Biofacto
Autor: Fernando Silva
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Parte quinta:
Híbrido
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Capítulo 31. Acércate
—Creí que íbamos a matarlo —La voz pastosa apenas sobresalía por sobre un motor de heladera en aquella habitación oscura—. No comprendo el cambio de planes. Las órdenes incluían los resultados de los análisis y pude comprender la necesidad de acabar con el hibrido; es una amenaza declarada. Pero este cambio de parecer escapa a mi lógica, no comprendo que provecho…
El motor y la voz callaban al mismo tiempo; el primero cumpliendo con su ciclo mecánico, la segunda cumpliendo con el respeto debido a voces superiores.
—Comprendo —La voz volvía a sonar entre aquellas paredes mugrientas—. No está en mí cuestionar el bien mayor; lo sé. Si creen que es buena idea… lo haré. Solo me gustaría poder comunicar mis reflexiones en nuestra lengua. La estructura nativa de lenguaje limita las expresiones cognitivas. Es ineficiente.
Otro silencio, más corto, hacía a las veces de respuesta a las palabras que acababan de apagarse.
—Patagonia, allí se dirige, y es simple la motivación. El hibrido intenta formar la historia de su pasado, natural en los humanos, creo que se debe a su formación con los nativos —La voz volvía a apagarse, quizás porque ahora se escuchaban unos pasos, llegando a través de la puerta, viniendo desde el corredor—. El contacto local acaba de llegar, me comunicaré en doscientos ciclos.
La puerta se abría, hacia adentro, dejando que las luces del pasillo aportaran cierta penumbra sobre la figura de quien acababa de callar.
—Hola, me dijeron que ingrese a la habitación —Un hombre alto, de gruesos bigotes, se detenía tras dar unos pasos dentro de la sala—, sin golpear la puerta.
—Era lo acordado.
—Usted es…
—Mi cabeza tiene precio hace años, ya le deben haber dicho —el anfitrión insistía en mantenerse dentro del abrazo de la oscuridad—. Pero estoy decidido a recuperar a mi hijo.
—Agente Conesa, de la Secretaría de Inteligencia de la República Argentina. Estoy aquí porque solicitó soporte relacionado a la captura de su hijo, pero debo decirle que hay jurisdicciones que respetar, es un terrorista informático bastante conocido.
—Y yo un terrorista periodístico… al menos para la mayoría. Si vamos al caso ningún Estado está exento de asuntos oscuros. De ser así no existiría una Secretaría de Inteligencia ¿verdad?
El agente se mantuvo en silencio, con las manos en los bolsillos.
—Yo solo quiero encontrar a mi hijo, sé que está en peligro y le prefiero entre rejas que muerto —la voz hacía una pausa bastante prolongada—. ¿Me ayudará a encontrar a Alino?
* * *
—Debería sentirse privilegiado, nosotros no trabajamos en eso de reunir familias —El agente del S.I. acababa de apoyar el trasero en un sillón y no parecía dispuesto a retirarse—. Y si ha tenido acceso a Inteligencia bien podría haber invertido sus recursos en buscarlo de una manera más… personal.
—En realidad, si ha venido hasta aquí, es porque mi hijo es un fugitivo que acaba de tomar dimensiones internacionales. ¿No quedaría bien en su legajo? ¿Y el de sus superiores? Además, he hecho un trato con gente de su Gobierno, pero usted no tiene el rango como para saberlo.
— ¿Su Gobierno? Tenía entendido que usted es argentino.
—De nacimiento, sí, pero mi vida me ha llevado a adoptar una ciudadanía más… universal. Una cuestión de intereses muy personales.
