Biofacto . Parte tercera . Capítulo 19: El profeta de Edeen

Biofacto

Autor: Fernando Silva

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Parte tercera:

Za chi

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Capítulo 19. El profeta de Edeen

— ¡Que la luz de nuestros hermanos mayores sea con vosotros! —Un hombre enjuto, de ropa blanca y pelo entrecano movía su brazo derecho formando un semicírculo en el aire. La decena de personas que le enfrentaba repetían la frase y el gesto. Después reían como niños.
—Anoche, como lo había predicho, hicimos contacto con los Hermanos Guías de Misión. Alúa y Luis estuvieron allí —El hombre señalaba a dos de los que tenía delante antes de dar un paso atrás y desplegar ambos brazos en paralelo al piso—. Ellos escucharon también el mensaje.
El grupo rodeó entonces al que hablaba, uniendo sus manos para formar un círculo antes de sentarse en el piso.
—Los mensajeros de Edeen me han dicho que la luz no llegará sin sacrificios —El hombre elevaba el tono de voz—. Este es un proceso de gestación que ya lleva cinco mil ciento noventa y nueve años; y estamos en trabajo de parto. Debemos agradecer y ser sabios porque nuestros hermanos mayores han llegado para quedarse.
El hombre de blanco unió los brazos al cuerpo y pegó la mirada al piso.
—Todos tenemos pena en el corazón luego de lo sucedido en Japón. Pero hay cuestiones en las que nuestros hermanos mayores no pueden interferir, lo han dejado en claro tras vuestras preguntas de la semana pasada. Tampoco pueden darse a conocer ni arriesgarse a ser juzgados por las masas antes de tiempo. Ellos nos han dicho que, de todos modos, están ayudando a los hermanos nipones pero que no pueden hacer nada para evitar los desastres que vienen, porque son ciento por ciento naturales y están incluidos en el programa celestial de balance galáctico.
El hombre optaba por un largo silencio, entreabría los ojos y respiraba hondo antes de continuar.
—Por eso la Hermandad de la Luz quiere que trabajemos en nosotros mismos, en nuestros interiores. Dicen que es la única manera de salvarnos de la oscuridad que está por llegar. El tiempo de actuar por Edeen se acerca y nos avisa, por medio de sus mensajeros, que una importante visita tendremos esta semana. Se trata de aquel que camina en soledad, por el sendero de la salvación de la humanidad. ¡Elevemos las manos y vocalicemos en vibración tonal con Edeen! ¡Somos su estirpe! ¡Somos la luz!

* * *
—Cuando la limosna es grande… —Alino se cruzaba de piernas y brazos mientras miraba la pantalla del ordenador—. Además WAD no es santo ni profeta de mi devoción.
—Pero suena bastante lógico el correo —Laina encendía un cigarrillo y retenía el humo en los pulmones—. Yo haría lo mismo, me aseguraría de tener cerca esa muestra, sobre todo si pienso en publicar los resultados en algún momento.
—No me refiero tanto a eso Laina, lo que me preocupa esa supuesta financiación. ¿Se supone que va a pagarnos por lo hecho o es que quiere regalarnos dinero?
—No entiendo —Laina resoplaba—. Puede que WAD este agradecido al punto de volver a ayudarnos.
—O puede que sepa algo que se nos está escapando, cosa que es muy probable. ¿Y si está esperando a que vayamos tras otro objetivo? ¿Uno que a él le interese?
— ¿Cómo cuál?
—No tengo cara de oráculo ni bola de cristal… pero me parece que lo sabe, el rol de mi padre en todo esto; a eso me refiero.
— ¿Entonces?
—Entonces veremos que sucede con WAD. Quizás esté esperando a que hagamos lo que pensamos hacer, encontrar al doctor Patrick, o algo por el estilo.
— ¿Y por qué no nos lo diría?
—Quizá me esté volviendo un paranoico pero veo algo raro en todo esto. El aire esta espeso Laina.
—De eso hace rato Alino… —Laina sacudía la cabeza y daba una larga pitada— Por cierto, el diario de tu padre está en trámites todavía ¿no?
—Sí, he descubierto la clave de encriptación pero es muy compleja. Recién hoy pude configurar un programa para traducir el texto a algo legible.
— ¿Va a llevar mucho tiempo?
—Menos que los resultados de mi prueba espero.
—Bueno, los vamos a tener para la noche.
—Entonces voy a hacer una salida.
— ¿Una salida?
—Sí, tengo que hacer una llamada.

