Biofacto
Autor: Fernando Silva
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Parte tercera:
Za chi
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Capítulo 20. Cielos teñidos de verde
«Acostumbrarse a la extrema incertidumbre es como aprender a comer sopa en una montaña rusa; deja un regusto de superación pero no quita la posibilidad del inminente desastre». Alino volvía una y otra vez sobre las imágenes que se le presentaban al repasar las palabras de Eduardo Luz, el dudoso profeta que acababa de detener un taxi. Se sabía comprometido, a punto de quemarse el rostro con la sopa, y aun así seguía adelante. Podía tomar el dinero de WAD y partir con Laina a Venezuela, donde seguro no le buscarían. O a Pakistán, China comunista… un nuevo comienzo y quizás la oportunidad de finalmente llevar otra vida; una vida. Pero era demasiado escapista para su gusto. No le gustaba la estampa del señor Luz, pero le interesaba saber que tenía para decir acerca de su padre. Además, Eduardo parecía decidido a hablar del tema solo en presencia de sus dichosas pruebas, así que no le quedaba otra que acompañarle.
— ¡Vamos! —Luz hacía señas con el brazo derecho mientras que con el otro jalaba de una de las puertas traseras del taxi.
—Sí, un segundo, estoy enviando un mensaje de texto.
* * *
«Laina, encontré a un hombre que conoció a mi padre. Voy a ir a su casa, no sé si vuelva esta noche. Cualquier cosa que necesitas me envías un mensaje encriptado como éste».
Laina quería lanzar el móvil contra la pared que tenía justo enfrente, pero no pasó de apretarle con fuerza, hasta hacerle rechinar la carcasa plástica. ¿De dónde había salido este hombre? ¿Era verdad o se había encontrado con la empleada de la estación de servicio? ¿Era posible que Alino no notara su simpatía por él? ¿Qué decidiera tener una aventura con la primera chica fácil que se le cruzara? Quizás estoy demasiado segura de mi atractivo, se dijo mirando al piso. Puede ser que incluso no haya notado mis guiños, o que a pesar de todo me he quedado a su lado.
Laina se llevó las manos al pelo y lo recogió para atarlo sobre la cabeza con un pañuelo. Buscaba, al mismo tiempo, razones para descreer de sus cavilaciones. Al fin y al cabo Alino no parecía muy inclinado al lado libidinoso del hombre común; en realidad distaba bastante del hombre común. Su marcado desprecio por el fútbol, las comidas familiares y las costumbres correctamente políticas le posicionaban en la periferia del camino de cualquier chica decente, justo donde ella encontraba a la gente realmente atractiva. Además, no tenía por qué mentirle, quizá realmente se había encontrado con alguien y en el fondo esperaba que fuera una chica… eso de hallar de la nada a un tipo que dice haber conocido al padre sonaba raro, tirado de los pelos, tanto como para sospechar peligro.
* * *
—Esto es un peligro —Un hombre de guardapolvo blanco acababa de pronunciar aquellas palabras al oído del agente Spencer y entraba ahora en una habitación, haciendo señas.
¿Qué le pasa a González?, se preguntó Spencer mientras llevaba ambas manos a las narices. Parece bastante alterado.
—No puedes enviarme estas cosas Spencer, me comprometes demasiado —González, que había esperado a que Spencer cierre la puerta, tomaba unas carpetas y las aventaba con fuerza sobre un escritorio de madera.
—Un saludo hubiera estado bien González.
—No debería haberte saludado Spencer… pero dale gracias a Dios de que te debo un par de favores.
—Sí que me los debes —Spencer se acomodaba en una silla y cruzaba las piernas—. Ahora dime porqué estas tan alterado.
—Lo que has enviado Spencer… ¿Olvidas que estamos en medio de una base militar? ¿Estás loco?
— ¿Loco? Pensé que Cuántico era el centro de análisis de pruebas forenses más afamado —Spencer sonaba irónico—. Es más, pensé que dependía del FBI… justo donde trabajo.
—O no sabes nada de nada o estas totalmente loco —González seguía rondando en lo mismo—. Pero tengo familia, no puedo darme el lujo…
— ¿El lujo de qué? —Spencer interrumpía elevando bastante el tono— Ahora vas a decirme que pasa con esas muestras.
— ¿De dónde las sacaste?
—Lo encontré colgando de las narices de unos cadáveres en el desierto de Nevada.
— ¡Dios! —González se llevaba una mano a la boca mientras que con la otra buscaba apoyo en el escritorio— ¡Esto no está pasando! ¡Esto no está pasando!
