Biofacto . Parte cuarta . Capítulo 27: Con el norte en el sur

Biofacto

Autor: Fernando Silva

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Parte cuarta:

La edad de oro del miedo

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Capítulo 27. Con el norte en el sur

— ¡Mierda! ¡Están entre nosotros! —Freeze, abrazado como una colegiala a la carpeta que acababa de robar del FBI, lanzaba la reflexión a modo de susurro entrecortado. La impresión aún le anudaba la garganta.

—Por eso es que ayudo a WAD —El agente que conducía el Ford negro apenas miraba a su acompañante—. Están pasando cosas muy raras por aquí.

— ¿Cómo sabremos quién es quién? ¡Esa cosa se le ha metido en el cuerpo! ¡Por Dios! ¿Lo has visto?

—Creemos que son varios infiltrados. Lo peor es que el número va creciendo y mañana nos puede tocar a cualquiera de nosotros. Pero hemos notado algo en particular: parece que la mayoría han sobrellevado tratamientos médicos complejos en los últimos años —El agente levantaba las cejas—. Al menos, como dije, eso es lo que creemos.

— ¿Creemos? —Freeze daba un puñetazo a la guantera— ¡Varios! ¿De qué mierda me hablas? ¿Son varios los agentes que están al tanto de esto? ¿Y lo mejor que pueden hacer es colaborar con un tipo como WAD?

—El único que tiene contacto con WAD soy yo… y el problema, mi amigo, es que los superiores no nos prestan atención. Yo mismo he presentado informes y terminé en un psiquiatra.

— ¿Te tomaron por loco?

—No… resulta que de pronto, de algún lado, salió alguien diciendo que tengo el perfil potencial de un pedófilo —El agente maldecía entre dientes— ¿Puedes imaginarlo? Hijos de puta… ¡Tengo cuatro hijos!

—Fue una amenaza.

—Sí, y queda claro, los están encubriendo.

 

*                  *                  *

 

Hacía unos quince minutos que seguía aquel Ford negro. La vista la mantenía en el objetivo, a unos sesenta metros pero —por dentro— las preguntas seguían ensañadas con algo más. ¿Acaso el agente López sufría epilepsia? ¿Cómo podía ser que no lo supiera? Ese hombre había estado bajo su control los últimos seis meses y en la ficha médica no hablaban más que de su lucha contra un cáncer curado en circunstancias poco menos que milagrosas. ¿O era que la enfermedad había regresado? Un tumor cerebral bien podría ser la respuesta a esos movimientos frenéticos que había visto en el estacionamiento del FBI, pero esa cosa negra… ¿Qué demonios era aquello? ¿Una sombra? ¿Su imaginación?

Un descanso no vendría mal, se dijo, mientras quitaba el pie del acelerador. El Ford acababa de hacer un movimiento brusco y aparcaba media cuadra delante. Spencer pensó en estacionar también pero la falta de lugar y el enorme camión que le zumbaba en la espalda conspiraban para que siga camino. Así, poco a poco, se fue acercando al objetivo. Al parecer, los hombres discutían y su sospechoso —que ahora era calvo— agitaba una peluca con la mano izquierda, mientras que con la derecha sostenía un arma, justo a la altura de la cabeza del agente del FBI.

— ¿Qué es lo que pasa? —Se dijo en voz alta, bastante alterado— Ese se parece bastante a… ¡Freeze!

 

*                  *                  *

 

—Ahora me vas a dar tu arma, con mucha calma.

—Es la reglamentaria —El agente del FBI meneaba la cabeza—. Si me falta debo reportarlo y eso va a traer preguntas, justo lo que no necesitamos ¡Estamos del mismo lado!

—Lo habrías pensado mejor antes de negarte a estacionar aquí.

—Mis órdenes eran claras: lo llevas hasta el puerto.

—Si… —Freeze lanzaba la peluca sobre el asiento trasero— pero no voy a ir donde WAD quiera, cuando él lo desee. Primero tengo otras cosas que hacer, así que dame el arma y vete.

