Biofacto
Autor: Fernando Silva
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Parte cuarta:
La edad de oro del miedo
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Capítulo 26. Los rayos
— ¡Es la Virgen María! —La voz de alerta, elevada por alguno de los niños del barrio, entraba por la ventana casi con más fuerza que la misma luminaria— ¡Vengan! ¡Ahí, en el cielo!
Alino, que ya estaba sentado al borde de la cama, saltó hacia la ventana con el móvil de Laina en la mano; sea lo que fuere había que sacarle alguna foto.
— ¡Alino! —Laina acababa abría la puerta de la habitación— Algo sucede en la calle…
—Si… —Alino apenas giraba para mirarle de reojo y volvía a dar unos pasos en dirección a la luz— Estaba a punto de mirar hacia fuera.
—Mejor bajamos y vemos adonde ha ido el Padre. Acaba de pasar corriendo por el pasillo.
Alino giró sobre sus talones para ver como Laina dejaba el umbral de la puerta en dirección a la escalera. Hubiera sido mejor quedarse aquí, se dijo, mientras intentaba encajar los botones de sus pantalones. Pero ella es así, impulsiva, imprudente… vaya uno a saber qué demonios está pasando ahí abajo. Ya tenemos bastante con todo lo que venimos soportando. Pero no, ella tiene que ir, ver y tocar.
Los metros recorridos hasta la puerta principal de la iglesia parecían estar empapados de ansiedad, misma que traspasaba las suelas del calzado y llegaba directo a la psiquis de Laina. Recuerdos, cientos de recuerdos en veinte metros. « ¿Sabes que tu madre ha visto a Dios? Y él le ha dicho que debes ser buena». ¿Y si al fin y al cabo no eran todas patrañas?
— ¡Dios mío! —Laina tomaba a Alino de la mano mientras elevaba la vista al cielo. No sabía si parpadear o no, es que —justo encima— una enorme figura de la Virgen María brotaba de entre unas nubes, iluminando los techos de chapas roídas con esa tremenda luminiscencia que había les había sacado de la cama.
—Esto no tiene nada que ver con Dios —El Padre Ramírez pasaba bufando y levantando los brazos— ¡Vuelvan a sus casas! —Ahora se dirigía al gentío que se reunía sobre el asfalto— ¡Es el diablo que quiere engañarles!
* * *
— ¿Una peluca? —Freeze agitaba un bollo de pelo castaño frente a su estómago— ¿Es lo mejor que se les ocurre?
—Y un bigote.
—No pueden ser tan ridículos —Freeze se llevaba una mano a la calva y con la otra lanzaba el pretendido disfraz sobre la mesada de la cocina de WAD.
—Es eso o que te reconozcan —WAD reía mientras dejaba caer el cuerpo sobre una silla— No sé qué prefieres.
—No es la mejor idea pero tampoco es tan mala —Walter, que sostenía el bigote entre los dedos, apenas levantaba la vista—. Si vas a intentar entrar como visitante al edificio del FBI debes pasar inadvertido; no hace falta que lo diga.
— ¿Están seguros de que voy a figurar entre la lista de invitados al paseo?
—Lisandro Loglin, ese va a ser tu nombre.
—Me suena familiar…
—No importa —WAD se ponía de pié y hacía unas señas a Walter antes de dejar la sala a toda prisa.
Walter, que había quedado tan desconcertado como Freeze, se apuró en terminar de detallar el plan. El ex agente de la ANS se mostraba bastante descontento con la logística, pero ya no quedaba tiempo de arreglar nada. O se hacía o no se hacía, y la segunda opción no convenía a nadie. Los favores que acababa de cobrarse WAD para meter a Freeze en uno de los edificios más vigilados de Estados Unidos llegaban hasta ahí. No habría segundas oportunidades.
—Señor ¿qué ha sucedido? —Walter, que acababa de dejar a Freeze con su familia, entraba como una tromba en la sala de control de operaciones que WAD se había armado en un nivel oculto bajo el sótano.
—Es Hildebrandt —WAD lanzaba un suspiro lleno de significados—. Tenías razón, nos ha traicionado.
* * *
No podía evitar mirarlo con curiosidad, por más que Laina le tirara del brazo, Alino prefería quedarse parado entre el púlpito y los bancos de madera. Es que no todos los días se veía a un Padre lanzando improperios al aire, menos frente a una cruz.
— ¿Es mucha molestia si le pido que me diga que fue lo que pasó? —Alino, de manos en la cintura, llevaba el mentón hacia delante al hacer la pregunta.
