Biofacto . Parte cuarta . Capítulo 28: Terra matter

Biofacto

Autor: Fernando Silva

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Parte cuarta:

La edad de oro del miedo

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Capítulo 28. Terra matter

 

—No tengo problema en volarte la tapa de los sesos aquí y ahora —La voz de Spencer se expandía por aquel callejón inmundo, donde solo podían espantarse algunas ratas. Sin embargo, el mismo sentía las brumas del miedo todo en rededor. Sabía que el tipo ese, al que apuntaba, era más peligroso que cualquier reo que hubiera enfrentado jamás; porque Spencer sabía que no era un reo. Y el mismo conocimiento le decía que mejor se preparaba para matar a quemarropa, a sangre fría.

—No sé lo que esperas de mí, pero es obvio que solo hay tres posibilidades —El calvo enfrentaba el cañón de la pistola sin parpadear—. O quieres el arresto solo para ti, o me buscas por algo más… o te han contratado para matarme. Y si esa última es la correcta es mejor que lo hagas ahora, y con un tiro que desparrame mi cerebro en la acera.

—No voy a matarte.

—Entonces me voy —Freeze daba media vuelta cuando una mano intentó sujetarle del brazo derecho. Y la reacción fue violenta, demasiado. Con un giro sobre su eje ya había doblado el codo del agente y para cuando este gritaba de dolor ya le había tirado al piso, clavando una rodilla en la espalda de modo casi automático. Y Freeze se percató del casi, es que podía haber sido mucho más duro.

—Soy un hombre jugado agente… —Freeze se acercaba hasta susurrar aquellas palabras al oído de Spencer que, boca abajo, intentaba despegar la nariz del piso— No le conviene hacer nada más que dejarme ir.

— ¡Usted es uno de los más buscados! —Spencer, entre jadeos, decía lo primero que se le venía en mente.

—Créame que lo se… soy peor que ese invento de Al Qaeda. ¡Un verdadero terrorista! ¿No lo ve? ¡Si ando plantando bombas en los rascacielos! ¡Lanzando misiles contra el pentágono…! —Freeze se detenía para reír un poco, un ladrido nervioso— Claro que lo había olvidado, fueron ustedes ¡inmundos traidores! ¡En complot con mis compañeros y superiores! Si, ustedes lo orquestaron para tener esa bendita guerra, la que les sacaría del chiquero económico en que se habían metido.

—No… no se quien cree que sea, pero trabajo para el FBI… —Hilos de saliva caían de la boca de Spencer— Yo solo sé que su hija está en peligro.

— ¿Eres uno de ellos? —Freeze sacaba el arma y clavaba el cañón en el cráneo del agente— ¡Vamos! ¿Por qué no me muestras tu verdadera cara? ¿O es que no tienes?

—Estás loco…

—Ya me gustaría.

 

*                  *                  *

 

Alino se veía a sí mismo como una especie de mancha animada, mientras deambulaba por el inmaculado baño del aeropuerto de Nogales. Ese nivel de descuido era inédito en su persona, incluyendo los oscuros tiempos de repartidor de cerveza o el escape de La Vegas. El pelo pegoteado por la mugre, la barba anaranjada esforzándose por superar los tres centímetros… y la ropa, ese conjunto de trapos sudados y grasientos que se habían convertido en prisión y armadura. A decir verdad, hacía años que no renovaba el guardarropa, lo que no significaba que gustara de andar sucio por allí. Ahora que abría la canilla de uno de los lavatorios lo recordaba: cuando no le alcanzaba el dinero para el lavadero enjuagaba todo a mano, haciendo malabares en ese minúsculo cuartucho que tenía por baño. ¡Qué imagen!, se dijo mientras dejaba que un poco de agua tibia le escurra por las manos, ¿Me dejarán subir al avión con esta facha?