* * *
Alino sabía poco de bienes raíces pero no le era difícil calcular que —por su ubicación— el departamento de Eduardo Luz debía figurar entre los más costosos de Sonora. Y qué decir de los decorados. Estatuillas egipcias demasiado desgastadas para ser imitaciones, reproducciones de enormes máscaras africanas con terminaciones en oro, antiquísima cristalería para el whiskey diario y un amueblamiento entre lo moderno y lo clásico, digno de exposición.
—Veo que no le ha ido muy mal —Alino pasaba un dedo por sobre los relieves dorados de un jarrón—. Ha hecho de todo esto un negocio.
—Engañosos pueden ser los lujos —Luz caminaba directo a la biblioteca que enfrentaba la enorme mesa del comedor—. Suelen distraer la atención de mis visitantes, es bueno mantener a la gente ocupada con estupideces.
Alino levantó la vista y vio como el hombre subía a una escalerilla para llegar al nivel más alto de la biblioteca. Sin dudas era todo un personaje, parecía convencido de lo que decía y eso seguro le había ayudado mucho en su carrera como “profeta”. Hay seguridades contagiosas, lo había aprendido de niño.
—Aquí está —Luz tomaba un grueso tomo sin nombre y bajaba despacio, como si acarreara una piedra en vez de un libro—. Esta es una de las pruebas.
— ¿Un libro? —Alino sonreía— ¿Pretende que tome un libro como prueba de qué?
—Si viviéramos en el siglo quince seguramente lo tomarías más en serio.
—Sí, claro, pero vivimos el año dos mil once. Los libros los escriben personas como usted y como yo. Nadie garantiza…
—Créeme que lo tengo bien presente —Eduardo se acercaba a un sofá y hacía señas a su invitado para que tome asiento—. Pero primero lo primero. Hablemos de tu padre.
* * *
Estoy sola, acaba de caer la noche y estoy sola. Demasiado silencio, tanta quietud que asusta; y eso que prefiero no pensar en la muestra de tejido alienígena. ¡Vamos niña, habla con tus amigas! Si, lo haría de tener gente de confianza como para comentar lo que me está pasando. Pero ninguna de las huecas de mis compañeras de curso lo comprendería. Estarán eligiendo la cartera con la que van a salir esta noche… y yo aquí, en México, refugiada, sola y asustada; en medio de la revolución hormonal mensual. Claro que si Alino llegase ahora no se lo reconocería, me haría la fuerte, pero me daría mucho gusto verle. ¿Demasiado?
¡Basta! Estas sola y es lo que te ha tocado. Nadie se ha muerto por ello. Mejor enciendes la TV y te escapas un poco, con que haga ruido alcanza. Los canales de música seguro no estarán pasando videos de Nine Inch Nails pero eso no es el fin del mundo. Además, debes prepararte para entregar la muestra al enviado de WAD, el correo que acabas de leer dice que va a llegar sobre la una de la madrugada. Y estarás sola. ¿Acaso sabes a quien vas a abrirle la puerta? Podría ser un lunático o un degenerado; que trabaje para WAD no quita la posibilidad. Mejor haces copias de seguridad de todos los estudios, y del diario del padre de Alino. También podrías poner un poco de ropa en el bolso, unas barras de cereal… ¿paranoica? Puede que sí, pero eso no quita la posibilidad de que te estén persiguiendo. Mejor preparo la pistola, me aseguro de que esté cargada; no es normal que caiga tan fácil en el nerviosismo. Es como esos casos que cuentan, los de la gente que no se sube a un avión porque presiente lo peor y luego se entera de que el aparato se ha estrellado. Estar preparada no puede hacerme ningún mal.
¿Y eso? ¡La muestra! La de Alino… el análisis está listo. Pero… ¿Cómo se supone que tengo que entender esto? Algo debe estar mal con los resultados, no puede ser que esté utilizando el setenta por ciento de su ADN basura. ¿Qué es lo que hace el ARN formando estas cosas con ese ADN? ¡Dios! Mejor repetimos todo desde el principio, con la pistola bien a mano, aquí en el escritorio. ¡Muy bien!
* * *
—Muy bien, ya vengo escuchando evasivas desde hace una hora —Spencer se ponía de pié—. Ahora vas a decirme que es eso, porqué estás tan asustado.
—Yo… —González desabotonaba su guardapolvo— Esto que me enviaste es flema, mucosidad humana.
— ¿Y ese es el gran problema?
— ¡No idiota! ¡No! —González movía los brazos arriba y abajo— Lo que sucede es que la muestra está contaminada.
