Biofacto . Parte segunda . Capítulo 9: Paralelo

Biofacto.

Autor: Fernando Silva

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Capítulo 9. Paralelo

¿Son estas mis manos? ¡Son tan pequeñas! Estoy… es el asiento trasero de una camioneta. Vamos por una carretera, me acompañan un hombre y una mujer. El conduce y ella me mira y ríe, extiende una mano hacia mí y vuelve a reír. ¡Son tan grandes! ¡Gigantes! Pero transmiten paz. Sobre todo ella, sus ojos, el olor de su piel. Quiero preguntarle que hacemos, adonde vamos, pero no puedo hablar. No, solo mirarles lo más fijo posible; es que la cabeza se me bambolea. Pero no importa, sé que también les sonrío.

Ahora aminoramos la marcha y el hombre empieza a gritar. Ella tiene miedo. Me doy cuenta por la mueca de espanto. El sol se oscurece un instante, justo cuando llegamos al punto más alto de una loma. No comprendo lo que sucede, pero vamos aún más despacio.

Nos hemos detenido. Un automóvil bloquea la carretera. Detrás nuestro hay otro, eso es lo que dice ella antes de empezar a llorar. El hombre abre la puerta y se vuelve para mirarme. Ahora le veo, es una foto antigua de mi padre. Me toca la mano y salta sobre el asfalto con una pistola en la mano derecha. Ella grita, está desesperada. De los autos bajan varios hombres armados, no hablan, apuntan y disparan. Tras ellos aparece un tipo raro, no sé qué es lo que hace allí pero le conozco: va vestido de gris.

*                  *                  *

— ¿Piensas dormir así toda la noche? —A Laina le habían despertado unos ruidos en el techo, pero más le había llamado la atención verlo a Alino, durmiendo en el sillón junto a la cama.

— ¿Cómo? —Alino se enderezaba agitado— Estaba soñando…

—Sí, estabas dormido —interrumpió ella—. Suerte que me han despertado los gatos de Audrey, porque no necesitas dormir allí. Ya te lo dije.

—No, no…

— ¿No? —Laina levantaba la voz— Yo no muerdo. Las mujeres no lo hacemos. ¿Tienes algún problema con el sexo opuesto?

—Si me dejaras terminar de hablar comprenderías —Alino se incorporaba, daba un paso y se dejaba caer sobre el colchón—. Pero parece que no te gusta escuchar a los demás.

—Ya te he escuchado bastante —Laina giraba interponiendo su espalda en la charla—. Ahora vamos a dormir, tengo los ojos muy inflamados.

—Estaba soñando con lo que leí, lo que me dio el hombre de gris —Insistió Alino.

— ¿A si? —Laina contestaba en automático mientras intentaba imaginar las secuelas del ataque de llanto en su rostro.

—Sí. Creo que mis padres no murieron en un accidente.

—Ya… mañana lo hablamos —Laina hundía la cabeza en la almohada resoplando sobre reflexiones. Lo único que necesito es un abrazo, me lo merezco. Acabo de perder todo por ti.

—Creo que los mataron los hombres de gris.

Laina se quedó callada aunque no dormida. La idea del complejo pasado de Alino volvía a turbarle, sobre todo sus implicaciones. Visto estaba que se había metido de bruces en un saco oscuro. Quizás fuera buena idea informar a la policía, alegar defensa propia, intentar recuperar su vida. El amanecer la encontraría con los ojos abiertos y la mente interferida por sus propias cavilaciones. Pero ese ruido blanco no iba a durar. Un ronroneo peculiar le haría salir del bucle. Y le seguiría un ruido a metal. Un golpe.

— ¡Alino! —Laina le daba manotazos en el pecho— Un auto, ¡se detuvo frente a la ventana!

*                  *                  *

Con sus casi noventa años, Audrey Meyer había visto a los ojos de la muerte en más de una ocasión. Por ello respondió con una amplia sonrisa al ver al amigo de su invitada apuntándole con una pistola, en ropa interior.

— ¿Quién está afuera? —Alino sujetaba el arma con firmeza aunque no se le pasara por la cabeza disparar a la anciana— Alguien acaba de llegar.

— ¡Tranquilo niño! —Audrey se tapaba la sonrisa con la mano derecha aunque se le escapara por los ojos— No es alguien, es algo. Y es un automóvil.

— ¿En el que ha venido quién?

