantasma y claro que tienes motivos para desconfiar de todos, pero debes reconocer que este tipo ha puesto en juego su integridad por sacarte en una pieza de Buenos Aires. Y lo ha repetido después en la estación de servicio. Claro que podría tratarse de una simple cuestión de necesidad, como la que tienes tu misma ahora. Es más, llegará el momento en que no quede más remedio que decir que te urge un baño. Si niña, y no hay ninguno en millas a la redonda.

 

*            *            *

 

Alino parecía perdido en el atardecer y Laina, que volvía de un improvisado escusado, lo había notado. ¿Era buena idea punzar con alguna frase molesta para llamarle la atención? ¿Alguna apreciación acerca su estado de distracción quizás?

—Parece que poco te importa lo que nos suceda —Laina lanzaba el dardo sin esconder la mano y para afirmarlo se detenía, con ambos brazos a la cintura, entre el joven y la puesta del sol.

—Es posible —Alino apenas movía los labios. Imaginaba por donde venía el reclamo y no se notaba especialmente propenso a discutir—. En ocasiones es más importante una puesta de sol que la vida misma.

Laina quiso articular alguna respuesta hiriente pero lo cierto es que había quedado bastante descolocada. Por lo que mantuvo el silencio mientras daba una pequeña patada en la arena.

—Sé que los nervios carcomen nuestras seguridades, si es que tenemos alguna —Alino ensayó una media sonrisa, pero solo con la boca—. No creas que estoy ajeno a lo que sucede o al tipo raro que nos hace de chofer y guardaespaldas. Si me preguntas qué es lo que está haciendo entre los árboles… no tengo la más mínima idea. Pero siento que podemos confiar en él. Me gustaría poder dar una seguridad, una prueba, pero solo puedo guiarme por percepciones.

—Percepciones…

—Sí, a veces, para mí son suficientes.

— ¿Y qué pasa si mis percepciones son lo contrario? —Laina notaba un dolor de cabeza que aparecía de pronto, como una braza palpitando en medio de la frente—. Algo malo va a pasar hoy.

—¿Algo malo? —Alino soltaba una estúpida risita de la que se lamentaba instantáneamente.

—Si, por más que te parezca digno de risa… —Laina se acercaba, casi metiendo la cabeza entre los brazos y dejando que Alino le rodee con los suyos— Algo malo me va a suceder y no hay forma de evitarlo.

 

*            *            *

 

No sonaba a llanto, sonaba a desesperación. Laina ahogaba verdaderos gritos de pavor en los brazos de Alino y hasta había llegado a morderle un poco, en ese esfuerzo por controlar algo que le conmovía desde los cimientos.

Alino mantuvo el silencio durante el largo rato que la tuvo en brazos. Primero recordó un video que hablaba de las relaciones de pareja y de cómo los hombres siempre tratan de solucionar los problemas de las mujeres cuando ellas necesitan solo un abrazo. Pero, lentamente, sus maquinaciones fueron tomando mayor profundidad. ¿Y si se trataba de un colapso nervioso? ¿Y si Laina sufría de una tendencia a la depresión aguda? Al fin y al cabo eran muchas las cosas que podía desconocer y varias podían ser lo suficientemente graves como para preocuparse. Claro que podía ser algo más simple, como la liberación de la carga emocional de todo lo sucedido desde Sonora e incluso Nevada. El muchacho volvió a considerar eso de decir algo para calmarle pero en el instante en que separaba los labios ella parecía agravar su estado. Quizás era mejor seguir así, en silencio. Al fin y al cabo contaba, incluso, con el apoyo del Serpo, que había asomado de entre los caldenes solo para mirar la escena un instante y dar la vuelta.

*            *            *

 

Ya no quedaba rastro del sol para cuando Laina comenzó a tranquilizarse. Al menos su propia respiración se lo marcaba, los espasmos del espanto se desvanecían para dar paso a un terror más frio y profundo. Pero era mejor que la desesperación, lo sabía. Además, si lograba controlarse, era probable que saliera de aquella parálisis nerviosa antes de quedarse dormida en el hombro de Alino. Podía cuestionar sus propias razones para llegar a ese estado, pero la idea del peligro inminente no se le despagaba por nada.

Laina acercó la boca al cuello del muchacho y le rozó con los labios. Lejos de todo erotismo, necesitaba sentir la piel de ese extraño conocido. El contacto generaba una vibración que viajaba desde la piel hacia sus neuronas con la velocidad del pensamiento; provocando un esperado y reconfortante acceso al calor. Quizás nunca llegara a comprenderle, o a saber qué era exactamente, pero ese pelirrojo enjuto y descuidado tenía la capacidad de ayudarle a juntar las piezas y acomodarlas de otra manera… sin necesidad de decir una sola palabra.

 

*            *            *

 

Laina quiso hablar, aullar, decirle que se le venía encima, pero Alino estaba de espaldas a esa cosa informe que acababa de aparecer sobre el techo del automóvil. Para cuando al fin pudo reaccionar y señalar lo que veía, la nube rodeaba ya al muchacho. Un remolino de polvo de carbón, una pequeña tormenta de fragmentos de oscuridad que giraba en torno al tronco y cabeza de Alino, que miraba azorado el inquietante espectáculo que se le abalanzaba.

Eso, lo que fuera, bailaba y embestía constantemente pero, por alguna razón, parecía rebotar en cada intento.

—¿Intenta atacarme? —Alino movía los brazos, como espantando moscas— ¿Qué es esto?

—No… —Laina se llevaba ambas manos a la cabeza. Era como si le hubieran sacado el cerebro para escurrirlo y aún lo sintiera en su lugar.

—¡Laina! —Alino se alarmaba al encontrar que esa masa le transmitía algo; estaba buscando la forma de metérsele dentro— ¡Entra al coche!

La muchacha atinó a dar un paso o dos pero la nube pronto cambió el objetivo. Ahora le envolvía con un suave silbido, que podría haber sido agradable para Laina, de no ser porque notaba ya como su cuerpo, desbocado, comenzaba a vibrar.

El proceso duró apenas unos segundos. Alino se había abalanzado sobre ella pero le había resultado imposible evitar que esas partículas oscuras le invadieran oídos, nariz y boca. Y ahora habían desaparecido, mezclándosele incluso algunas con la piel.

Laina se mantuvo inmóvil, desfallecida y Alino temió lo peor. Pero, al fin, podía decirse que estaba viva. Varios espasmos seguidos de vómitos le sacudían demostrando que el cuerpo aún funcionaba. Unos segundos más tarde llegaría el Serpo, con el aviso de que sus amos merodeaban el lugar. Al ver a la muchacha solo supo dar una simple opinión:

—Tendremos que matarla —dijo—, con infección no podemos dejarle.

®Fernando Silva 2011 | Todos los derechos reservados.

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