Biofacto
Autor: Fernando Silva
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Parte tercera:
Za chi
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Capítulo 22. Versiones
Siempre los había tenido presentes, esos ojos negros y enormes del otro lado de la ventana. Y los mismos ojos ya dentro de la habitación. Esos cuatro dedos largos, fríos, escamosos y pintados de un gris enfermizo, recorriéndole las piernas hasta llegar a las rodillas. Y luego el tirón, las luces, el terror y el grito que no se abría y moría en silencio. Pero no era más que una fantasía, una pesadilla de la infancia. ¿Verdad?
El agente Spencer se acomodaba la corbata mientras jugaba con la lapicera de plata que le obsequiaran con un grabado: El héroe de Nashville. No había sentido ese terror primigenio en aquella operación, tampoco al trenzarse en cándida balacera con esos delincuentes. Pero, por alguna razón, temblaba, mientras esperaba sentado fuera de la oficina del Director Adjunto del FBI.
* * *
Golpear o maltratar civiles, un pecado imperdonable. Lo había mamado en sus primeros días en la Marina y ahora actuaba como un verdadero limitador, como si de un robot se tratase. Pero Freeze tenía motivaciones que iban por encima de la programación y estas alcanzaban para pisotear esos principios mientras se acercaba, furtivo, a la camioneta de la empresa telefónica. Al fin y al cabo, se dijo mientras levantaba un palo, soy una persona como cualquier otra.
— ¡No! —Uno de los empleados de la telefónica levantaba las manos mientras se agachaba con gesto de espanto.
— ¡Nos llevamos la camioneta y sus ropas, ahora!
—No va a ser necesario —El otro empleado giraba sobre sus talones revelando un rostro conocido— ¡Qué bueno que nos han encontrado!
— ¡Hijo de puta! —Freeze soltaba el palo y desenfundaba el arma, apoyando el cañón en la frente de Walter Alberto Dommenico— ¿Estas con ellos?
—No, estoy con mi jefe. Y mejor dejas de apuntarme que no hay tiempo.
— ¿Qué haces aquí?
—Vine a sacarlos del aprieto —Walter señalaba la parte posterior de la camioneta—. Allí dentro tenemos unas cajas enormes. Con suerte pasaremos por el bloqueo sin que las revisen… y ustedes irán dentro.
—Lo que me hiciste…
—Fue pensando en este momento. Ahora mejor te mueves si quieres salvar la vida de tu hija.
— ¿Y ellas? ¿No van a rastrearlas?
—Hace tiempo que tus ex compañeros de trabajo les sacaron los transmisores. Justo cuando empezaron con los experimentos, cuando estuviste en Irak.
* * *
Laina había corrido como alma que lleva el diablo, o como el diablo mismo, pero no había sido suficiente. Aquellos tipos se le acababan de aparecer en la esquina opuesta de la cuadra, hacia donde había salido disparada.
— ¡Sé que pueden morir! —La chica sujetaba ahora su pistola con las dos manos y aun así no lograba apuntar con firmeza.
—Todo lo vivo morir en momento dado —Uno de los Serpo, el más bajo, levantaba la mano derecha pero no movía los labios—. No hay opción sin falla pero tu estas en el camino de la muerte si evitas nuestra compañía.
— ¿Qué mierda quieren?
—Proteger. Están a punto de encontrarte.
— ¿Y cómo sé que ustedes son disidentes?
—Eso queda en ti y en nadie más.
* * *
La charla había continuado sin descanso ni interrupciones. Alino necesitaba un vaso de agua y acababa de hacérselo saber a su anfitrión, que revolvía la heladera buscando un poco de hielo.
—Y esa es la historia —Alino, con las manos en los bolsillos, se acercaba a Eduardo—. Así es como llegué a México.
—Has estado escapando de lo inevitable, pero el universo ha querido que vibremos en la misma frecuencia y nos encontremos en el momento justo. Y no hablo de azar.
—Suena muy dramático.
—Suena como lo que es Alino —Eduardo extendía la mano derecha con el vaso lleno de agua—. Causalidades.
—Aun así estamos reunidos, de incógnito, en tu casa.
— ¿Qué quieres decir?
—Que sigo en peligro, esos hombres de gris… si me encuentran estaré en problemas.
— ¡Los Serpo! —Luz sonreía animado— ¡Claro! Bueno, depende de con cuales te cruces.
—Sí, algo de eso hay, pero no sé cómo diferenciarles.
—Es imposible —Luz meneaba la cabeza—. Pero mientras te mantengas alejado de los disidentes…
— ¿Cómo?
—Los disidentes son muy peligrosos, están en contra del Plan Mayor.
