Biofacto
Autor: Fernando Silva
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Parte quinta:
Híbrido
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Capítulo 33. Mejor escapas de Buenos Aires
La habitación estaba vacía, revuelta y vacía. Por lo visto, se habían marchado con prisa, dejando algo de ropa y un par de atados de cigarrillos sobre la cama. Además, ese rastro de humo en el ambiente hablaba de cercanía en el crono; con las ventanas abiertas no tardaría mucho en dispersarse.
—No pagaron la noche ni dejaron la llave en la recepción –Un muchacho enjuto, de traje oscuro, aparecía a espaldas de Conesa—, parece que se escaparon por el ascensor de servicio… Hasta donde pudimos averiguar pasa por la cocina y va derecho al estacionamiento, donde está el lavadero del hotel.
—Ya veo… —Conesa murmuraba algo y giraba hacia su subordinado— ¿Falta algún coche? Me imagino Ceballos… que no los estarán buscando en las lavadoras.
—No… —El joven agente movía la nariz un par de veces— Estamos averiguando, pero parece que falta un Fiat Siena.
— ¿Parece? Si parece entonces es una posibilidad, vamos a la recepción que necesito ahora mismo los datos de ese auto. Eso, pibe, es ganar tiempo.
* * *
Alino se notaba duro como una tabla. Otra vez los músculos de la espalda le oprimían los pulmones, la nuca, el alma. Pero no podía darse el lujo de dejarse llevar por la presión. Eso, a su izquierda, rayaba lo irreal y nadie le garantizaba que fuera para mejor.
—Apareces en nuestra habitación, nos adviertes que están a punto de venir por nosotros, robas un auto y nos llevas a toda velocidad fuera de Buenos Aires…
—Antes que digas, supimos que a buscarles iban —El Serpo maniobraba, temerario, entre los demás automóviles de la autopista; pero no movía ni un músculo del rostro—. Alguien paradero entregó al servicio de inteligencia.
— ¿Cómo es posible eso? —Laina, aferrada a un apoyabrazos, gritaba desde el asiento trasero— ¡Nos han quitado los transmisores en Estados Unidos! ¡Fue hace poco…!
—Tu estas limpia, Alino con transmisores implantado ha sido —El Serpo giraba la cabeza hacia su acompañante—. Eduardo Luz.
— ¿El profeta? —Alino se llevaba automáticamente la mano derecha a la nuca— Hijo de puta… ahora entiendo el pinchazo.
—Él no es Eduardo Luz, es otro. Eduardo Luz muerto años atrás en Madagascar.
— ¿Cómo sabes todo eso? —Alino miraba fijo al hombre de gris— Si eres un disidente…
—Yo ejecuté a Eduardo Luz —El Serpo daba un golpe de volante para esquivar un grupo de motoqueros—. Todos los disidentes trabajado para Grises… luego encontrar la manera de pensar libres.
— ¿Quieres decir que todos nacen bajo el control de los que sea que manejan esto?
—Ellos los amos, no los creadores. Nosotros no podemos actuar sin permiso de amos pero sabemos que solo deberíamos obedecer al creador.
— ¿Y dónde está el creador?
—Nadie sabe dónde estar pudieran.
—¿Dónde nos llevas?
—Patagonia. Es momento, conocer a La Madre.
* * *
Las sirenas se habían acoplado al ruido del motor del Fiat una decena de cuadras antes y ya hacía un par que se escuchaban más fuerte que cualquier otra cosa. Pero el Serpo siquiera miraba por los espejos. Se limitaba a conducir a la mayor velocidad posible y esquivar todo lo que se le pusiera delante, incluidos dos peajes y un corte de ruta por el que habían pasado como alma que lleva el diablo. Aquellos hombres, que encendieran cubiertas sobre la cinta asfáltica, no habían tenido más remedio que tirarse de cabeza a la banquina, para caer rodando a una zanja de desagüe pluvial.