—Esto no está bien…

—Mira, voy a dejar la pistola en el baño del café al que vas todas las mañanas, tras la mochila de un inodoro.

— ¿Cómo sabes dónde voy?

—Porque antes de ser fugitivo trabajaba para inteligencia —Freeze de pronto sonreía—. ¿O prefieres que se la deje a tu amante?

 

*                  *                  *

 

Spencer había estado a un dedo de pedir refuerzos, pero la secuencia de los hechos no terminaba de mostrarle el típico cuadro de un secuestro. Claro que bien podía ser alguna extorsión pero, por lo poco que sabía de Freeze, no era ese su estilo ni su entrenamiento.

Le había visto bajar del coche, caminar rápido por la misma vereda y meterse en un edificio de departamentos justo en la esquina, por lo que al menos tenía su ubicación. Claro que la pregunta rondaba más bien en qué era lo que estaban haciendo: Freeze quedándose en el país y metiéndose de cabeza en el buró y el allí, parado, sin avisar a nadie de su hallazgo. ¡Vamos!, se dijo, ¡Que es uno de los más buscados!

 

*                  *                  *

 

«No se dejen engañar, no todos son extraterrestres ni tampoco rayos azules».

Las palabras de despedida del Padre Ramírez habían quedado retumbando en Laina, tanto o más que aquella larga charla acerca de los orígenes de los cultos religiosos. Le parecía increíble que un hombre formado bajo el manto de la fe cristiana manejara ideas tan ajenas a su credo.

«Es claro que las religiones, los dioses, parten de un mismo génesis: la llegada de seres avanzados, desde las estrellas. Y es muy simple, nuestros antepasados vieron en ellos magia por tecnología, consideraron como un poder divino llevar una luz azul en la mano o volar entre las nubes montados en esos extraños caballos de plata».

Casi una réplica del Exogénesis pero a cargo de un hombre de fe.

«Que no se me malinterprete, yo creo en un Dios todopoderoso, creador del cielo y de La Tierra. Pero no me pidan que crea que los que descendieron hace miles de años eran ángeles, si llevaban escafandras para poder respirar. Se bien de dónde vengo y cuál es mi misión aquí; no me van a vender una cosa por otra».

Laina se llevó las manos a la frente mientras resoplaba con la fuerza del abrumado.

— ¿Estas bien? —Alino, que acababa de pedir un ordenador y un café, se volvía y le tomaba de la mano.

—Sí, pero no creo que sea buena idea quedarnos aquí por mucho tiempo.

—Es solo un café con internet y es justo lo que necesitamos.

—Lo sé, pero estamos expuestos —Laina miraba a su compañero a los ojos—. ¿Ya no te preocupa que nos vean?

—Sí, no puedo decir lo contrario, pero llega un momento en que los peores problemas se hacen agua. Un amigo decía que eso pasa cuando entra a jugar la determinación.

—Bueno, los dos queremos la verdad.

—Sí, pero mi motivación se ha renovado —Alino llevaba su mano derecha hasta una de las mejillas de la joven—. Sé que puede sonar egoísta Laina… pero necesito saber quién soy.

 

*                  *                  *

Tenía ganas de gritar que aquello no estaba bien, de tomarle de una mano y llevarlo lejos, a una cueva. Tener hijos, no volver a pensar en serpos ni en bizarras cadenas de proteínas. Pero aquellas últimas palabras de Alino eran irrefutables. ¿Quién podía creerse en derecho de prohibirle a un hombre su búsqueda más trascendente? La identidad, la pertenencia, el legado, su historia… cimientos fundamentales de la cordura y la libertad más personal. Por ello había asentido apenas, antes de tomar asiento junto a ese hombre… ¿su hombre?

—Muchas veces me he preguntado por qué mi padre elegiría la Patagonia argentina como escondite —Alino tecleaba una dirección IP en el ordenador mientras lanzaba aquellas palabras—. Pues que al escuchar a Ramírez tuve una revelación.