* * *

Tan simple como tomar un móvil cualquiera o ir a una cabina telefónica y marcar el número de casa. Tan simple y tan imposible. Sé que me están esperando, sé que han intervenido las líneas, que tienen cinco hombres en cada vereda de las nueve manzanas que rodean mi casa y cuentan con autorización para matar. Es el protocolo, es lo correcto, lo que yo haría. Y sin embargo hoy reniego de esa organización, lo he hecho antes, pero esta vez es más serio. Mierda, es a mí a quien buscan, mi familia la que está atrapada sin saberlo. Y gracias a Dios que pude esconderme de los helicópteros. El viejo tenía razón, van pintados de negro y sin identificación, verdaderos fantasmas; nada bueno pueden traer.
Al menos he podido conseguir que me lleven. Este camión apunta derecho a mi ciudad así que debo planear la mejor manera de recuperar a los míos. Y creo que no debo preocuparme por controles en las rutas. Se verían obligados a incluir a la policía local y eso no les agrada. Además, estarán muy seguros de verme aparecer por casa… solo debo procurar no darles el gusto. El problema sería que Crover siga tras mis pasos. ¡Malnacido! Solo le cabe el mote que inventaron mis amigos: obsceno asesino senil.

* * *

El olor a carne asada espesaba el aire del mediodía en Sonora. Miles de personas iban y venían en autos, bicicletas y de a pié. Pero Alino prefería imaginarles flotando, guiados por los aromas de las comidas. Mientras caminaba se acariciaba el estómago, lo sentía vacío y la languidez se volvía sonora. ¡Suena en Sonora!, se decía mientras pasaba frente a un taco y su dueño.
Pero no había tiempo que perder ni tentación que mereciera atención. Ya había sido arriesgado salir a desayunar y sabía que estaba doblando la apuesta. En cualquier esquina, en cualquier techo, en cualquier lugar podían estar ellos; observando el gentío. Si no hay tiempo para un taco menos para preocuparse, se dijo Alino mientras daba unos pasos dentro de un locutorio. Tenía que actuar rápido, como el empleado que sin mediar palabra le señalaba la cabina por la que podía pasar.
— ¿Hola? —La voz del otro lado de la línea sonaba ronca.
—Hola, mi nombre es Alan —Alino improvisaba el nombre y la charla—. ¿Eres Roberto, el primo de Marita Encarnación Rosales Vega?
—Si…
—Mira, me dijo tu prima que puede que haya vacantes en la empresa para la que trabajas. Yo soy programador…
—No mi amigo, no creo que quede trabajo después de lo de hace un rato.
—No comprendo.
— ¿No has visto las noticias? —Roberto sonaba aún peor— ¡La pinche empresa ha volado por los aires! No sé qué habrán hecho mal pero varios amigos acaban de morir ahí, hace un rato. Mira… tengo que colgar.

* * *

Frente a la cabina, un aparato de TV reproducía imágenes de la explosión y sus consecuencias: un enorme hongo negro y dos kilómetros de perímetro de seguridad por riesgo biológico. ¿La causa? El reportero parecía referirse a una mala combinación de chispas y gas, pero hablaba muy rápido.
—Amigo, si no sigues hablando ya cuelga y deja pasar a otro por favor —El empleado del locutorio arrastraba sus quejas mientras Alino se incorporaba y caminaba hacia la pantalla. ¿Y ese tipo de túnica blanca? Parecía estar protestando por algo frente a la policía y se lo veía muy irritado.
—Parece que al Profeta lo han corrido de su casa —El empleado del locutorio reía bajo, casi satisfecho—. Ojalá y no le dejen volver.
— ¿Quién es? —Alino se movía hasta el mostrador con la mirada clavada en la pantalla— Parece todo un personaje.
—Ese embustero dice que lo han contactado los extraterrestres. Hace unos años atrás la gente creía en esas cosas pero se le está acabando el negocio. ¿Puedes creer que hacía que la gente venda sus casas y les pedía el dinero?
— ¿Y no está preso?
—No… nunca pudieron probar nada, pero aquí en Sonora es famoso. El tipo dice que es profeta de Edeen, un extraterrestre que vendría a ser Dios.
— ¿Edeen?
—Sí, que nombre más conveniente ¿no? —El muchacho extendía la mano derecha hacia Alino sujetando la cuenta con dos dedos— Dice que es el elegido para regentear el nuevo Jardín de Edeen… Una versión bizarra del Jardín del Edén donde todos vamos a correr desnudos y fornicar sin culpas… por los siglos de los siglos. ¡Amén!