— ¿Conmigo? —Ramírez se clavaba el dedo índice derecho en el pecho.
—Sí, bueno… con todo.
—Eso que vieron afuera —El Padre cruzaba las manos en la espalda—, digamos que no es lo que parece y tampoco es la primera vez que sucede.
—Tampoco es la primera vez que escucho esas palabras.
— ¿No? —El Padre descendía los dos escalones que le elevaban sobre el resto de la sala y dejaba notar esa mueca de rabia en su rostro— ¿Acaso yo les he preguntado qué es lo que necesitan o hacen aquí? —Ramírez miraba ahora a Laina— Porque si fueran turistas perdidos ya se hubieran ido hace rato.
—Es verdad, no somos turistas perdidos —Laina daba un paso adelante—. Escapamos de gente muy peligrosa.
— ¿Drogas? ¿Alguna estafa?
—Peor… mucho peor —Alino improvisaba una tímida sonrisa—. Digamos que el gobierno americano, o algo por el estilo… nos prefieren callados.
—Bueno, no me interesa saber qué es lo que han hecho o que les hicieron —El Padre hacía un gesto despreocupado—. Pero es bueno saber que por lo menos tenemos enemigos parecidos.
—Usted ha dicho algo del demonio…
—Esta gente es tan inteligente como cualquiera —El Padre señalaba la calle—, pero prefieren simplificar las cosas: o se está con Dios o se está con el diablo. Y debo reconocer que es una ventaja a la hora de ayudarles a elegir qué creer.
—Padre… usted no suena a…
—Ya lo sé, no siempre he sido Padre —Ramírez hacía unos círculos en el aire con los dedos—, y la vida es una consecución de ciclos. Círculos que nunca se rompen. Cuando tomé los votos pensé que podría alejarme de todas estas malditas armas de control masivo, pero parece que salieran a buscarme.
—No sé de qué habla —Alino levantaba las cejas.
—Hablo de lo que vimos recién: ¡la gran celebración religiosa! ¡La gran mentira del hombre! —Ramírez daba un par de enérgicos pasos hasta quedar cara a cara con Alino— Eso que vieron forma parte de las pruebas de un proyecto multinacional: Rayo Azul.
— ¡Rayo Azul! —Alino percibía remolinos en las venas— ¿Qué sabe usted de ese proyecto?
Ramírez guardó silencio unos instantes. Estudiaba las miradas de sus invitados y le costaba comprender que era lo que hacía otorgándoles tanta confianza. Pero más se sorprendería unos segundos después, al hacerles señas para que le sigan a su estudio.
* * *
Creer o no creer, no podía ser más simple y más arriesgado. Es que nada garantizaba que WAD estuviera ciento por ciento dispuesto a ayudarle. Al fin y al cabo su historia y sus accesos no eran importantes. Freeze tenía en claro que nunca había sido más que un matón devenido en jefe de otros matones. Quizás, con un poco de suerte traducida en supervivencia, años, experiencia y capacidad de reflexión; pero no más. Era poco lo que tenía para ofrecer y WAD lo sabía. Claro que había otras cosas —adquisiciones del camino— como lo del plan Reposición y lo que hacían con aquellos niños. Lo que había acabado en una personalísima determinación para hacer lo necesario, como infiltrarse en el FBI.
Freeze se llevó la mano derecha a la cabeza y notó que temblaba como perro envenenado. Temía que aquellos artilugios tomaran vida propia o que alguna torpeza revelara su calvicie. Nada de frustraciones, mucho de necesidad de pasar por otro, se dijo, mientras mostraba su tarjeta de “invitado” al guardia que controlaba la máquina detecta metales en la entrada pública al edificio J. Edgar Hoover.
* * *
—Ustedes se preguntarán como hace un Padre para exponer lo que piensa, de verdad, del mundo que le rodea.
Alino y Laina se miraron sin esconder un poco su confusión.
—Claro que se les ocurrirá que puedo descargarme en el sermón de los domingos, que puedo llenarles la cabeza a estas personas con cuestiones que no les interesa escuchar… pero no es así —Ramírez giraba su laptop mostrando la pantalla a sus invitados—. Esto es lo que hago.
— ¿El negocio del diablo? —Alino leía en voz alta el título de un blog decorado con diferentes tonos de rojo y negro— ¿Lleva un blog?
