Biofacto
Autor: Fernando Silva
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Parte quinta:
Híbrido
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Capítulo 34. Hasta la victoria
Un alarido y el sonido de un cuerpo moviéndose con premura en medio de una absoluta oscuridad. Luego una seguidilla de jadeos, los dedos en el rostro, en la arena seca y en la nuca, donde llegaría a percibir un corte, un puntazo. Al menos seguía en una pieza, pero aquello no terminaba de reconfortar a Spencer. Nada podría hacerlo en el estado en que había despertado. Su psiquis era una mezcla insoportable de recuerdos de la infancia, de decenas de noches en las que había experimentado lo mismo, de esas incontables noches en las que despertara en el jardín de la casa de sus padres, aún con el pijama de béisbol y —más de una vez— con el calor de sus orines bañándole las piernas.
El agente se llevó ambas manos al rostro para contener ese vómito de llanto que le doblaba el cuerpo. Es que al mismo tiempo recordaba que hacía unos minutos conducía su camioneta, y en ella viajaban otras tres personas.
— ¡Dios santo! ¿Están ahí? ¡La niña! ¿Dónde está la niña?
* * *
—Siempre recuerdo tus plantas —Alino, apoyado en la punta del capot del Chevrolet que compraran un par de horas antes, lanzaba aquello con una gruesa sonrisa—. Es una imagen que vuelve y vuelve…
— ¿Mis plantas? —Laina, que acababa de salir por la puerta de la estación de servicio donde habían decidido descansar, se acercaba con una bolsa de caramelos— ¿Las que tenía en el baño?
—Esas mismas. Fue como encontrar un mínimo paraíso en medio del desierto.
—Si… —Laina, con la boca llena, ofrecía un dulce a su compañero.
—No, gracias. Hace dos días que no duermo bien y el azúcar va a terminar por destruirme el estómago.
—Yo al menos no fumo tanto con los caramelos.
—Ansiedad…
—Una constante Alino, demasiado para mi gusto —Laina también se apoyaba en el auto—. Al menos ya no estamos en Buenos Aires… ¿te dije que me molestan esas ciudades?
—Sí, ya lo sabía.
—Mira las estrellas, la noche… ¿no es perfecto? —Laina tragaba una bola de caramelos masticables antes de seguir hablando— Digo… aquí, en el medio de la nada.
—Sí, de todos modos estamos en la entrada de un poblado.
—Tren… —Laina intentaba vocalizar ese nombre extraño y fascinante— Trenque Lauquen… o como sea, es una ciudad pequeña, tiene más que ver conmigo.
—Mi padre nació en un lugar así. Tengo que revisar en el diario porque no recuerdo el nombre pero por lo que cuenta…
—Trenque… Lauquen —Laina reía un poco—. Necesito practicar.
—Es una frase aborigen, significa: Laguna redonda. Me lo dijo el empleado mientras cargaba combustible.
—Laguna redonda… bien, pero me pregunto que estará haciendo nuestro amigo, el que habla raro. ¿Tiene nombre?
—No le he preguntado pero apostaría por algo como Bertoro.
— ¿Bertoro?
—Sí, su enredada versión de Roberto.
Ambos reían y Alino aprovechaba para estirar una mano hacia la bolsa de caramelos. Laina, que había comprendido el juego, la retiraba para colocarla justo en su espalda.
—Si quieres dulces primero tendrás que pagar.
— ¿Y con qué puedo pagar?
—Yo cierro los ojos y tú utilizas la imaginación.
* * *
Estaban bien, todos. Spencer había buscado a sus compañeros de viaje entre los espinosos matorrales que les rodeaban, y ahora les iluminaba el camino con la linterna incorporada en su móvil. Lima lloraba, Freeze maldecía y la niña apenas había murmurado algo a oídos de su padre, pero en general estaban bien. Incluso, el único que notaba algo fuera de lo normal era el agente del FBI. Eso, en la nuca, era como un viejo conocido, pero de los que uno ruega no volver a cruzar.
— ¿Tienes idea de donde mierda estamos? —Freeze se frotaba la cabeza con la gorra— ¿Qué nos pasó?
Spencer negaba con la cabeza y el alma. No quería recordar ni lo que acababa de suceder ni seguir en tren de conectarlo con lo que le ocurriera, años atrás; al Spencer que se meaba en los pijamas. Mejor sería dejar las cosas en el tintero, con la esperanza de que se ahogaran y le dejaran en paz. Además, a lo lejos, unas luces amarillas le daban algo en que concentrarse. Quizás, alguien pudiera decirles donde estaban… y qué demonios hacían tirados en medio de un desierto.
* * *
Solo la negrura del suelo, el azul de las estrellas y esas luces amarillentas como meta, que se parecían cada vez más a ventanas colgando de las estrellas. Es que en realidad —a esa distancia— no se podía distinguir más que esos rectángulos, lo que les rodeara era tan misterioso como las circunstancias que habían acabado por llevar al grupo a esa situación de absoluto desamparo.