—El de tus Hermanos…
—Si, como sea, el problema es que ellos están aliados con las entidades negativas que han intentado doblegar al hombre desde el inicio de los tiempos.
—Encuentro todo eso bastante difícil de creer. Entidades negativas y disidentes peligrosos. Me hablas de fantasmas y sediciosos… ¡Ellos me ayudaron a escapar!
—Las entidades negativas no son fantasmas, son seres de otros planetas, incluso dimensiones, que fueron deportados a este planeta y encerrados en prisiones subterráneas. Con el tiempo han sido capaces de liberarse —Luz echaba una mirada sobre el hombro, como si intentara asegurarse de que nadie le escuchaba en su propia cocina—. Son los responsables de muchos de los males de nuestra sociedad, se aprovechan de nosotros, de nuestra ineptitud espiritual.
* * *
—Esto no pasa por espíritu, es materia de biología —El Serpo más bajo hablaba despacio pero con un tono de voz penetrante. Y Laina, agazapada en un rincón de la habitación, se preguntaba por qué les escuchaba si no estaban hablando.
—No entiendo nada…
—Aquí, hemos traído porque es seguro para ti —El otro caminaba hacia la chica, muy despacio—. Esta casa es Serpo, es nuestra. Nadie busca a Laina en esta casa.
— ¿Por qué no mueven la boca para hablar?
—Porque no hablamos. Generamos datos en tu canal mental y cerebro humano procesa y da forma de mensaje.
Laina levantaba la mirada. Esos rostros eran tan normales e inocuos que asustaban, pero lo peor era que de algún modo sabía que aún no les había visto la cara.
—Tu Alino es en peligro ahora. La compañía que lleva no lo traerá hasta ti, de nuevo —El Serpo más bajo se adelantaba y extendía una mano a Laina—. Ponte de pie para escuchar la verdad.
Laina rechazaba la ayuda con un movimiento de su mano izquierda. Se apoyaba en la pared y se incorporaba, sujetando el pelo tras las orejas.
—La colonización ha comenzado. Nuestros antiguos amos han dado vida al proceso programado. Alino está con ellos, pero saberlo le es imposible, ellos esconden sus rostros con la mente, le dejan creer lo que no es verdad.
* * *
Spencer hubiera preferido dar un portazo, o levantar la voz. Pero el Director Adjunto no era González, y al parecer tampoco su amigo. El agente movía la cabeza de lado a lado mientras buscaba el elevador. ¿Cómo podía ser que aquel hombre le rechazara de aquella manera? ¡Le había salvado la vida!
Quizás era hora de volver a los bares de citas, encontrar una mujer lo suficientemente desesperada, armar algo así como una familia… y envejecer en paz. Sí, eso le había dicho el Director, que prefería envejecer a meterse en esos asuntos. ¿Cómo podía ser que uno de los peces más gordos del FBI actuara de aquella manera? ¡El tipo era toda una leyenda! Y sin embargo… aquella historia del desierto de Nevada, de González y sus descubrimientos, parecía haberle aterrado. Claro que aquello no hacía más que confirmar que todo lo vivido era real. ¿Pero qué hacía ahora con eso?
Spencer caminó despacio por el vestíbulo del edificio, dio un paso sobre la vereda y se detuvo. ¡Claro! Al fin y al cabo algo había obtenido. Si esa información hacía tanta mella en una figura como la del Director seguro que iba por buen camino. ¿Adonde? Difícil saberlo, pero Spencer confiaba en sus instintos, y en su soledad. Quizás era aquella la bisagra de su vida, una real oportunidad de hacer la diferencia, de llenar todos esos huecos. Solo necesitaba una punta para tirar del hilo.
El móvil del agente había vibrado ya dos veces desde que saliera del ascensor, por lo que a la tercera puso su dedo pulgar sobre la tecla de desbloqueo. Era un mensaje interno del Buró:
«Nuevo individuo agregado a la lista de Los más buscados», citaba el encabezado. Y la ficha que se desplegaba en la pantalla alcanzaba para dejarle boquiabierto. Buscaban a un tal Freeze, terrorista… y el de la foto era el mismo tipo que viera de lejos en ese sucio almacén en Phoenix.
Spencer se sacudió un poco, es que acababa de cruzarle un escalofrío. Decir que no estaba oscuro, porque hubiera jurado sentir esa mirada de la infancia, esos terribles ojos negros, en su espalda, otra vez.
* * *
Lima sollozaba, mientras abrazaba a su niña, dentro de una caja de cartón. Freeze no podía verlas pero lo imaginaba, él mismo luchaba por contenerse, aunque más bien se tratara de una necesidad asesina. Pero matarlos a todos no se condecía con la búsqueda de soluciones. En su posición, lo mejor que podía hacer era esperar y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Demasiado bueno resultaba eso de haber sorteado los operativos de la ANS, que Petrov decidiera seguir por su parte… casi como un sueño. Claro que si pensaba en Frederick y los otros agentes muertos mutaba en pesadilla; como las de Irak.