— ¿Contaminada? Quieres decir que hicimos algo mal…
—Las flemas están contaminadas, se contaminaron al momento de morir los agentes de la ANS —González suspiraba antes de llevarse una mano al pecho—. Yo renuncié a mi cargo en el ejército después de ver una muestra como esa. ¡Me querían hacer firmar un contrato muy raro…! Fue en el año noventa y tres, recibí un pedido de análisis y allí estaban, esas cosas inclasificables.
—No entiendo nada.
—La muestra que me enviaste está contaminada con unos organismos que no son de este planeta Spencer. Son los responsable de la muerte de esos hombres y, hasta donde sé, la motivación perfecta para que el Gobierno intente mantener todo lo relacionado en secreto. Cueste lo que cueste. Y no me voy a jugar la vida en esto, no. Mejor busca por otro lado. Yo nunca estuve Spencer, yo ya me fui.
* * *
— ¿Y tú qué estás haciendo aquí? —Laina hablaba por el teléfono del portero eléctrico mientras veía un rostro apenas conocido en la pantalla que mostraba al hombre que acababa de llegar a la puerta del laboratorio.
—Me ha enviado WAD —Avi Hildebrandt hablaba despacio mientras miraba hacia atrás, hacia el callejón—. Ya podrías abrir esta puerta.
—Antes dime la contraseña.
—Un círculo dentro de un cuadro.
—Está bien.
Laina esperó unos instantes con la pistola en la mano derecha pero decidió guardarla trabada en su jean, a la altura de la cintura. No le gustaba para nada estar sola frente a Avi pero tampoco quería agregar tensión a la situación que ya de por si le parecía terrible. Es que si Hildebrandt andaba por allí los hombres de gris no podían estar muy lejos.
— ¿Tienes el contenedor con la muestra? —Avi apenas daba un par de pasos en la sala principal del laboratorio— WAD me dijo que la quiere mañana mismo.
—Está allí, preparada justo a tu derecha.
— ¿Esto? —Avi señalaba una caja de material aislante— Es más pequeño de lo que creía.
—Es todo lo que hay, ahora vete.
— ¿Qué pasó con tu compañero? ¿Estás sola?
—Eso no te importa —Laina llevaba la mano derecha a la cintura— Toma la muestra y vete, no quiero a los hombres de gris cerca y seguro te han seguido.
—WAD prometió quitarme el implante transmisor en cuanto llegue a Phoenix.
—Sí, pero ahora los estar atrayendo aquí.
—Eso sería una verdadera lástima —Avi acomodaba la caja bajo su brazo izquierdo mientras que con la mano derecha buscaba algo dentro de su chaqueta.
— ¡No te muevas! —Laina apuntaba ahora a Avi con la pistola— Ni un centímetro más.
— ¿Sabes usar eso? —Avi mostraba todos los dientes con una amplia sonrisa— De todos modos no creo que te sirva de mucho. Quizás los hombres de gris, como tú les dices, estén llegando ahora mismo. Quizás sea lo que yo estoy esperando y quizás sean demasiados para ti.
El estruendo de un disparo interrumpió a Hildebrandt, que al unísono llevaba la mano derecha a una posición más inocente, justo sobre la cabeza.
—Esa bala podría haberte partido el cráneo —Laina seguía apuntando—. Ahora deja la caja en el piso y ponte de rodillas. No querrás ver tu cerebro desparramado, no creo que seas tan imbécil.
* * *
—Tu padre vivía con un arma apuntándole a la cabeza, eso es algo que ya debes saber —Eduardo suspiraba—. Vivimos muchas cosas juntos, fuimos grandes amigos, pero llegó un momento en que tuve que decidir si quería sobrevivir o caer con él. Y todo tiene un porqué, ahora estas aquí y puedo ayudarte a reconstruir ese pasado del que seguro sabes bien poco.
Alino tiraba el cuerpo hacia delante y murmuraba algo que Eduardo no llegaba a comprender.
—Sé que puede sonar mal, incluso podrías pensar que estás hablando con una de las ratas que abandonaron el barco, y quizás lo merezca.
—Bueno, no. Tampoco voy a ser tan determinante. Cada uno tiene sus metas y sus puntos de quiebre; de no va más.
—Claro, lo que vino después quizás lo sepas desde el punto de vista de los lugareños. Pero me vi en necesidad de comenzar con esto un poco para cubrirme las espaldas y otro poco porque algo increíble comenzó a sucederme: el contacto.
— ¿Contacto?
—Sí, con los Hermanos mayores de la humanidad —Luz se acomodaba en el sillón—. Ellos comenzaron a enviarme mensajes y me pidieron que prepare todo para su llegada. Claro que no soy el único, pero aquí en el norte de México no hay nadie más que este en el mismo camino.