—Bien… No puedo negarlo… todo el mundo actúa por interés, siempre; y no me molestaría ser quien atrape a su hijo y lo lleve ante Interpol —Conesa miraba hacia la calle, a través de un ventanal a medio cerrar—. Lo que me intriga son esos intereses suyos. ¿Le gustaría ganar algo por su hijo? Por entregarlo, digo…
—No, y tampoco le estoy entregando agente… digamos que solo sé que se dirige a la Patagonia. Pero me pregunto… ¿Sus superiores le pidieron que me interrogue?
Conesa volvió la mirada hacia su interlocutor. Aquel viejo enjuto, desalineado, no le inspiraba seguridad, menos respeto. Pero ya tenía sus órdenes y no se sentía a gusto con eso estar cuestionando una decisión en la que no le habían incluido.
—Necesito algo… nombres, familiares, amigos.
—Como le dije, de tener amigos estarán en Estados Unidos. Pero no viaja solo. Una muchacha, ciudadana del país del norte; ella le acompaña a todas partes.
— ¿Puede ser un peligro?
—No lo sé.
—Sabe muy poco para ser el periodista que dicen que fue —El agente daba golpecitos con los zapatos al tiempo que se mordía el labio superior, justo debajo de los bigotes—. Me imagino que al menos tendrá una remota idea de cuáles pueden ser los lugares que elija para esconderse.
—Si me pregunta creo que comenzaría por San Martín de los Andes.
—Ya veo —Conesa no se tragaba ni la mitad del cuento de su anfitrión, pero tampoco se molestaba demasiado. Para él, ese caso no era otra cosa que un castigo, una reprimenda por un estúpido olvido.
—Bien, Interpol nos pasó fotos y datos particulares de Alino. No deberíamos tardar demasiado en esto de buscarlo.
—Perfecto agente, espero su llamada.
Conesa comprendió que le estaban invitando a retirarse. Suspiró y se puso de pié. Había pensado en preguntar algo más a ese tipo que acababa de recordar que tenía un hijo. Pero prefirió imaginar las razones del viejo, al fin y al cabo todo aquello no era muy lejano a su propia historia. El agente se frotó las manos antes de salir por la puerta, hurgó en un bolsillo del saco y se maldijo por no haber comprado cigarrillos.
* * *
«Me ha tomado de la mano. Y por, alguna razón, le siento diferente. Será el aire frio del que resulta ser mi país, será por la ansiedad… o será por nosotros. Si es que hay algún nosotros. Pero la verdad es que nada de lo que me sucede estaba en los planes, o calculado… y me asusta, me aterra. Porque siempre he creído que los sentimientos son basados en pensamientos, que hasta las emociones más violentas tienen cimiento en complejos algoritmos neuronales. Pero cuando le veo caminar, como ahora, resulta que el álgebra y la lógica se tornan un juego de niños. La dificultad de tantos azares conjugados en una sola persona, la combinación de lo imposible con lo improbable.
Acabamos de pasar por las puertas de la zona comercial y Laina pregunta —en su medio español— por una cafetería; pero al hacerlo luce amenazadora. Es casi como si portara un arma las veinticuatro horas, más allá de que —de hecho— lo haga. Se inclina hacia delante, con las manos en la cintura, se acomoda el pelo y me mira otra vez. Quizá espere que le ayude a comprender lo que dice el hombre de bigotes pero a mí me basta con intentar dilucidar qué es lo que me sucede. Es intoxicante.
¿Será que me estoy relajando? ¿Qué aquí los problemas parecen convenientemente lejanos? Como sea, ahora ríe y me hace señas, seguro sabe dónde podremos descansar y conversar un poco.
Se acerca, me toma de la mano otra vez. Dice algo pero solo veo el movimiento de sus labios. Por dentro, crece una pregunta: ¿Qué pasaría si algún día ya no estuvieras aquí?»
* * *
Hacía más de una hora que hablaban y Laina, sentada junto a Alino en un sillón de dos cuerpos, parecía feliz con la idea de viajar a la Patagonia. Había escuchado que la diversidad biológica de la región era prácticamente única y era algo que quería ver en persona. Alino, un poco más callado, caía en que era la primera vez, en mucho tiempo, que hablaban de algo más, de otra cosa que no fueran hombres de gris o pruebas de laboratorio.