El muchacho se miraba los ojos y los poros de la piel; aquello siempre le daba la sensación de estar experimentando la realidad, o lo que íntimamente llamaba: conexión con la materia. En ocasiones reconfortante, otras destructivo; aquel ejercicio mental nunca era menos que agotador. Arrastrarse por los rincones de la psiquis, buscar en la mugre, comparar con lo vivido, hacer un balance… buscar los errores de simple mortal y desmenuzarlos en un análisis que incluía cada ángulo, incluso de quien pudiera pararse en la vereda de enfrente. Pero no contaba con tanto tiempo, Laina le estaría esperando fuera, quizás nerviosa o sintiéndose sola. No era adivino pero sabía que —al menos— no podía darse el lujo del egoísmo.

Alino dio un par de pasos para acercarse a la máquina de aire caliente. El molesto zumbido solo era compensado por esa sensación de caricias en los dedos. Y ese sonido… era lo suficientemente alto como para tapar los pasos de quien se le acercaba por la espalda.

 

*                  *                  *

 

El golpe había sido certero. Freeze jadeaba ahora contra el piso y Spencer se preguntaba cómo había hecho para que al fin le saliera el dichoso movimiento de defensa inventado por el viejo que le había entrenado. Ni en toda la academia había podido librarse de un aprieto como ese y por años había agradecido a la suerte; nunca se había visto obligado a intentarlo. Y sin embargo, después de todo ese tiempo, algo había funcionado. El instructor de defensa personal estaría muerto ya y festejando en su tumba; el torpe de su clase lo había logrado, al fin.

—Al peligroso agente de inteligencia solo le queda agarrarse de los genitales —Spencer, en una demostración de algarabía, se atrevía a fanfarronear un poco—. Eso y esperar a que le aprendan. No voy a tirar mi carrera por la borda por un lunático.

— ¡No! —Freeze, que se retorcía, apenas juntaba aire para expeler unas palabras— ¡Mi hija!

—Cómo cambian las cosas, hace dos minutos intentabas un exorcismo y ahora te acuerdas de tu hija.

—Soy… soy la única esperanza que tiene. Si me entregas me matarán y no quiero imaginar lo que hagan con ella —Freeze intentaba ponerse de rodillas pero el dolor le tumbaba una vez más—. Prefiero que termines conmigo aquí, al menos sé que no eres uno de ellos.

— ¿Ellos?

—No voy a hablar.

Spencer analizó el cuadro en silencio. Era obvio que el hombre estaba comprometido con lo que fuera que le sucedía. Y a decir verdad, algo de eso sabía; del compromiso y de la hija. Causalidad que ambas cosas —en el fondo— le parecieran ideales. Es que el nivel de lealtad a sí mismo —el que demostraba el calvo— era admirable y la idea de tener una hija le parecía una verdadera proeza; una de esas que aún no había conseguido orquestar en su propia vida. Además, la determinación de Freeze le hablaba de realidades. Si se hubiera tratado de un simple loco no habría aparecido entre los más buscados, a no ser que fuera un clon de Unabomber y no parecía ser el caso.

— ¿Qué te has llevado del edificio Hoover?

—Pruebas, nombres, lugares —Freeze buscaba apoyo en una pared cubierta de líquenes—. Necesito saber que le hicieron.

—Me lo imaginaba.

—Por eso no llamas los refuerzos.

—Primero vas a explicar lo que sucede… yo también tengo preguntas que necesitan respuestas.

 

*                  *                  *

—Necesito… ayuda.

Alino levantaba las manos. Aquello que sentía en la nuca bien podía ser un arma.

—Sé que no es la mejor manera de pedirlo, pero tengo que estar seguro… vas a escuchar lo que tengo para decir. Mejor haces unos pasos al costado y te das la vuelta.

—Lo que sea que necesites lo podemos arreglar —Alino no sabía si levantar la vista, pero las opciones se habían terminado desde el instante en que aquel tipo le abordara.

— ¡Mírame! ¡Mira lo que han hecho conmigo!

— ¿Qué…? —La figura que tenía delante era el vago borrón de una persona apenas conocida.

—Nos conocimos cruzando la frontera…

— ¡Hildebrandt! —Alino por poco reconocía al mercenario bajo esa piel fétida y lechosa. Pero lo más impresionante eran los ojos, encajonados es unas ojeras sangrantes que le manchaban la cara.