—Debería de enojarme contigo, pero veo que están en problemas. Acabo de sacarlo del granero. Hacía años que estaba guardado —La anciana giraba las manos frente a su vientre, dejando ambas palmas a la vista—. Estas son las llaves. Quiero que se lo lleven.

*                  *                  *

Según Audrey tenían tiempo de tomar el desayuno. Alino no estaba de acuerdo pero Laina había insistido en quedarse. La anciana decía estar al tanto de lo que sucedía en Álamo y ella le creía.

—De todos modos saben dónde están —Audrey lanzaba el proyectil mientras se hundía una cucharada de cereales en la boca—. Les están dando tiempo para sentirse seguros.

— ¿Seguros…? —Alino dejaba su taza en la mesa mientras estiraba el cuello en dirección a la anciana.

—Seguros de que están a salvo, de que los han despistado. De ese modo es más fácil encontrarles con la guardia baja. Pero eso lo hacen solo cuando quieren atrapar a alguien vivo.

— ¿Qué tanto le has dicho? —Alino calcinaba a Laina con la mirada.

—Es de mi entera confianza, si lo dice…

—No pretendo que me creas niño —La suave voz de la anciana se volvía áspera—. Pero en estos años algunas cosas he aprendido. Por ejemplo que a quienes el gobierno considera especiales, bueno, les marcan.

—Eso no es nada nuevo —Alino daba con una cuchara contra su taza.

—No, seguro. Lo que no creo que sepas es que a ustedes los detectan por satélite. Lo mismo que con las mascotas.

—Audrey… ¿te refieres a un microchip?

—Es nanotecnología. Yo misma tuve que hacerme una limpieza hace unos años, antes de venir aquí. Porque esto no es nuevo Laina… es casi tan antiguo como el GPS.

— ¿A qué se dedicaba usted? —Alino volvía al café.

— ¿Yo? —La anciana se señalaba el pecho— Yo era empleada del Gobierno. Trabajaba en un plan maternal bastante macabro: Reposición, le llamaban. Todos los niños de los terroristas muertos eran reposicionados a familias americanas. El problema era que hacían toda clase de experimentos antes de entregar los niños… con ellos digo, creo que aún lo hacen.

— ¿Estuvo mucho tiempo en el programa?

—Lo suficiente como para darme cuenta de estas cosas y también que muchos terroristas eran meros disidentes. Personas de pensamiento libre y para nada peligrosos. A no ser que prefieras que tu gente no tenga capacidad de reflexión.

— ¿Usted dice que el gobierno…?

—No exactamente —Interrumpió la anciana—. Es como un gobierno dentro del gobierno… ¿Están al tanto de eso?

Alino y Laina negaban con las cabezas.

—Excelente. Fugitivos sin saber de qué, ni porqué, ni nada. No van a llegar muy lejos —Audrey movía los ojos hacia arriba—. Todo plan tiene un plan de contingencia. Si algo sale mal, entonces recurrimos al Plan B, como dicen por allí. Durante la guerra fría era tal el temor a un enfrentamiento nuclear que se decidió formar un gobierno paralelo. Bueno, resulta que este segundo gobierno no entraría en funcionamiento hasta que el legítimo cayese. Por ejemplo, si los rusos arrasaban con un ataque a gran escala eran ellos los encargados de sobrevivir al holocausto y refundar la nación. De todos modos siempre fue difícil pensar en la figura del presidente muerto por lo que, en cierto momento, a alguien se le ocurrió que sería beneficioso activar este segundo gobierno para que trabaje en los frentes que el oficial no podía manejar. Y tal ha sido el poder que estos hombres fueron ganando que terminamos con un presidente muerto ¡y frente a las cámaras!

—Ya comprendo, pero ¿qué tiene que ver con nosotros?

—Todo está relacionado. Ellos planean a largo plazo, muy largo. Pero son solo una parte de todos ellos. No sé hasta dónde llega esta ensalada pero es preocupante. Por momentos me da la sensación de que el gobierno constitucional ha pasado a ser una mera fachada para encubrir las acciones de los otros, los que realmente manejan los hilos —La anciana suspiraba en medio de un silencio que se hacía eterno—. Sus casos son típicos. Si pudiera acceder al Departamento de Inteligencia podría demostrarles que tan marcados están. Tú, preciosa, por esa empresa fantasma con la que trabajas. Y tú, bueno, es obvio que cuando te negaste a trabajar para ellos te consideraron una amenaza. «O estas con nosotros o estas en nuestra contra», eso es lo que dicen siempre.

