Esta semana Alino y Laina tiene que mirarse de nuevo a los ojos… lo que no es poco. Una vorágine de cambios les acosan y no saben bien hacia donde salir disparados. En cuanto a Freeze y familia… bueno, digamos que estárán en fuga, si es que alcanzan a escapar. El viernes el capítulo, por ahora el adelanto:
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Le había ganado el hambre. Laina necesitaba abrir esa heladera de hotel y ver que tenía para decir. Un alfajor, unos sándwich de miga… no era mucho pero bastaba como para entretener el estómago y; quizás, deshacerse de ese incipiente dolor de cabeza.
Cierta calma llegaba con cada bocado, solo faltaba algo que tomar y un cigarrillo… en la ventana. Habían elegido una habitación de primera, con recepción e hidromasaje. Era también la primera vez que cualquiera de los dos tenía la posibilidad de alquilar algo de tal calibre. El dinero depositado por WAD rendiría mucho más de lo esperado con el tipo de cambio y un gusto no estaba de más, considerando todo lo que habían pasado. Eso se habían dicho, justificándose mutuamente el gasto, que no terminaba de parecerles correcto.
Lo mejor, ahora Laina se percataba, era que podía hacer lo que se le antojara, sin molestar a su Alino. ¡Mi Alino!, se dijo mientras se llevaba el ultimo trozo de alfajor a la boca y corría, con el codo, la ventana que daba al balcón.
Por alguna razón valía la pena recibir el sol con una sonrisa, aún en medio de aquella enorme y estruendosa ciudad. La verdad era que Laina recién se percataba de Buenos Aires y sus millones de hormigas esclavas. ¿Qué buscarían? Merodeando las callejuelas y avenidas… parecían estar en constante busca del golpe de suerte que les acercara a la reina. Y ahora que lo pensaba era una pregunta excelente eso de quien sería la reina, o la meca, o el cielo para las manos de, por ejemplo, ese grupo que se amontonaba en la esquina a la espera del semáforo de peatones. ¿Fama? ¿Automóviles? ¿Llegar a fin de mes? La muchacha suspiró mientras imaginaba una mano enorme dándole una bofetada. ¿Quién te has creído que eres?, se dijo, ¡si hasta anoche te sabías la persona más desdichada! Qué fácil es perder la perspectiva desde el balcón de un hotel de lujo…
Laina siguió observando los movimientos de la masa humana antes de volver el rostro al sol, y así se mantuvo unos instantes, hasta que tuvo que volver a mirar. ¿Qué diablos era eso que había visto?
* * *
La niña no había dicho nada más. Todas las palabras se le habían ido en el intento por tranquilizar a sus padres y ahora viajaba, en silencio, en el asiento trasero de la camioneta negra en la que viajaban, conducidos por un pensativo hombre de traje y corbata también color negro. Por las caras —cualquiera hubiera dicho— viajaban al entierro de alguien. Pero, en realidad, esas expresiones eran resultado de una serie de reflexiones que —más o menos— compartían. Y el núcleo, invariable, era Clara.
—Tengo mucho miedo… —Lima apenas acercaba el rostro hacia su marido, dejándole ver como brillaban aquellas lágrimas con las luces del auto que acababan de cruzar.
—Sería mejor que te contengas Lima —Freeze, que viajaba de acompañante, mantenía la mirada en las líneas del asfalto—, Clara está detrás tuyo.
Lima estuvo a punto de responder pero prefirió taparse la boca y apoyar la cabeza y toda su furia contenida en la ventanilla.
— ¿Cuánto falta para que lleguemos? —Freeze sonaba distante, pero buscaba cambiar un poco la tónica en el denso microclima de la cabina.
—Unos trescientos kilómetros… —Spencer recordaba que no solo podía mover la boca y aprovechaba para estirar un poco el cuello— Pero con esta lluvia vamos a tardar el doble.
— ¿Puedo encender la radio? —Freeze buscaba la perilla de encendido, justo al lado del aparato de GPS, y le giraba hacia la derecha, antes de que Spencer pudiera decir nada.
«Usted señora…», un locutor que a todos sonaba conocido era interrumpido por un llanto ahogado y que se veía obligado a reformular la charla, sea cual fuere.
«Bueno, intente calmarse. Pero comprenda también que necesito más datos si queremos que los oyentes crean lo que dice. Aquí estamos acostumbrados a este tipo de historias y…».
Un zumbido metálico, obsceno, se apoderaba de la señal. Clara se llevaba las manos a los oídos mientras su padre intentaba apagar el aparato, sin resultados.
— ¿Qué ha sido eso? —Spencer miraba de reojo la radio, que acababa de quedar muerta.
—Mejor nos desviamos. ¡Vamos! ¿Tienes otro lugar donde ir?
Fernando Silva
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