—Dos cosas, Serpo… —Alino tragaba saliva mientras miraba las figuras de unos cuatro patrulleros casi montados en la luneta del Fiat— La primera es que tenemos que llegar vivos, la segunda es que nos alcanzan.
El Serpo, contra todo pronóstico, levantó el pie del acelerador. Laina estuvo a punto de maldecir la idea de Alino de abrir la boca pero para cuando quiso articular palabra el primer golpe ya le sacudía el cuerpo.
—Primero nivelar al punto correcto, así sacamos policía de persecución —El hombre de gris soltaba el volante para señalar el patrullero al que acababa de pegarle un topetazo y que ahora impactaba con violencia contra la pared de concreto que separaba los carriles de la autopista.
— ¿Estás loco? —Alino se mordía los labios mientras luchaba contra la inercia que le aplastaba de nuevo contra el asiento, en medio de una estrepitosa acelerada.
—Nunca ese concepto aplicable a Serpo —El bizarro conductor miraba por vez primera el espejo retrovisor y aunque no demostrara nada, podía adivinarse en ese rostro tieso un atisbo de preocupación.
* * *
El agente Conesa se había pasado los últimos dos kilómetros maldiciendo. Sabía que, de haber obtenido la autorización legal para el operativo unos minutos antes, tendría ya al hijo de Roig bajo custodia. En cambio, volaba por estrechas calles en busca de una salida a la autopista. Una vez allí, el camino hasta el acceso Oeste sería mucho más simple, y rápido.
— ¡A la derecha! ¡Dobla acá a la derecha!
Una suave descarga de reconfortante electricidad bailaba bajo la tela de la camisa blanca del agente. Ese brazo monstruoso de concreto sobre el que acababan de montarse era el camino, el menos convencional, pero el camino al fin.
— ¡Este es un descenso! —El muchacho que conducía gritaba, y escupía saliva al hacerlo— Nos… ¡Nos vamos a matar!
—Eso es lo mínimo, en cuanto lleguemos arriba deberás conducir a contramano hasta llegar al primer cruce.
Conesa consideró la posibilidad de repetir la orden, puesto que en el instante que salía por su boca, el muchacho volvía a gritar; un camión lechero dispuesto a descender de la gran vía se les acababa de aparecer justo delante. Claro que Ceballos había logrado esquivarlo y, al parecer, escuchar los pedidos de su superior. Ahora, la gran autopista se abría frente al parabrisas y todos esos automóviles… venían hacia ellos.
* * *
Ha veces me pregunto si no he visto muchas películas de acción. Ha veces me pregunto si mis compañeros no se preguntan lo mismo… pero la única verdad es que hay que actuar. Ya bastante malo es que la policía persiga al hijo de Roig por un par de infracciones de tránsito. El tirón de cejas, aunque no lo merezca, igual ya lo tengo ganado. Se suponía que esto era un trabajo de inteligencia, no un circo para los programas de TV.
Pero las cosas están como están. Vamos a doscientos por hora, en contramano de la autopista, de las amas de casa que vuelven del supermercado y, por qué no, la vida. Mejor tomárselo con calma.
Conesa hurgó un poco en los bolsillos de su saco, luego en la guantera. Entonces esperó a que Ceballos sorteara un coche rojo que casi les choca de lleno y, satisfecho, preguntó:
— ¿Traes cigarrillos?
* * *
Al menos no vamos corriendo en sentido contrario, se dijo Laina mientras buscaba la manera de ajustar al máximo el cinturón de seguridad. Esperaba disparos, pero brillaban por su ausencia y le parecía un poco extraño. Un par de años atrás, en Phoenix, le había tocado cruzarse con una persecución. La policía disparaba a las cubiertas de una ranchera roja, buscando que se detenga. Claro que el tema terminaría en un aparatoso vuelco, pero lo importante era cumplir el objetivo. En Argentina, por lo visto, preferían utilizar otro métodos, quizás los gestos, como los que hacían los uniformados que ahora les alcanzaban.