—No me vengas con…

—No, no hablo de eso. Hablo de lo que dijo el Padre —El muchacho sonreía demostrando su tono relajado en el rostro—. ¿Recuerdas que habló de varios científicos que en época de pos guerra fueron a parar a la Patagonia?

— ¿Nazis?

—Sí, y otros, en diferentes épocas —Alino abría una nueva pestaña en el explorador de internet y cargaba una búsqueda—. Pero eso no es todo, mira lo que he encontrado: «Hacker ataca la página de la Fuerza Aérea Argentina. Los acusa de ocultar información sobre OVNI caído en el año ochenta y cinco».

— ¿Tu padre no lo menciona en su diario?

—Exacto. Habla de esto, muy poco, pero dice que había recibido información de primera mano de que esto fue real —Alino dejaba el ratón y se frotaba las manos antes de seguir navegando—. Por eso me puse en la tarea de investigar y encontré que no solo hay datos sobre este caso, sino sobre otro sucedido diez años después en una provincia… Salta. A lo que voy es a que mi país parece tener una compleja historia relacionada a la ciencia de pos guerra, a objetos voladores no identificados y lo más importante: en los últimos años ha sido el epicentro de la mayor cantidad de avistamientos de estos aparatos en toda América.

— ¿Y eso que tiene que ver con lo que estamos haciendo?

—Quizá nada, pero tengo el presentimiento de que mi padre no fue allí solo por conocer bien el lugar. Creo que sabía algo más, algo relacionado a Rayo Azul o a Biofacto… y puede que viera que la punta de la madeja estaba bien a la mano en su país de origen.

 

*                  *                  *

 

—Si tiras del hilo… digamos que no sabes con lo que te vas a encontrar —Petrov, vestido de negro, miraba por la única ventana del departamento que acababa de arrendar—. Varios de mis hombres decidieron traicionarme después de la operación para sacarte de la ciudad; otros murieron. Me he quedado solo… hasta mi mujer se ha marchado.

—Deja de llorar Petrov —Freeze arrojaba sobre una mesa la carpeta con el escudo del Buró impreso en la tapa—, vine con regalos del FBI.

Petrov giró de inmediato. No podía resistirse a una carpeta de aquellas, menos si llevaba el rotulo “Máximo secreto” en estampado en rojo sangre.

— ¿Proyecto Reposición?

—Mira dentro, dime que te parece.

—Tengo que leerlo —Petrov se acomodaba unos anteojos de marco plateado sobre la gruesa nariz—, pero puedes comentarme de que va esto.

—Experimentos en niños Petrov, de eso se trata.

— ¿Es esto por lo que buscan a tu hija? ¿De lo que me hablabas la otra vez? —Petrov fruncía el ceño, bastante amargado— Es una pena… en la madre Rusia solían hacer cosas por el estilo; pero según sé ustedes han sido los precursores de este tipo de experimentos. Nosotros podemos haber mandado algún astronauta a una muerte gloriosa pero américa ha metido partículas radiactivas en los cereales de sus ciudadanos.

—No me creo que ustedes hayan sido tan ingenuos en la guerra fría, pero no es el caso. Creo que le han hecho algo de esto a mi niña ¿comprendes lo que significa?

—Sí, lo que puede ser para ti saberlo… pero desde el punto científico no, porque no sabemos qué le han hecho.

—Petrov —Freeze intentaba contener por todos los medios unas evidentes lágrimas—, por favor, sé que has estado trabajando con la inteligencia de tu gobierno por años.

—La guerra fría ya no existe.

—Pero los espías sí, mi amigo, y yo sé lo que has hecho.

Petrov lanzaba una mirada aplastante mientras decidía que hacer.

—No me mires así, ya no puedo hacerte ningún daño… y sabes que nadie lo haría. ¿Acaso crees que no me doy cuenta de que es un milagro que sigas con vida? —Freeze daba un puñetazo a la mesa— ¡Todos tus empleados están muertos pero a ti no te tocan! ¿Sabes cuánto hace que sé que eres un agente? ¡Cinco putos años! Y nunca nadie quiso enterarse… así que habla, aunque sea por mi hija.