—Dices que podríamos tener implantes…

—Los tienen Laina, créeme que los tienen. Pero existe un modo de sacarlos. Tengo un amigo en Phoenix que puede ayudarles y no cobra absolutamente nada.

—Yo… me cuesta creer en todo esto —Alino se incorporaba y caminaba hasta una ventana que daba al patio trasero—. Pero supongamos que es así. Tengo razones para creer que mis padres fueron asesinados, aquí en Estados Unidos.

— ¿Cómo dijiste que era tu apellido? —La anciana salía disparada de la silla hacia una habitación contigua—. Vamos niño que tampoco gozamos de tanto tiempo.

—Roig, ese es mi apellido. Pero no es el único, mi padre nos cambió los nombres a todos. El nuevo es Sagasta Sefades.

Audrey volvía con un libraco en mano. Tenía escritas grandes, a mano, las letras R y S.

—En cuanto tengas tiempo busca aquí. Son los niños que recibí en la guardería, todos los de apellidos con esas iniciales. Tendrías que estar allí.

—Pero esto es suyo…

—No, en todo caso del gobierno. Y ahora tú lo necesitas más que yo. Además, pienso hacerles frente cuando lleguen. Ellos me deben unas cuantas… no creo que me quede mucha vida. Tomen estos datos y el automóvil y váyanse. Estoy feliz, muy feliz de haberles ayudado —Audrey mostraba gruesas lágrimas en las mejillas—. ¿Sabes lo que significa poder ayudarte? ¡Eras uno de esos niños! Pobrecito… te han hecho tanto daño… —La anciana se acercaba a Alino para apoyarle una mano en el rostro— Y siquiera lo recuerdas.

*                  *                  *

Desde la loma podía verse con facilidad la casa, hundida en el suelo al pié de un cerro  de piedra rojiza. Pero para los cuatro hombres embutidos en trajes negros de operaciones esto no era más que un detalle. Sabían bien que sus fugitivos estaban unos cuantos kilómetros al sur, casi bordeando la base de Groomlake.

— ¿Sigue en pie la orden de registrar el inmueble? —El más alto de todos se dirigía al jefe de operaciones, que se rascaba la calva antes de mirarle.

—Sí, no comprendo bien la idea de meternos ahí, pero tenemos que interrogar a la propietaria de la casa —Freeze callaba un instante mientras se frotaba la nariz—. Yo tengo que hacerlo, ustedes esperan afuera.

— ¿No es peligroso?

—No es peligrosa… no. Tiene noventa años según el informe.

El Sargento hizo una seña y los cuatro bajaron de la camioneta negra armas en mano. Paso por paso se acercaban al frente de la vivienda y a medida que lo hacían buscaban movimientos tras las cortinas.

—Jefe, allí, en la ventana de la derecha.

Freeze levantó entonces la mano derecha para frenar la marcha de sus subordinados.

—Señora Meyer. Sabemos que ha estado con compañía hasta hace unas horas. Solo vamos a hacerle algunas preguntas.

La primera respuesta fue el silencio. La segunda un fogonazo y lo siguiente que vio Freeze fue la arena del desierto cuando le daba de lleno con la cara.

*                  *                  *

La respuesta había sido inmediata y el tiroteo ya había terminado para cuando el jefe de operaciones pudo articular algunas palabras. Dos de sus hombres examinaban el cadáver de la anciana, abrazado a una vieja pistola y el otro le ayudaba a incorporarse y quitarse el chaleco antibalas.

—Creo que no vamos a tener interrogatorio —Dijo Freeze entre quejas—. Registren la casa que yo estoy bien. Ahora los alcanzo.

El soldado que le asistiera entraba ahora por la puerta principal, corriendo, como había sido entrenado. Al tiempo, Freeze se dejaba caer sobre un tronco cortado. El antibalas había funcionado a la perfección pero el golpe en el pecho le había dejado sin aire. Esos animales, se dijo mientras escuchaba los ruidos de los destrozos que su grupo estaba provocando en el inmueble. ¿Era necesario dispararle a la anciana? Quizás me estoy poniendo viejo, pero siempre hay opciones… al menos esa fue mi escuela. Bastante diferente a la de estos bárbaros.

