Biofacto . Parte quinta . Capítulo 32: Movimiento (parte 2)

Biofacto

Autor: Fernando Silva

/////////////////////////////////////////////

Parte quinta:

Híbrido

///////////////////////////////////////////

Capítulo 32. Movimiento (parte 2)

— ¡Ese campesino idiota! —Spencer se movía adelante y atrás, pegando saltos en el asiento, aferrado al volante— ¿Puedes creer que ha encendido las luces recién al subir a la carretera? En una noche como esta…

— ¿Era una camioneta?

—Sí, con un estúpido encima.

Freeze apoyaba la cabeza en el asiento y cerraba los ojos. La radio se había quedado muda —una vez más— en el instante en que las luces les pasaban por el costado. No quería alarmar a nadie, pero los faros traseros de la supuesta camioneta rural eran bastante más blancos y luminosos de lo esperado; o estaba totalmente fuera de regla o no era lo que Spencer decía. Como fuera, aquello había pasado y aún les quedaba intentar acelerar el trámite en medio de esa tormenta que…

— ¿Dejo de llover? —Spencer, con los ojos desorbitados, acercaba el rostro al parabrisas y relojeaba el cielo— ¿Estrellado? ¡No veo ni una nube!

—Fue como si cerraran una ducha —Lima volvía a su asiento, justo tras Spencer, y corría la cortina de su ventana—. No sé qué pensar pero afuera parece seco, como si no hubiera llovido, nunca.

Freeze, que tenía la mirada clavada en la radio, dudaba. Había girado la perilla del volumen al mínimo mientras se había mantenido muda, pero ahora los gráficos mostraban una recepción de audio y, lejos de los chirridos, aquello parecían ondas normales en medio de un panorama bastante desconectado a la realidad.

—Parece como si… —Spencer encendía los faros para niebla— no sé, parece como si hubiéramos saltado a otro lugar, a otro momento.

—Algunos le dicen campana de irrealidad —Freeze tomaba la perilla del volumen de la radio con dos dedos, pero seguía dudando. Una sensación poco feliz le embargaba y se hacía más firme, a cada instante.

—Súbela papá —la voz de Clara llegaba nítida, desde el fondo—. El hombre de la radio quiere que le escuchemos.

 

*            *            *

Otra vez esa sensación de vacío, de desesperante soledad. Otra vez esa mano invisible apretando la garganta, conteniendo unas palabras que tampoco hacían demasiado por salir. Claro que si miraba sobre su hombro, bueno, Laina estaba allí… pero no podía evitar pensar en eso de que tanta cercanía terminaría por separarles. ¿Razones? Pocas, al menos para creer que fuera realmente el destino. Quizás se tratase de otro tipo de incertidumbre o una creciente sensación de arraigo y pertenencia dando coletazos de discordia. Quizás era miedo a la fragilidad de lo que acababan de empezar, miedo a perder eso que parecía tan brillante entre los grises cotidianos… y los hombres de gris.

—Uniendo los puntos —Alino desempacaba una laptop de cubierta verdosa, flamante—. Uniendo los puntos se traza una línea.

Laina abría los ojos más allá de lo que ella misma hubiera considerado normal. Realmente se le escapaba de qué iba todo aquello. Quizás fueran las hormonas danzantes o la alegría que provocaba a Alino eso de tener su propio ordenador. Por lo que sabía eran años los que lo separaban de sus amadas máquinas. Pero no, aquello sonaba demasiado incoherente incluso para un estado de euforia. Por lo visto el muchacho empezaba a conectar esos puntos en su cabeza y le estaban hablando de algo.

—Mira, si podemos conectar algunas cosas que nos han estado dando vueltas en las narices durante todo este tiempo… bueno, creo que tendremos una mejor idea de lo que debemos hacer.

—No sé qué tienes en mente.

—Hildebrandt dijo algo antes de irse, habló de “La madre”, sea lo que sea está en la Patagonia… y todo lo que hacemos parece conducir a la Patagonia. Pero sucede que es uno de los territorios más grandes del planeta, así que se me ocurrió que si todo esto viene a cuento del diario de mi padre debe haber allí alguna clave que nos diga adonde ir.

—Y qué es “La madre”.

—Claro. Pero primero debemos repasar todo de nuevo. Hay algo que se nos escapa y creo que es un código interno, un encriptado dentro del encriptado.