—Si, al menos por ahora —Avi se apoyaba en un lavatorio, bajaba la pistola y le quitaba el cargador—. No sé cuánto tiempo pueda resistir.

—Tú fuiste al laboratorio, ¡nos traicionaste! —Alino se acercaba con los brazos apuntándole al cuello— No me importa lo que tengas, debería ahorcarte ahora mismo.

— ¡No me toques! —La risa de Avi era un reflejo provocado por el propio espanto—. No… no te acerques, tengo el miedo en la sangre.

 

*                  *                  *

 

De los golpes a una charla casi clasificable de amena, no era la primera vez que Freeze pasaba por aquello. Pero dada la situación aquel desenlace era el mejor imaginable. Es que había perdido el temple, se reconocía bajo las aguas de sus emociones y eso nunca era conveniente. Tanto necesitaba ordenar la psiquis que había largado todo lo vivido en apenas unos minutos… a un perfecto extraño. Aquel agente podía estar bajo la influencia de esas cosas que había visto en el desierto, o ser un bizarro oportunista. Pero lo cierto es que le llamaba la atención encontrar la misma predisposición del otro lado de los dos metros que les separaban. Spencer le había contado todo: su desengaño con los superiores, el altercado con el temeroso médico en Quántico, las palabras de su amigo Fred… todo apuntaba a alimentar la noción que ya se estaba formando desde el intercambio con Petrov: lo importante era su hija, un producto que nadie quería perder de vista. ¿Y WAD? ¿Y si él también quería algo de ella?

— ¿Conoces a un tal WAD? —Freeze lanzaba la pregunta con un dejo de insignificancia.

—Si… ex agente de inteligencia francesa. Buscado por varias cosas —Spencer se llevaba una mano a la barbilla—. Se dice que vino acompañando a un conocido ufólogo francés, y que le ayudó a establecerse en Texas, creo que en el año sesenta y tres.

—¿Algo más?

—Un tipo peligroso. Si no recuerdo mal esas iniciales son las de Guillaume Antoine Dubois, su verdadero nombre.

— ¿Y la doble v?

—De Guillaume, William en inglés —Spencer cerraba los ojos—. Sí, ahora lo recuerdo, su último trabajo fue como espía en la Unión Soviética. Dicen que desertó… que se vendió al mejor postor.

—Debo irme —Freeze se acomodaba la ropa y emprendía camino por el callejón.

—¡Podemos colaborar Freeze!

La voz de Spencer se perdía en la oscuridad y aunque el agente lo ignoraba, quedaba prendida, con esa última frase, a la baraja de opciones de Freeze.

 

*                  *                  *

 

Avi apenas caminaba, pero se las había arreglado para llegar al sector de espera y acomodar los huesos en una silla. Llevaba una bufanda de hilo y la capucha de su abrigo puesta, en un esfuerzo por esconder esa carne devastada. Sabía bien que no importaba cuanta ropa se echara encima, el frio le llegaba de adentro.

—En el fondo, sé que no pueden hacer nada —Avi sonaba quebrado—. Y a ti te debo una niña, pero lo arreglaremos en otra vida.

— ¿Qué ha sucedido? —Laina, que acababa de recibir las nuevas de Alino, llegaba desde una de las puertas que daban al estacionamiento, envuelta en olor a tabaco.

—Lo que te he dicho —Alino caía en que era la segunda vez que hablaban en horas—. Se apareció en el baño, pidiendo ayuda.

— ¿Cómo nos has encontrado?

—El… —El dedo índice de la mano derecha apuntaba a Alino— todavía le rastrean. Cuando pude escapar… también vi donde estaban, y vine, deben saberlo.

— ¿Saber qué? ¿Acaso nos vas a contar como es que tus amigos aún lo rastrean? —Laina intentaba acercarse, con violencia, a Hildebrandt; pero Alino le ponía un brazo en el camino.

—Me han infectado con un virus, una variante de lo que piensan utilizar en la colonización. Algo que están desarrollando para Alino… es más fuerte que el otro.

— ¿Qué el otro?