—Sí, uno bastante contestatario por cierto —El Padre sonreía mientras acariciaba el borde superior de la pantalla—. Aquí hablo de mis colegas abusando de menores, de los casos reales y de los que se inventan para sacar a alguien molesto del medio… —Ramírez cerraba el puño y se volvía hacia un ventanal tapiado con gruesas cortinas— Pero lo más importante: hablo de lo que sé, como ingeniero.
—Un Padre ingeniero…
—En electrónica, pero nunca llegué a graduarme. Dejé la carrera en el último año por razones personales. Lo que importa es lo que mis amigos, ex compañeros, han hecho y siguen haciendo: esto que acabamos de ver.
— ¿El proyecto Rayo Azul? —Alino daba un par de pasos en dirección a la laptop y acomodaba la inclinación de la pantalla para ver mejor— Usted dice que sus amigos trabajan en el proyecto. ¿Están en Estados Unidos?
—No, trabajan aquí en México. El proyecto es un esfuerzo multinacional por establecer una nueva forma de control, un resurgimiento de los fervores religiosos. Algunos dicen que una nueva edad media —El Padre extendía el índice y el pulgar, emulando una pistola—. Quieren hacer de Dios un arma ¿Comprenden?
—Entonces lo que vimos…
—Es una bala perdida —Ramírez simulaba un disparo al aire con la mano—, pero con intención.
* * *
Horas esperando a que el guardia diera el visto bueno para su ingreso al edificio Hoover, o al menos así lo había percibido. Lo cierto es que Freeze se movía ahora con tranquilidad, como un invitado más, entre los pasillos de la central del FBI. Sus pensamientos iban y venían de donde se suponía que debía ir y donde en realidad le llevaban los pasos.
WAD se había equivocado, en el sótano solo iba a encontrar papeles perdidos y empleados frustrados. Lo jugoso estaba en otra parte, pero no era su idea despabilar al viejo, por lo que había guardado silencio también en aquello de saber dónde buscar lo que necesitaba.
Dos puertas doblando a la izquierda, se dijo Freeze antes de llegar a una esquina dominada por una máquina de café. El ex agente de la ANS recordaba casi a la perfección la manera de llegar al archivo secreto del bureau. Al fin y al cabo, las únicas veces que le habían requerido allí era por asuntos de tenores —como mínimo— escabrosos. Y esas son cosas que se guardan tras rejas, candados y alarmas. Imposible acceder de no ser que se cuente con un contacto, otras de las cosas que había “olvidado” decirle a WAD.
— ¡Ronnie! —Freeze reía tras los bigotes postizos— ¿No reconoces al viejo Mario?
—Claro que si… —El hombre de pelo anaranjado que se ponía de pié miraba en todas direcciones, como si alguien estuviera a punto de saltarle desde las paredes.
—Mejor vamos a lo nuestro, te noto tenso.
Ronnie respondió con una mirada acalorada y metió la mano derecha en el único cajón abierto de su escritorio.
—Esto es lo que necesitas —Una carpeta gris con vivos azules colgaba ahora frente a las narices de Freeze—. Toda la información que tenemos del famoso doctor Ford —Ronnie apenas susurraba—. Ahora vete, no lo tomes a mal… me preocupa tu hija compañero, pero no vuelvas.
Freeze se limitó a asentir y girar sobre los talones. Dio un par de pasos hacia la puerta y guardó la carpeta en el bolso, volvió a mirar al pelirrojo y tiró del picaporte. Entonces un hombre, visiblemente apurado, pasó balanceándose justo por delante de Freeze.
— ¡Estaba por tomar el picaporte cuando abrió usted la puerta! —dijo el tipo entre risas.
—Disculpe… —Freeze miraba de reojo la credencial del hombre— Agente Spencer.
* * *
Los ojos, las cejas, la nariz… Spencer repasaba esos rasgos una y otra vez mientras intentaba seguir los pasos de aquel hombre, sin llamarle la atención. Sabía que lo había visto antes pero no terminaba de cuadrarle donde. Una de las desventajas de contar con una memoria fotográfica es que a las imágenes no se les agregan carteles, pensaba, al tiempo que se detenía en la máquina de café. ¿Ahora? ¿Adónde va? Spencer dejaba el vaso plástico sobre el aparato y daba un par de pasos cortos y rápidos. El extraño conocido acababa de entrar en la escalera de servicio, algo bastante raro en un visitante. En realidad, no tenía motivos para sospechar, pero al agente le gustaba hacer caso a los instintos y ese movimiento inesperado parecía darle la razón, al menos por unos instantes.