Spencer marcaba el camino, trastabillando con arbustos y piedras para luego señalar a Freeze y los suyos el pasaje más llano. Clara, que todavía abrazaba a su madre, intentaba consolarle con caricias en el estómago, pero la mujer parecía demasiado distante de lo que hiciera su hija, a diferencia de Freeze, que si notaba la pasmosa tranquilidad de la niña.
El soldado se preguntaba por lo que sucedía dentro de Clara y era, quizás, el cuestionamiento más rebuscado de su vida. Porque en realidad podía ser cualquier cosa pero, después de lo vivido en casa de WAD y después en la camioneta, estaba dispuesto a dudar de cualquier concepción acerca de la realidad e, incluso, de todo lo que considerara correcto hasta ese momento. Ya no le parecía una idea tan inaceptable eso de interrogar a su propia hija, preguntarle de dónde había venido todo aquello, indagar en lo que —sospechaba— tenía para decir. Al fin y al cabo, ya algo sabía, aunque deseara ignorarlo. Si Clara había sido absorbida por algún programa del estilo de Reposición… como aquel chico, el Alino original. ¿Acaso debía pensar que existían más Claras? ¿Y ese desfasaje en el tiempo? La niña le había dicho que el hombre en la radio tenía algo para decir y esa voz había hablado de experimentos en niños. La pequeña que acababa de aplastar unos oficiales Serpo —con el solo deseo— bien podía esconder otras habilidades… y claro, WAD estaría al tanto y al salto. Ahora que lo veía en perspectiva nunca se había tratado de lo que él pudiera hacer por la supuesta causa del francés, sino de lo que Clara tuviera para ofrecerle.
—Es una casa rodante —Spencer, que se había detenido en seco, extendía el brazo derecho para frenar la marcha de sus compañeros—. Mejor me acerco solo. Si es una rata del desierto hay un trescientos por ciento de posibilidades… para mi está armado.
* * *
Y, al fin, habían dejado atrás las esquivas actitudes de las horas anteriores. De frente, con los ojos y los labios y el aliento arremolinándoseles en las narices. Eso era un avance, quizás algo más, más ahora que se rozaban las narices.
—Bien no… esto es mal —La voz imperturbable del Serpo les llegaba de un costado— Detecto a los que nos buscan.
Alino giraba los ojos y Laina el rostro, aquello sonaba preocupante… y a broma al mismo tiempo.
—Al automóvil debemos ahora —El hombre de gris dejaba un bidón con combustible en medio de la playa de la estación de servicio y apuraba el paso hacia el Chevrolet—. Adentro, ahora, para ustedes es mejor.
Laina, que intentaba imponer una mueca de fastidio en el paso del hombre de gris, veía como un pequeño remolino renegrido aparecía justo a un expendedor de combustible, para luego rodear al empleado que acababa de repasar una manguera con un trapo. El hombre ahora temblaba, convulsiones violentas le agitaban adelante y atrás, tanto que le quitaban la gorra roja de la cabeza.
— ¿Qué le sucede…? —Laina apenas masticaba las palabras cuando Alino ya le tomaba del brazo y le llevaba hasta una de las puertas traseras del Chevrolet.
— ¿Nos vamos? —El muchacho se lanzaba en el asiento del acompañante mientras observaba los movimientos del Serpo, que se había quedado de pié, mirando una escena que le parecía más alarmante que extraordinaria.
— ¿Qué hace? —Laina pegaba un salto en el asiento— ¿Está apuntando al bidón?
* * *
La explosión había lanzado al empleado de la estación de servicio entre las ruedas de un camión estacionado. El fuego, tomaba ahora el costado de un par de surtidores, los mismos que eran blanco de nuevos disparos.
—Ahora nos vamos —El hombre de gris tomaba, con demasiada calma, la posición del conductor. Giraba la llave y emprendía un escape a toda velocidad—. No más gente que el empleado hay. Y el ya no es quien era.
—Estas mucho más loco de lo que pensaba —Alino miraba atrás, mientras las llamas se multiplicaban bajo el enorme techo de la estación de servicio—. O, mejor dicho, eres un criminal.
—Yo no di muerte, el hombre sin vida ya estaba.
—Ha veces me gustaría que hables mejor.
—Solo los entrenados. Ellos hablan a la perfección. Pueden disminuir velocidad de pensamiento, sonar más concisos.
—Aún no me dices lo que sucedió allí atrás.
—Soldados. Ellos llegaron para recuperar a los artefactos biológicos y ponerles a sus órdenes. El virus, el miedo, eso estaba ya en el hombre que vimos y venía a por nosotros. Nada por el poder hacer más que muerte.
— ¿Quieres decir que eso negro que vimos flotando es una suerte de virus?
—Es para que comprender se simplifique. Ellos toman los cuerpos de otros, lo que quieren, hacen.
Laina estuvo a punto de preguntar, meterse en la conversación, pero ya había olvidado todo. El hongo naranja que se elevaba en la distancia le había dejado muda, sin capacidad ni ganas de argumentar.