Walter había dicho algo de Irak… ¿Se refería a sus dos servicios en la Tormenta del desierto? ¿Al derrocamiento de Saddam? Había dicho algo de ellas, que no llevaban nano-transmisores. Si, eso, que se los habían quitado estando él en la guerra. Podía tratarse de un truco de WAD, pero debía reconocerle que había sabido hacerse cargo de la información que le diera antes de dejarle en el almacén en Phoenix.
Como fuera, estaba a punto de saber un poco más. Acababan de detenerse en algún lugar y no iba a dejar pasar la oportunidad de estrangular un poco a Walter, maldito y fofo mercenario.
* * *
Aquello era todo lo que necesitaba. El agente Spencer de pronto se olvidaba de los bares de citas y la perspectiva de beber hasta desmayar. El rostro de Freeze le provocaba un verdadero orgasmo intelectual. De pronto se imaginaba decenas de posibilidades de rastreo y posterior detención. Imaginaba el momento de ponerle las manos encima, la posibilidad de hablar con él a solas, un rato antes de entregarlo al Buró. Seguro podría explicarle qué era lo que había sucedido aquella noche en el desierto de Nevada, cómo había escapado de la Agencia y como es que aquellos hombres estaban contaminados con un organismo extraterrestre. O no, quizás era un simple testigo de un hecho relacionado a un suceso mayor. Pero era una punta en la madeja y ya tiraba del hilo, caminaba como levitando, sonreía y seguía caminando.
— ¡Imbécil! —El chillar de unos neumáticos seguido de un grito llegaba de pronto desde el mundo exterior, obligando a Spencer a mirar en detalle lo que sucedía— ¿Estás buscando que te maten?
* * *
—Mira —Laina mostraba la palma de la mano derecha—. Ya bastante con que sean mucho más raros de lo que pensaba. Traten de hablar más claro.
—Nosotros no hablamos.
—Cierto… y ahora me van a decir que son extraterrestres.
—Las pruebas las llevas en tu bolso, nosotros más no podemos comprobar que lo que tú misma has hecho.
—Bueno… —Laina notaba como se le encogían los intestinos— Dime que es lo que pasa con Alino.
—Nadie es tan bueno ni es tan malo. Nuestros antiguos amos son los ciervos de quienes nos han creado, diseñadores de vida; ustedes llamarían a eso Biotecnología —El Serpo bajaba la mirada—. Tu especie y la mía vienen del mismo Creador, pero ha desaparecido hace ya mucho y han tomado el control quienes les servían. Especie distinta, como tantas otras en la galaxia.
— ¿Quieres decir que los empleados de quienes nos crearon se han quedado con la empresa?
—El concepto es correcto.
—¿Y qué es lo que sucede?
—Estamos diseñados para obedecer a nuestros creadores, o quienes tomen su lugar. Lo que creas es contrario, nuestra gente no tiene nada en vuestra contra, solo obedece.
—¿Y ustedes?
—Encontramos maneras de bloquear el mandamiento divino.
—¿Así lo llaman? —Laina apenas se relajaba— ¿Mandamientos divinos?
—Es la manera en que hemos sido enseñados. Y esa manera es contradictoria a lo que nuestros nuevos amos esperan de nosotros. El Creador nunca optó por doblegar voluntades, incluso siendo posible. Pero es diferente con ellos, los que muchos aquí llaman Grises.
—¿Te refieres a los cabeza de bulbo que se aparecen por las noches? —Laina escupía las palabras mientras daba un par de pasos hacia la única puerta en la sala— Yo… la verdad es que esta historia es muy creativa. Pero así me hablaran por los oídos, chicos, no les creería.
—Tú no nos has visto nunca.
—¿Quieren que mantengamos esto en secreto? ¡Perfecto!
—No… nuestros rostros, jamás los has visto —El Serpo más alto se acercaba despacio, siempre con los brazos pegados al tronco—. Como los grises, nosotros también escondemos las facciones.
El grito de Laina alcanzó la calle y rebotó en el edificio de enfrente. Esa piel inhumana, esos ojos enormes y esa boca obscena le parecían peor que cualquier pesadilla. Es que en el fondo, sabía que lo que estaba viendo era la espantosa realidad.
—Ahora lo entiendes —El Serpo extendía los cuatro dedos de su mano derecha—. Al fin comprendes que a tu Alino debemos ayudar.
Fernando Silva
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