Mejor me apuro, se dijo, mientras posaba el pie derecho en el primer escalón.
* * *
Era seguro, alguien le seguía. Aquellos pasos, un piso más arriba, llegaban a los oídos de Freeze y pasaban derecho al vello de los brazos, que se erizaba con cada sonido. Pero era cuestión de ser cauto, faltaban apenas metros para llegar al estacionamiento subterráneo y mostrarse corriendo ante las cámaras de seguridad era ponerse un letrero luminoso en el trasero. Freeze clavó la mirada en la puerta de metal que le separaba del escape. El plan de visita incluía un automóvil aparcado, con un agente del FBI —parte de la red de WAD— esperando dentro. Es que no había forma de que saliera por el frente con la carpeta.
¿Y esos gemidos? Freeze acababa de pisar el estacionamiento cuando unos sonidos lastimosos le llamaron la atención. La reacción primera fue ir a cubierto, tras una columna de concreto. Los ojos escudriñando en la penumbra y cierto frio en la espalda, y aquellos suspiros que se tornaban en gritos ahogados… Al parecer llegaban desde la izquierda donde —sí, ahora lo veía— un hombre de se retorcía junto a una camioneta negra. Se abrazaba el estómago y movía con violencia la cabeza, apoyaba ambas manos en el capot del vehículo y volvía a retorcerse, tirando la cabeza hacia atrás. Era casi como si alguien le jalara del pelo, porque daba unos pasos en reversa, con los brazos estirados hacia el frente. Entonces una sombra espesa —Freeze no encontraría mejor manera de describirlo— se acercó desde la parte más oscura del estacionamiento, para abalanzarse sobre el pobre desgraciado. Aquello, fuera lo que fuera, le envolvía ahora formando un lento remolino. Esa negrura etérea, que se las arreglaba para penetrar por los oídos, narices y boca, desaparecía al minuto.
¡Dios mío!, Freeze intentaba relacionar algunos recuerdos en medio del estupor, ¡Es lo mismo que vi en el desierto! Pero… ¿Se meten en la gente? ¡Es como una puta infección!
* * *
Lo habían hablado mucho pero la impresión primigenia había quedado impresa: mucha casualidad que aquello de la virgen sucediera justo aquella noche. Claro que bien podía no haber realción, incluso el Padre había aclarado que no era la primera vez que sucedía, pero esto —en última instancia— no hacía más que confirmar la necesidad de moverse a tierras más tranquilas.
Alino preparaba el bolso, revisaba la pistola, cargaba el móvil y la batería de repuesto que había adquirido en el local de cabinas telefónicas. WAD acababa de confirmarles la traición de Hildebrandt, en medio de disculpas y demostraciones de seguridades económicas. Alino se repetía una frase acerca de la imposibilidad de comprar la confianza pero, al fin y al cabo, el dinero estaba en la cuenta para tomarlo y hacer cualquier cosa de él. Con semejante cifra podían llegar a pensar en un escape a algún lugar donde no quisieran buscarles, como Venezuela, o Cuba… pero no era la idea. ¿Qué hombre puede hacer cimientos si no conoce su pasado?
Para Laina, era bastante claro que WAD les utilizaba. Nunca había creído una palabra al viejo y lo había dejado bien en claro antes de pedirle prestada la laptop a Ramírez. Aprovecharía a dejar solo a su compañero, quizás se le ocurriera algo interesante mientras ella hacía un improbable intento por conseguir algunos datos extra:
«Alan, en el tiempo que trabajé para Bio-Lógico jamás tuviste la consideración de decirme que era lo que estaba haciendo. Pero luego llegó tu correo y gracias a un amigo pude enterarme que eras tú el que intentaba advertirme de mi trabajo y sus implicaciones.
Como habrás notado he desaparecido del mapa —hace rato— y cada paso que doy me alienta a creer que dentro del trabajo de investigación sobre la población de ratas hay algo más… pero no llego a dilucidar de que se trata. ¿Tiene que ver con el proyecto Rayo Azul? ¿De qué manera? Me parece difícil pero puede que todo esto tenga que ver con otro sub proyecto de Biofacto: Reposición. ¿Tienes nombres de científicos que hayan participado? ¿Algo?
No sé si revisas esta cuenta pero realmente me ayudaría saber un poco más y, por lo que se ve, tienes mucha más información de la que puedo llegar a recopilar desde aquí.
Espero tu respuesta Alan, nos van quedando pocas opciones… y menos esperanzas».
Fernando Silva
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