—¿Has salido con muchos? —Alino se pegaba un puñetazo por dentro antes de reformular la pregunta—. Digo que si has tenido algunos novios…
—Si… ¡no! —Laina se sabía un tanto descolocada pero quería responder— Tuve un par de cosas en la universidad pero nada importante, al menos que yo lo notara. Me la pasaba estudiando —La muchacha se acomodaba en el sillón, uno de los tantos de la cafetería, al tiempo que agregaba rulos a su cabello con un dedo—. Luego vino Dave.
— ¿Dave?
—Sí, el único tipo joven del pueblo en el que vivía. Un verdadero idiota que jugaba a tener varias chicas en lugares diferentes… ¿Y tú?
—Yo soy un Don Juan —Alino reía, un poco más relajado—. No, de verdad, mi vida antes de conocerte era menos glamorosa que ahora, así que no tenía mucho contacto con la gente. Cuestión que tampoco ha sido mi fuerte antes, cuando hackeaba a diestra y siniestra. Pero si, algunas chicas han pasado… aunque creo que estaba demasiado ocupado escribiendo códigos.
Un silencio bastante incómodo fue aliviado por la insistente camarera que ofrecía por quinta vez algún agregado al desayuno.
—Otro café… dos —Alino miraba de reojo a Laina, que asentía al instante—. Y esas cosas en forma de “u”.
—Medias lunas…
Laina sonreía a la camarera que no despegaba la vista de Alino. Pero sabía lo que hacía y esos ojos azules bien abiertos terminaron por dar en los de la chica, que comprendió de inmediato que debía irse.
—Me cuesta creer que solo fueran algunas chicas —Laina reía y se balanceaba—. No es la primera vez que veo alguna camarera perdida de amor por ti.
Alino cerró los ojos un instante. Buscaba una respuesta adecuada, ni estúpida ni de esas que lo hacen quedar a uno como un engreído.
—Quieres decir que…
—Quiero decir que eres muy atractivo.
Laina sentía calor en las mejillas pero eso no le impedía volver a tomarle de la mano.
—Ya veo… —Alino buscaba palabras, pero el corazón apenas le dejaba pasar aire por la tráquea— tú también eres atractiva.
—Lo sé, pero volviendo a ti… creo que lo más importante es que haces sentir segura a la gente que te rodea.
— ¿O será que te hago sentir segura?
—Depende. Ha veces me pones nerviosa.
— ¿Cómo cuándo?
—Como ahora.
—Puedo intentar con un abrazo.
—Hazlo.
* * *
—Está hecho —El que decía ser el padre de Alino hablaba en voz baja, mientras se movía despacio, frente a una figura sentada en el mismo sillón donde estuviera Conesa, unas horas antes—. El S.I. está buscando al híbrido. Aunque no comprendo por qué necesitamos de ellos si sabemos perfectamente su paradero.
—No hay necesidades que interpretar —La voz que emitía la figura sonaba ligeramente metálica—. Es nuestra idea comprender el funcionamiento de cada departamento de inteligencia de los nativos. No hay otras razones.
— ¿Y si esto me pone en evidencia?
—Será usted retirado automáticamente.
—Sigo sin ver la importancia…
—Su falta de visión se debe al trato constante con nativos —Aquella voz sonaba ahora un poco más grave y más metálica—. La colonización depende de muchas variables y una de ellas es la posibilidad de adoptar los servicios de inteligencia de cada territorio en nuestro beneficio, como lo hemos hecho en otros lugares. Para ello fundamental es comprender.
El silencio que sobrevino se mezcló con las sombras perennes de la habitación, así como la figura que, tras emitir un par de chirridos suaves, se disolvió en el aire.