* * *

El hongo de humo negro se elevaba sobre el techo del local donde estaba emplazado el locutorio. Alino, de pie en la vereda, le miraba sorprendido. ¿Podía ser que no lo hubiera visto antes? ¿Tan preocupado estaba por los hombres de gris que no había prestado atención a semejante mancha en el cielo? ¡Y las sirenas de los bomberos! ¿Cómo había hecho para no notar eso? Como fuera, estaba a menos de diez cuadras del cordón policial que formaba la zona de cuarentena. Quizás era muy arriesgado pero necesitaba acercarse un poco. No lo parecía para nada una coincidencia aquello del círculo dentro del cuadro, el laboratorio y la explosión. Algo estaba pasando, cerca.
La cuadra antes de llegar a la avenida donde habían emplazado las barreras estaba atestada de gente de a pié y empleados de la comuna. Aquellos debían de ser algunos de los evacuados. Mujeres con niños y hombres con televisores, todos cuidando que nadie toque lo poco que habían alcanzado a rescatar de sus viviendas. Todos maldiciendo a la policía, la suerte y los empleados municipales. Alino, con la mirada en el humo, pasaba rápido entre los grupillos que deliberaban en medio de la calle cortada.
Imposible pasar, al menos sin llamar la atención. Un centenar de oficiales armados cuidaba el perímetro impuesto por las autoridades. Tras ellos, una veintena de hombres con máscaras y grandes mochilas rociaban un vapor gris y espeso sobre árboles, veredas y viviendas. ¿Pero por qué no estaban protegidos los policías? Si estaban a solo unos metros…
— ¡Oye! ¡Tú! —Alino escuchaba una voz punzante que le llegaba de las espaldas. No sabía si volverse o correr. Para peor los oficiales ahora le miraban fijo, incluso, uno de ellos daba un paso adelante.

* * *

— ¡Mira a quién tenemos aquí! —Un tipo enorme, de ojos celestes y pelo amarillo blandía un palo negro y grueso frente a las narices de Freeze— Debes estar bastante loco para aparecerte así hombre del gobierno.
—No hay nada que vaya a discutir contigo Dimitri —Freeze intentaba sonar más amenazante que su potencial adversario—. Mejor le dices a Petrov que estoy aquí, no vaya a ser cosa que te lastimes con eso.
Dimitri dio un par de pasos en dirección al visitante. La sonrisa y el palo en el hombro decían más que mil palabras y aun así Freeze no se movía.
— ¡Basta Dimitri! —Una voz aguda llegaba desde el fondo del corredor que el ruso bloqueaba con la anchura de su cuerpo— Déjalo pasar. Ya lo he visto por las cámaras.
Freeze se apresuró a pasar junto al guardia de la “oficina de relaciones comerciales” de Petrov, el mafioso ruso más escurridizo de América del Norte. Dimitri murmuró algo en su idioma natal y se hizo a un lado con lentitud. Hacía varias semanas que no le daba una paliza a nadie y se estaba aburriendo horrores con su nueva tarea.
—Disculpa a Dimitri —Petrov, con su característico tono de voz, rodeaba un escritorio de caoba mientras hacía señas a Freeze para que tome asiento—, tiene sus buenas razones… y yo también debería tenerlas después de lo que pasó la última vez. Da gracias de que te respeto.
—La última vez yo trabajaba para la Agencia de Seguridad Nacional y tú nos hacías los trabajos más sucios —Freeze se acomodaba en la silla con un gesto de dolor—. Ahora eso ha cambiado.
—Ya lo creo que ha cambiado. Desde que tus jefes decidieron que ya no servíamos para nada, ese fue el cambio, porque intentaron matarnos a todos.
—Bueno, pero están aquí porque yo les avisé —Freeze movía la cabeza de lado a lado—. Lamento lo de tu hermano.
—Si… —A Petrov se le llenaban los ojos de lágrimas— Pero todos sabemos a lo que nos arriesgamos en este negocio.
—Al menos ustedes saben algo.
—¿Qué ha sucedido?
—Sucede que quedado pegado en medio de algo demasiado grande. Mataron a todos mis hombres y pretenden hacerme cargo de ello —Freeze abría los brazos—. Lo peor es que van tras mi familia. No me preguntes cómo es que lo sé, pero quieren sacarme del medio por mi familia.
— ¿Tu mujer y tu hija? —Petrov reía un poco antes de retomar su tono solemne— No me digas que piensan acusarles a ellas también de terrorismo.
—Comprendo tu ironía Petrov pero esto es serio. No sé qué pueda ocurrirles si no les saco de la ciudad.
—Mira —Petrov se tiraba hacia atrás en el sillón—, cuando hablan de Yuri Gagarin no puedo evitar recordar una historia que me contaba mi abuelo. El conoció al primer hombre en llegar al espacio, el verdadero, se llamaba Vladimir Komarov. El y Gagarin eran amigos, muy amigos, y Komarov le debía varios favores a Yuri. Llegado el momento del lanzamiento de la Soyuz 1 se supo que la nave tenía muchos fallos y que era probable que no pudiera volver entera del espacio. Komarov se las arregló para ir primero, para ocupar esa nave en vez de su amigo, a sabiendas de que iba a morir por ello.
—No entiendo.
—Tú, en el pasado, te las has arreglado para ayudarme y sabías que eso podía llevarte a una situación… como esta. A mí no me importan los motivos que tengan tus jefes Freeze, si quieren a tu familia o te quieren a ti. Sé que no me conviene meterme en esto, pero es una cuestión de honor. Solo dime lo que necesitas.