— ¿Y quiénes serían estos hermanos mayores?
—Son, básicamente, extraterrestres. Tu padre lo sabía bien, así como los caminos que se le abrían, o se le cerraban.
—Ad astra per asperum.
—Exacto. Él había quedado muy impresionado con ese agente y su determinación de hacer públicos los planes de la oscura sinarquía que maneja el mundo. Tomó el camino más difícil, una constante desde que era periodista de guerra. Antes incluso.
—¿Por qué no quiso acompañarte?
—Los contactos con los Hermanos habían comenzado unos meses antes de la última vez que nos vimos. Mientras yo aceptaba esto como un regalo, el desconfiaba, creía que el camino áspero era la respuesta y que nuestros los celestiales no eran tan buenos como decían.
—Entonces decidió volver a Argentina.
—Correcto, arriesgando tu vida y la de tu madre —Luz meneaba la cabeza—. Pero no porque quisiera, ya estábamos muy metidos, habíamos visto demasiadas cosas y ellos lo sabían.
—¿Ellos?
—Los dueños del mundo Alino, los que esconden la existencia de vida extraterrestre, los contactos exitosos que ya se han realizado… ellos quieren acaparar todo lo que nuestros hermanos tienen para darnos. Quieren usarlo para seguir manejando las masas de las narices, para esconder sus negocios sucios, el enriquecimiento a costa de la sangre ajena.
—Pero para eso no hacen falta los extraterrestres —Alino se llevaba una mano al pecho—. No le veo mucho sentido. Además, ¿qué hacen los foráneos contactándote a ti y a los gobiernos? ¿No deberían prepararse para derrocar a los tiranos y devolver el poder a pueblo? Si es que son tan bondadosos…
—Nosotros no vamos a llegar a comprender el plan mayor, es demasiado elaborado, demasiado perfecto.
— ¿Este plan es el que había descubierto mi padre?
—Sí, pero tenía su propia versión, una que he preferido olvidar.
—Ya veo.
—Debes unirte a nosotros Alino. Los hermanos lo han pedido. Ellos dicen que eres un eslabón muy importante en la cadena de sucesos que los traerá de vuelta para regalarnos mil años de paz.
— ¿Realmente crees todo eso?
—«Él es el alfa que no se reconoce a sí mismo. La única fuente de luz en un mundo condenado a la oscuridad». Eso es lo que me han dicho de ti, y les creo. De todo lo que me han explicado jamás han fallado. Y no te culpo si no crees. Ni toda la malicia de a edad media y el siglo veinte combinados podrían llevar al mundo a un nivel de putrefacción como el que vivimos. Ya no alcanza con decir que nada es claro o conciso. El problema es que ya nada es lo que parece, nada es lo que es.
—Claro, ¿pero qué pasa si tus amigos celestiales no son lo que parecen? Incluso podrías estar loco —Alino golpeteaba con un pie en el piso—. La verdad es que no sé qué es lo que hago aquí. Estoy perdiendo el tiempo.
—Entonces ha llegado el momento de que veas una de mis pruebas –Eduardo abría el libro develando que, en realidad, se trataba de una caja disimulada. Con ambas manos tomaba lo que guardaba dentro, un metal verdoso, y lo elevaba hasta la altura de su pecho.
— ¿Qué es eso?
—Mira, en este trozo de cobre está grabado el genoma humano, completo —Luz caminaba hasta Alino y le entregaba el objeto—. Tiene una edad estimada en quince mil años. Es muy anterior, demasiado, a los primeros escritos humanos.
Alino estaba a punto de preguntar cómo podía llegar a confirmar esa antigüedad, si él mismo había pedido un análisis sobre la pieza, cuando vio una figura que parecía encabezar el código del genoma. El muchacho balbuceó un poco hasta que pudo preguntar por ese detalle, señalando tembloroso con el dedo índice de su mano izquierda.
—Eso, Alino, es lo que veremos en los cielos el día que se tiñan de verde, el día en que regresen. Es el símbolo de los Hermanos celestiales. El escudo de nuestro verdadero Dios.
Eduardo Luz sonreía y seguía con los dedos los trazos de aquella figura; un círculo dentro de un cuadro.
FERNANDO SILVA
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Hey, buena ésa! faltaba el Iluminado
Acabo de descubrir el sitio y me gusto mucho esta historia, tiene los ingredientes necesarios para tenernos en suspenso hasta la proxima entrega: extraterrestres, ciencia ficcion, avistamientos y complots de gobierno. Estare esperando la siguiente con ansias. Gracias.
Gracias a vos Lilia, un placer tenerte por aquí.