— ¿Cómo el famoso código de La Biblia?

—Algo por el estilo, pero más simple. Mi padre era periodista, no era un genio de los códigos —Alino se llevaba ambas manos a las mejillas y estiraba el rostro hacia el mentón—, pero creo que en algún lugar leí algo… ¡Aquí esta!

Laina se acercaba a la pantalla para leer una oración resaltada en amarillo chillón: «Por cada ocho días que pasaban parecían diez, era como si se sumaran dos. Por cada ocho, dos y luego de dos en dos, parecía que solo día por medio fuera importante. Solo el día nueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco fue diferente, porque descubrimos en la suma eso que llamamos Patagonia».

 

*            *            *

«Con ellos hicieron lo que quisieron», la voz en la radio, animada, hablaba entre un coro de carcajadas antes de quedar en silencio por unos segundos largos y extraños donde otra voz parecía susurrar algo incomprensible.

«Si, pero no es para risa mis amigos. Esta gente cree que puede hacer lo que quieran con nuestros hijos, o los de los otros… ustedes ya saben. Lo cierto es que les han introducido genes diferentes, foráneos. ¡No! No hablo de que esos chicos vayan a salir con antenitas. Hablo de que les metieron mano al código genético y les hicieron medios niños, medio extraños… alienígenas si lo prefieren. ¿Si nos importa? Claro que no, siempre y cuando nos paguen nuestros sueldos en término y tengamos TV satelital… ¿A quién mierda puede importarle?».

            Freeze, que abría y cerraba la boca sin poder decir nada, se echó adelante para subir el volumen. En ese mismo instante, las mismas luces, la misma lluvia y el mismo ruido ensordecedor tomaron por asalto la cabina de la camioneta.

— ¡Ese campesino idiota!

 

*            *            *

 

09.09.1985: Descubriendo el infinito

            Estuve pensando, si bien ya estuve aquí, la Patagonia sigue llevándome a las estrellas, al infinito. Estos desiertos, montañas, bosques, lagos, ríos, mesetas… tan vasta y tan hermosa. Es, también, el mejor lugar para esconderse. Así lo vieron muchos que llegaron de Alemania tras la segunda guerra mundial, ayudados por el Gobierno Nacional. ¿Se puede culpar a alguien? Seguro que no. Los rusos y los americanos hicieron lo mismo en su momento… todos querían un pedazo de esa abrumadora tecnología Nazi en sus países. Varios proyectos secretos —y no tanto— se desarrollaron en Bariloche, El Bolsón y otros lugares más apartados. En la isla Huemul, o de “La Mula”, se trabajó con energía nuclear allá por el año cincuenta y dos y, aunque fue un engaño perpetrado por los científicos allí afincados, se considera este proyecto como el pionero de los posteriores desarrollos nacionales en la materia. Como sea, la historia de la Patagonia es rica en sinsabores, penurias y también grandezas. Sobre todo las de sus pobladores, acostumbrados a las largas distancias y la solidaridad que exige una vida dura por descarte. Es, sin dudas, el mejor lugar para pasar un tiempo… a ver si las aguas se calman.

 

*            *            *

 

            Por todos los medios, seguían esquivándose las miradas. Cada uno con su copia de la entrada del diario y con lapiceras, marcando lo que habían decidido que era lo correcto: por cada ocho palabras seleccionaban las dos siguientes y las anotaban aparte. Alino, entre búsqueda y búsqueda, echaba una mirada por arriba a Laina. Le quedaba muy bien el cabello suelto, apenas rozándole el mínimo escote de la blusa negra, una de las cinco blusas negras que le conocía; las únicas que llevaba siempre a mano. El muchacho volvió a meter la mirada entre las letras pero mantuvo ese color en los pensamientos, el mismo de sus escasísimas remeras y de más de un pantalón. No lo había pensado pero ese fúnebre gusto cromático parecía ser otro punto de concordancia. La verdad era que no habían tenido demasiado tiempo para conocerse, al menos no como lo haría una pareja normal, si es que eso eran al final… como fuera, llevaban meses de corridas y espantos, de saltos al vacío con la única compañía de la esperanza de poder confiar en el otro. Era algo así como un extraño vínculo de confianza obligada que les había llevado, de alguna forma, a depender de sus presencias hasta llegar a un punto en que ya no alcanzaba con saberse cerca. Quizás por eso había sido tan natural mutar en uno la noche anterior y, al mismo tiempo, era tan difícil mirarse a los ojos el día después. ¿Y si se habían acercado demasiado? ¿Y si se habían quemado?