* * *
Hacía tiempo que pensaba en eliminar ese cepillo, como le decía su hija más pequeña. Pero el bigote de Conesa tenía implicaciones mucho más profundas que el hecho de que hubiera empezado a molestarle. Su padre, el Coronel Conesa, había servido al ejército en tiempos de la última dictadura, justo en medio de los más sangrientos. Y era de los pocos que se habían pasado la obediencia por el trasero. Lo que le obligaría a emigrar hacia tierras Españolas, donde conociera a su primera mujer, Lola. Por aquellos tiempos el bigote aún era considerado una muestra de hombría y el de su padre venía de una larga tradición familiar. Tanto amaba el viejo Conesa su bigote que, incluso al momento de escapar, no había nadie que le hiciera afeitarse. Cuestión que le había costado un balazo y varias penurias. «Me dijeron que tenía que afeitarme el bigote, así era más difícil reconocerme, pero yo no quise… aún a si me costara la vida. Era lo único que me quedaba de mí mismo y no lo iba a perder».
El agente Conesa se llevó la mano derecha al rostro para pasar sus dedos sobre el cabello que le crecía sobre la boca. La determinación de su padre, el dolor de dejarlo todo para conservar la vida… ese era el significado. Algo muy cercano a la obstinación, pero vista desde un punto bastante positivo. Como fuera, era el legado de ese hombre que falleciera de cáncer unos meses antes y no pensaba ceder ante nadie, al menos por el momento.
— ¿Otra vez pensando? —Un hombre entrecano, cercano a los cuarenta, se detenía frente al escritorio de Conesa— ¿Vas a pasar toda la tarde con eso?
—Si me ayudaras, como se supone que debes hacerlo, ya lo tendría listo.
—Está bien. Me siento un rato, pero mañana es sábado.
— ¿Pero mañana es sábado…?
—Me voy a ver las carreras. ¿Te acordás? Córdoba… con mi hijo.
—Cierto… El problema es que tenemos un… problema —Conesa tomaba unos papeles del cajón que tenía abierto a su derecha y los arrojaba sobre el escritorio—. El hombre al que vi hoy, se supone muerto y enterrado. Y mis bigotes me dicen que hay gato encerrado.
—Si… está sucediendo, ahora sale a la luz el Conesa obstinado.
—Seguro —El hombre dibujaba una sonrisa bajo los bigotes—, no se puede esperar otra cosa de mí.
* * *
«Está sucediendo, no estaba en mis planes… pero tienes algo que necesito. Algo casi peligroso. Estoy perdiendo el control y encuentro tus labios, o al revés. Pero no estoy acostumbrado a sentirme de este modo. ¿Qué quieres de mí? ¿No ves que no podré apagar lo que hemos comenzado?
¿Podríamos detenernos? Las manos, las caricias, lo bien que se siente. Hasta podría confundir todo esto con la necesidad básica de lo que tú y yo más carecemos: expresiones de amor.
Voy a besarte otra vez y es mejor que estés preparada. Podría derrumbarte ahora, tomar tus emociones más íntimas y llevarlas por siempre, como un tesoro. Podría perderme en ti, terminar mezclado en tu sangre, suspendido en tu alma. Y todo eso aterra y toma sentido a la vez. Será que en verdad hay un nosotros. Será que si estás aquí es por mí. Será… lo que tenga que ser».
Alino rozó la nariz de Laina con una mejilla y ella respondió con una sonrisa. Se miraron un instante, solo para dejarse llevar por el impulso.
Fernando Silva
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Puñetas de las mías:
“…aún a si me costara la vida”. ( está rara, la frase).
” Cabello del bigote”, tengo entendido que cabello es solo de la cabeza, el del cuerpo es vello y de la cara, pelo. ( igual chequealo)
“muerto y enterrado… gato encerrado” molesta la rima en el tono en que vienen hablando.
Cariños!!
Gracias Bere! Qué haría sin tus aportes?