—Le llaman “el miedo”. Lo han pensado en función de nuestras respuestas a lo que llamamos miedo —Avi se repetía, tocía y volvía a repetirse antes de decir algo coherente—. Estoy infectado con el miedo y no sé si voy a sobrevivir. Pero cuando descubrieron que te había hablado de ellos —Laina levantaba las cejas—, bueno, decidieron usarme como cobaya para esto.

— ¿Y qué es exactamente?

—No lo sé, más que un virus… lo único que escuché es que planean usarlo durante la colonización, que es la manera de cargarse la población entera del planeta y tomar el control.

—Eso no es verdad —Alino se cruzaba de brazos, lo que arrancaba un reflejo de sorpresa en la mirada de Hildebrandt—. Nada de lo que dices. Esos que te han infectado no son más foráneos que tú y yo… y tienen peores vicios que andar por el universo buscando planetas que conquistar. La verdad es que son asesinos y usan toda la fachada extraterrestre para experimentar sus armas de última generación en humanos… en niños.

—Yo sé lo que vi —Avi tiraba de la bufanda hasta descubrir el rostro—. Esos tipos no son humanos. ¡Y los otros! —Levantaba una mano y señalaba hacia fuera—. Los que se meten en el cuerpo… ¡ustedes no saben nada!

—A ti te han engañado ¡Más de una vez!

—Al menos no me compré la historia más estúpida que haya escuchado —El estado de Avi parecía mejorar con la inyección de rabia—. ¿Qué es lo que sabes? ¿Crees que eres una especie de elegido solo porque te siguen los Serpo? ¿Tienes idea de a cuantos como tu han asesinado? ¡Las bocas que han cerrado! Desde hace años… hace mucho que trabajo con ellos, desde que me retiré de los organismos oficiales. ¡Ellos me tentaron con sus pagos gordos y sus contactos financieros! —Hildebrandt se llevaba las manos a la cabeza—. Fallé… sé que lo hice, pero para cuando comprendí en que estaba metido era muy tarde. Están en todas partes, y cada vez son más.

—Hemos visto algún Serpo muerto, no son normales pero eso no indica que sean de otro mundo —Laina sacaba la muleta de la biología para apoyarse y dar peso a sus palabras—. Yo misma he analizado esos tejidos y nada indica que no pueda tratarse de algún bizarro desarrollo genético.

—Como otros desarrollos tecnológicos —Alino asentía—; Rayo Azul, por ejemplo…

—Rayo Azul es parte del ruido, de la confusión. Los mismos idiotas que creen que van a instaurar un gobierno mundial son los que dejan que los Serpo hagan y deshagan a su antojo. ¿Por qué? —Avi volvía a enrollar la bufanda sobre la boca— Porque ni ellos saben que sucede, están montados en otro caballo… el de los científicos, como tu novia.

Laina separaba los labios al tiempo que recordaba su trabajo con las poblaciones de ratas. Y entonces apenas suspiraba.

—Esa estrechez mental tan propia de algunas ramas de la ciencia ha allanado el camino. ¿No lo ven? Ninguno de nosotros sabemos lo que está ocurriendo, de verdad… Algunos quieren el famoso Nuevo Orden y trabajan por ello. Otros quieren detenerlos a causa de sus propios intereses y mientras tanto nosotros quedamos en medio, y perdemos la libertad, y corremos riesgos que nadie se propone imaginar.

—Si fuera el caso… —Alino se acomodaba silla de por medio con Avi— Hay gente muy ocupada en la temática OVNI, ellos deberían estar en lo correcto.

—Menos que menos. Los extraterrestres, como los conocemos, son inventos. Tapaderas de proyectos secretos, de experimentos varios, de vuelos no autorizados —Avi, con mucho trabajo, lograba incorporarse—. Lo que sucede en realidad… bueno, eso escapa a mi comprensión, seguro. Sin embargo, está claro que la verdadera amenaza no es de este mundo.

— ¿Adónde vas?

—A evitarles más problemas —Avi daba un par de pasos arrastrando los pies—. Me estarán buscando y no quiero que les encuentren conmigo. Ustedes tienen que tomar un avión —El mercenario se volvía hacia Alino—. Y tú debes ir a la Patagonia… allí está la madre.

Fernando Silva

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