Alino se llevó una mano al pecho y la movió de un costado al otro. Todo aquello le ponía bastante tenso y los músculos acompañaban en el proceso, presionando sobre el esternón, robando un poco de aire en cada puntada.

— ¿Ya tienes lo tuyo? —Laina encerraba unas palabras con un círculo y pegaba un golpecito en la madera del desayunador de la recepción de la habitación.

—Si… ¿lo mismo?

—No, lo mismo no… ¿empezaste por arriba?

Alino asintió un poco consternado. Se descubría más disperso de lo que esperaba. Quizás aquello de distraerse, de buscar unos estúpidos mensajes, no fuera tan buena idea. Después de todo, su interpretación no era menos que tirada de los pelos. Si sacaban algo de todo aquello iba a ser resultado puro e inconfundible de eso que la gente llama “suerte”; el problema era que se tendría que repetir que nunca había creído en tal cosa. ¿Y entonces? ¿Hubiera sido mejor derretirle la mirada?

—Contando ocho palabras y luego tomando las dos que siguen… bueno, quedó esto —Laina estiraba el brazo derecho para acercarle sus anotaciones al muchacho, siempre mirando al piso.

—Bien… —Alino sostenía ahora ambos papeles, uno junto al otro— Donde se cortan tus frases, o palabras, siguen las mías. Pues que formamos grupos de cuatro palabras, a no ser por el primero y último, que quedan de dos.

El muchacho copió los grupos de cuatro palabras y se los entregó a Laina.

«Estuve pensando… Patagonia sigue llevándome a… montañas, bosques, lagos, ríos… es también mejor… muchos llegaron de… ayudados por el Gobierno… seguro que no, los… mismo en su momento…».

—Esto no significa nada… tampoco le encuentro forma, o como ordenarlo.

—Porque falta algo —Alino se enderezaba en la silla—. “Por cada ocho, dos y luego de dos en dos, parecía que solo día por medio fuera importante”.

            — ¿Dices que por cada dos frases una es la que sirve?

Alino asintió en silencio. No estaba para nada seguro pero podía ser que aquello sacara algo en limpio.

“Sea la historia de cincuenta y dos” —Laina elevaba las cejas y respiraba hondo antes de seguir— “y una vida dura por montañas, bosques, lagos, ríos. Ayudados por el Gobierno. Abrumadora tecnología Nazi en…”

— ¿Dónde?

—No… eso es todo.

—Ese es el lugar. Ahí debemos llegar.

— ¿Y esos cincuenta y dos? Dice que fueron ayudados por el Gobierno, será el argentino.

—Sí, pueden ser los que escaparon de la guerra, lo que decía mi padre —El muchacho se rascaba la nuca dejando un par de mechones de pelo en punta hacia un costado—. Pero también habló de desiertos.

— ¿Cómo?

—Sea donde sea que debemos ir es en las montañas, entre ríos y lagos.

—Es un territorio enorme.

—Puede ser, pero si descubrimos quiénes eran esos cincuenta y dos… bueno, encontraremos el norte de nuestro viaje.

 

*            *            *

 

Ya había pasado media hora, treinta y un minutos, treinta y dos… y Freeze no se animaba a preguntar. La lluvia, igual de copiosa que antes, pegaba en el parabrisas como si le lanzaran de a baldazos y esos golpes enfurecidos crispaban aún más los nervios del ex agente de la ANS. ¿Era posible que nadie recordara nada excepto él? ¿Habría sido un desvarío? Nunca le había ocurrido nada por el estilo, siquiera en la guerra, en esos patrullajes por la vera del infierno… No, aquello era algo más y, por alguna razón, nadie más en la camioneta recordaba esa suerte de “salto de realidades” en el que habían incursionado. O casi nadie. Ahora que le veía, por el espejo retrovisor, lo comprendía. Clara sonreía como si recién recibiera el regalo de navidad y le miraba fijo en el reflejo. Esa expresión era el mismo y cómplice código con el que le confirmaba, de vez en cuando, la autoría de una travesura.

—Hay un tipo en el camino —Spencer hablaba despacio mientras acercaba la nariz al parabrisas—. No, son varios… están parados justo en medio.

Fernando Silva

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*


*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>