* * *

— ¿Qué haces aquí? ¡Yo sé quién eres!
Alino veía al mismo hombre de blanco de las noticias acercándose a toda velocidad. No entendía por qué, pero le hablaba a él; le estaba apuntando con una mano.
—Es muy peligroso que andes pululando por ahí amigo… —El Profeta rodeaba a Alino con un brazo y le obligaba a caminar hacia la multitud—. ¡No puedo creer que nos hayamos encontrado así! Eres tal cual los Hermanos te describieron.
—No entiendo…
—Ya lo comprenderás. Ahora lo mejor va a ser llevarte a un lugar seguro.
— ¡Un momento! —Alino se movía con violencia quitándose de encima al desconocido— No soy tu amigo y no me gusta nada de esto.
— ¡Por supuesto que eres mi amigo! Solo que no lo recuerdas.
— ¿Qué no lo recuerdo?
—Fui amigo de tu padre, antes de tu nacimiento, antes de que volviera a Argentina.
—Eres el profeta de Edeen… ¡Lo tomaste de su diario! ¡Sacaste esa historia del diario de mi padre!
—No, yo soy el que le mostró las pruebas.
— ¿Pruebas de qué? ¿De tus estafas?
—Verás niño, cuando sabes lo que yo sé solo quedan dos caminos: o te inmolas de verdad y haces frente al problema o te inmolas socialmente, cuestión que nadie preste atención a lo que haces. Yo soy un cobarde, no podría enfrentarme a ellos como lo hizo tu padre. También por eso es que estoy vivo —El hombre mostraba una media sonrisa—. Y las pruebas, Alino, son las que confirman que tu padre tenía razón.
Alino se acercaba al Profeta con los puños cerrados. No tenía palabras para expresar su ira y tampoco razones justificarla. Pero deseaba con toda el alma molerle a golpes.
—Eres como él, el mismo carácter. Pero debo decirte que eso no te va a llevar muy lejos. Tienes dos opciones: o vienes conmigo o te metes allí, en la boca del lobo… y esos colmillos te van a decir muy poco. Mucho menos de lo que yo puedo llegar a mostrarte.
—No has dicho como fue que me reconociste.
— ¡Ellos! —El Profeta apenas levantaba la voz— ¡Los Hermanos Celestiales me dijeron que vendrías…! ¡Me mostraron tu rostro en un sueño y por la Hermandad Cósmica que ha sido una revelación!

Fernando Silva

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2 pensamientos en “Biofacto . Parte tercera . Capítulo 19: El profeta de Edeen

  1. Extraño el asunto del Profeta. Me dan muchas ganas de conocer qué es lo que tiene que decirle a Alino.
    Estaba viendo que los nombres de Alino y Laina son muy parecidos. Si mueves unas cuantas letras, Alino queda como Laino, jaja. Debe ser casualidad, no?
    Bien, por fin podré seguirte al día. Qué bueno. Es genial leerte. Nos vemos!

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