—Está bien… pero debes saber que mi aventura con el rescate de tu familia ha sido por aprecio, y me ha costado mucho más de lo que imaginaba. No sé cuánto tardarán en encontrarme pero es mi propia gente la que ya no me quiere en el juego —Petrov se tiraba hacia atrás, arqueando la espalda—. Pero tienes tanta razón como calvicie, no tengo nada que perder.

 

*                  *                  *

 

—Este tipo de aquí —Petrov señalaba la primera foto que aparecía en la carpeta—, a este lo conozco, es de apellido Ford. Un científico… ¿biotecnólogo se dice?

Freeze asentía con ambos puños cerrados como respuesta a la ansiedad.

—Fue hace unos años que nos contactó. Quería escapar de los Estados Unidos porque tenía una colección de espadas de Damocles colgando en la casa —El ruso movió la mano derecha en el aire al unísono con la cabeza—. Digamos que lo querían matar.

—Ya veo.

—Según nos dijo formaba parte de un grupo de científicos trabajando en unos experimentos. Nos comentó que no tenía forma de dejar de hacer lo que hacía, que los que se negaban a seguir en el proyecto terminaban muertos, por lo general ahogados en la bañera. Pero él se quería ir, le perturbaba eso de que las cobayas fueran niños, hijos de supuestos terroristas. Además, había otro que quería irse también, un tal Robert Patrick.

— ¿Dijo lo que hacían?

—No, a mi directamente no. Pero con el tiempo me enteré de que era un programa más amplio… ¡Biofacto! Ese era el nombre. Creo que me dijeron que era la manera de prepararse para una amenaza foránea, del espacio u otra dimensión, pero más… Todo lo que sé es que después fue contratado por la KGB para hacer el mismo trabajo en la madre Rusia. Lo que le causó un ataque de nervios por el que le enviaron a Cuba, a descansar, de donde escapó hacia Sudamérica y después España, de donde también desapareció. El último dato que tuvimos vino desde Argentina, pero no le pudieron atrapar. Luego apareció ahogado en una bañera, en Buenos Aires,

— ¿Y el proyecto ruso? —Freeze torcía el labio inferior— Por favor.

—El proyecto no tenía nombre, era un código… seiscientos sesenta y nueve. En caso de ser necesario ese código se transformaría en orden.

— ¿De qué trataba?

—Trata —Petrov levantaba las cejas—. Los experimentos con los niños tienen un fin muy simple: preparar una generación de humanos que soporten los cambios que están por llegar. Asegurar la especie y su independencia… al menos eso es lo que quiere mi país y es lo que desarrollaron bastante bien con Patrick, hasta que también decidió escapar. Aún lo buscan con la vieja excusa del “abuso sexual”.

 

*                  *                  *

 

Todo el viaje en silencio. Desplazarse hasta el aeropuerto internacional de Heroica Nogales —lejos del centro— les había dado la chance de volver a cruzar palabra. Pero en el taxi solo habían compartido eso: silencio.

Ya en las boleterías se habían lanzado un par de miradas pero no encontraban nada para decirse. Por un lado, una cuestión de respeto y comprensión. Por el otro, la certeza de estar haciendo algo real por esa maldita necesidad de cambio, de definiciones.

Laina vio como Alino se acercaba a la empleada de la empresa de transporte aéreo con la mano derecha en el bolsillo, presto a pagar los pasajes en efectivo. Pero no podía más que virar y buscar una salida, alguna puerta que le permitiera un instante a solas con un cigarrillo. Es que, por dentro, aún rondaba la respuesta de Miller a su correo, y todo lo que eso significaba para Alino.

—Señorita —Laina se volvía hacia su compañero al escucharle la voz—. Necesitamos volar a Argentina. ¿Hay vuelos directos desde aquí?

Fernando Silva

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