* * *
Spencer se había acercado por el frente de la casa rodante, esperando que le vieran, con los brazos extendidos hacia los costados. Según su experiencia, la gente que había decidido vivir en condiciones tan apartadas solía hacer gala pocas comodidades y algo de violencia en sus moradas. Lo mejor era mostrarse abiertamente, dejar en claro que no tenía nada que esconder.
— ¡Hola! —El agente saludaba a los gritos— ¡Estamos perdidos! ¡Necesitamos ayuda! Llevamos una niña con nosotros y no podemos dejarla en el descampado.
La casilla se bamboleó un poco sobre la suspensión hidráulica. Pesados pasos y un par de murmullos se escuchaban con claridad, pero nada más.
— ¡Por favor! —Spencer insistió— Soy agente del FBI, puedo mostrarle mi…
—Aquí el FBI no es ley para nadie —Una voz gruesa y anciana llegaba desde una de las ventanas—. Dice que llevan una niña, pero lo veo solo.
—Está un poco más atrás, con sus padres. Yo me adelanté para hablar con usted.
—No son horas para andar caminando por el desierto, ¿tuvieron un accidente?
—No… —Spencer quería morderse la lengua pero le costaba eso de no decir la verdad— En realidad no sabemos cómo es que acabamos aquí.
Un silencio largo y tedioso llevó al agente a cuestionarse la idea de acercarse a la casa rodante. En realidad, podían estar a metros de una carretera y no saberlo. Pero claro, existía la posibilidad inversa, la misma que sería un gran problema al salir el sol.
—Eso cambia las cosas.
— ¿Cómo?
—Si ellos les dejaron aquí es por algo.
— ¿Ellos?
La única puerta de la casilla se abría rechinando y la sombra recortada sobre las luces le decía a Spencer que su probable anfitrión era un hombre de gran porte, un aborigen, a juzgar por los ropajes tradicionales que alcanzaba a distinguir.
—Los hombres de las estrellas, ellos saben que aquí no pueden meterse. Ha veces dejan en el desierto a los que quieren proteger o a aquellos que no quieren en el medio.
— ¿Dónde estamos?
—En la reserva Navajo —El hombre bajaba un par de escalones antes de extender una mano—. Por ahora eres bienvenido FBI.
* * *
La estación de servicio de Trenque Lauquen —y sus llamas— ya eran parte del pasado. Alino se notaba más preocupado por las decisiones del Serpo y aquella mancha etérea que por ninguna otra cosa. Ambos hechos le parecían absolutamente fuera de contexto pero inexplicablemente familiares.
«Contigo si puedo hablar de manera más fluida».
Alino escuchaba la voz del Serpo, pero por dentro, y lo comprendía al instante. Era como su breve y extraña “comunicación” con la azafata, podía sentirlo, funcionaba más allá de los canales normales; pero su cerebro llegaba a interpretarlo.
«Quienes hemos decidido separarnos de quienes nos esclavizan encontramos en la cultura humana muchas razones por las cuales seguir adelante, sobre todo el concepto revolucionario. De alguna manera se trata de re-evolucionar y es justo lo que mi gente necesita».
El Serpo mantenía la mirada fija en el camino mientras Alino le miraba, con una mueca que amalgamaba asombro e incomodidad.
«Lo que sucedió allí es parte de la revolución, es lo que se debe hacer. Quienes pensamos por nosotros mismos hemos sido siempre una minoría y no podemos darnos el lujo de morir, menos ahora que saben de nuestra existencia. Por eso, al ver que el virus del miedo tomaba el cuerpo de aquel humano, supe que la única solución era cubrir nuestro escape, sobre todo por la hembra, Laina, ella no es inmune. Y si te lo preguntas la importancia de tu existencia reside en que tú sí lo eres. No sabemos que es que lo han conseguido o de donde viene esa carga genética alterna al humano convencional, pero estamos seguros de que es la clave del futuro de ambas especies. No podemos permitir que acaben con la esperanza del Alino alfa, no podemos permitir que no encuentres a La Madre… porque nosotros también le buscamos. Puede que sea la otra parte del todo, lo que nos lleve a doblegar a los Grises, los empleados del Amo original. Solo espero que comprendas que no hay mucho más que pueda decirte y que comprendemos tu silencio. Pero los hechos demostrarán que la postura que hemos definido es la revolución. Lo dijo un humano que nació en estas tierras y lo recordamos cada vez que ellos mellan nuestra determinación: “Hasta la victoria, siempre”».
Fernando Silva
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Laina… veía como un pequeño remolino renegrido aparecía justo a un ( LADO DEL?) expendedor de combustible,
Sigo enganchada, la historia va muy bien. Repasalo, que hay un par de palabras omitidas, típico del tipeo rápido.
cariños
Gracias Bere, he tenido unas semanas tremendas con el trabajo (los trabajos) así que me ha quedado poco tiempo para la revisión. Lo estaré revisando mañana.