El Serpo, sin mirarles, calculaba el mejor momento para el volantazo. El instante clave en el que encontraría el ángulo correcto para el toque, a la altura de la puerta delantera derecha. Si lo hacía antes de tiempo solo perdería velocidad, si lo hacía después corría el riesgo de ver el patrullero cruzado frente al motor… y un siniestro total no estaba en sus planes.
— ¿Has pensado que pueden morir? —Alino hablaba bajo, pero con severidad— Voy a terminar creyendo que ustedes son menos inteligentes de lo que aparentan.
—Para la inteligencia medida no existe —El Serpo echaba una mirada a Alino antes de efectuar otro movimiento brusco, aunque diferente, con el volante.
—Bien, los has obligado a volver atrás. Pero tenemos que hacer algo pronto, seguro que no esperan no muy lejos. Han de cortar la ruta en cualquier momento…
Pero Alino tuvo que preocuparse más por su frente que por terminar a frase. La tremenda frenada que acababa de pegar el hombre de gris le enviaba hacia delante, con la fuerza de los casi doscientos kilómetros la hora que venían manteniendo. Ya cuando creía aplastar el rostro contra el parabrisas volvían a tomar velocidad y, por lo poco que alcanzaba a ver, el Serpo había logrado despistar un poco a los hombres de la ley.
—Han frenado seguros de que yo lo hacía —El hombre de gris sonaba conciso y locuaz mientras apuraba los cambios y volvía a clavar los frenos.
Los patrulleros, que ya arrancaban, le imitaban. Aquello, de pronto, había quedado congelado. Los móviles policiales y diez metros más allá el Fiat, todos con los motores encendidos pero absolutamente estáticos.
— ¿Y ahora? —Laina doblaba el cuerpo para mirar detrás— Están descendiendo de las patrullas… ¡Vienen con las armas en las manos!
—Ahora desactivamos las patrullas —El Serpo, inmutable, descendía del automóvil—. En tres minutos retomamos el camino —dijo, agachándose para hablar a través de la ventanilla, antes de dar unos pasos hacia el cordón que ahora formaban los empleados de la ley.
* * *
Le habría dicho que hacer rechinar así los neumáticos era cosa de idiotas, pero Conesa, de momento, tenía mejores cosas que hacer antes de quejarse con Ceballos. Una de ellas era calmarlo y la otra era buscar un poco de temple, aunque más no fuera escondido entre los bigotes.
—Señor… —Ceballos parecía sin aire y apenas se mantenía de pie, apoyado en el capot del auto— parece como si…
Conesa, con los ojos bien abiertos, avanzó unos pasos en dirección al cordón policial. El repentino viento, el terrible vendaval que acababa de levantarse, parecía afectar solo esa porción donde ellos estaban. Diez metros por delante, ese tipo alto y de sobretodo gris que levantaba ambas manos a la altura del pecho, parecía ajeno a la masa de aire que obligaba a los policías a correr tras los patrulleros. Pero la imagen se ponía aún peor. Ahora los coches parecían estar a punto de levantar vuelo. Vibraban, se bamboleaban y perdían sus cristales, que estallaban en mil pedazos.
— ¿Qué carajo es esto? —Un oficial gritaba en dirección de otro policía, que llevaba insignia de Comisario
—¡Fuego! —Era la respuesta— ¡Cocinen al hijo de puta!
Un frente de plomo avanzó entonces hacia el extraño pero, o era el malnacido más afortunado de la historia, o se las había arreglado para esquivar las balas. Lo cierto es que el viento de pronto menguaba en intensidad, lo que daba un respiro a las fuerzas de seguridad, el suficiente como para notar que los patrulleros levitaban sobre sus cabezas.
Conesa mantenía la mirada en aquel hombre mientras los oficiales corrían hacia las banquinas. Un segundo más tarde el Fiat Palio arrancaba a toda velocidad y los móviles policiales —con las balizas aún encendidas— se desplomaban sobre el asfalto, sellando el paso con una pared de hierros retorcidos.
— ¡Ceballos! ¡Vamos! Tenemos que hablar con el padre de este chico… y el Ministerio de Defensa.
Fernando Silva
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