El Jefe de operaciones juntó ánimo y aire suficientes como para ponerse de pie y marchar hacia la puerta. Primero puso un pie en la galería externa, luego otro, refunfuñó y se internó en el living. Y Allí estaba Audrey Meyer, con la cabeza destrozada, tirada junto a la ventana.

— ¡Aquí tengo algo señor! —El comando más alto y fornido de su grupo movía una cantidad de libracos con las manos—. Todo esto tiene sellos del Departamento de Inteligencia.

—Sí, esta mujer era una ex empleada.

—Bueno —Dijo el mismo comando pateando un trocito de materia gris que estaba cerca de su bota—. Ahora no le queda mucha inteligencia.

—No te burles —Freeze desenfundaba y colocaba su pistola a la altura del rostro de su subordinado—. Vuelves a hacer algo así y será tu cerebro el que estaremos pateando.

*                  *                  *

—Nada, aquí no hay nada —Alino cerraba de un golpe el libraco que le diera la anciana—. No aparezco con ninguno de los dos apellidos.

Laina lo miraba de reojo para luego enfocar la vista en un bulto sobre la carretera.

—Es un tronco, pásalo por el costado.

La chica asentía mientras soltaba una sonora andanada de aliento por la nariz. ¿Acaso no se ha dado cuenta? Manejo mucho mejor que él.

—Si no estoy aquí… entonces quizás solo fue un sueño. Pero mi padre insiste mucho en su diario con que los buscaban para matarlos.

—Realmente no puedo decirte nada —Laina se mordía el labio superior antes de continuar—. Mira, tengo la mente en otras muchas cosas, como por ejemplo ir con la policía. Si alego defensa propia…

—Realmente dudo que alguien haya levantado cargos en tu contra, o que haya denuncia alguna. Esos tipos no eran normales Laina, lo has visto bien. Tu casa ya debe estar limpia y revisada —Alino se pasaba ambas manos por el pelo—. Además, si realmente nos rastrean por satélite no necesitan avisar a la fuerza pública. Todo lo contrario.

—Entonces no es mala idea —Laina susurraba aquello—. Si les entorpece que vayamos a la policía entonces hagámoslo.

— ¿Y qué diremos? ¿Qué aparecieron dos agentes de una misteriosa dependencia gubernamental que emplea a tipos altos de sangre como gelatina? ¿Y los cuerpos señora?

Laina le miraba mostrando otra variación de su sonrisa burlona.

—Necesito un escocés.

*                  *                  *

Laina jamás había mirado su teléfono celular más que para apretar la tecla verde. No sabía si tenía capacidad de conexión a internet, si podía cambiarle la melodía… incluso renegaba bastante de los mensajes de texto de su madre. Nunca los contestaba. Por eso se había detenido justo detrás de Alino. En el tiempo en que ella había revisado la habitación que acababan de alquilar, él ya navegaba por el sistema operativo, hablaba de hacer una copia de seguridad y de resetear las opciones del aparato cuestión de darlo de baja y utilizar una línea anti rastreo.

— ¡Tiene heladera! —Laina se imaginaba un par de botellitas de whisky esperándole tras la puertita blanca— No nos había dicho nada el encargado.

—Es verdad… —Alino contestaba a medias mientras ingresaba a un foro regenteado por un amigo.

— ¡Oh! —Laina sonaba desconsolada— Esta desenchufada y vacía.

—Estará descompuesta, por eso no ha dicho nada.

— ¿Que se puede esperar de un motelucho de ruta?  —Laina cerraba la heladerita de un portazo y caminaba hacia Alino— ¿Estas conectado a internet? No sabía que se podía navegar desde allí.

—Sí, todos los modelos de hoy en día traen esa opción.

Laina asentía arrugando los labios. Apenas tenía idea de lo que decía Alino y no le interesaba demasiado.

—Mira esto: un hacker argentino ha entrado en la web de la Fuerza Aérea del país. Y dice que quiere la verdad acerca de un OVNI caído a tierra en la Patagonia, en mil novecientos ochenta y cinco.

— ¿No habrás sido tú?

—No… aunque debo reconocer que siempre tuve debilidad por el lado nerd de la fuerza —Alino se sonreía— Tampoco creo en OVNIS, pero suceden cosas muy raras ¿no?

—Si, en ocasiones. Como estar contigo en esta habitación, escapando de vaya a saber Dios quienes sean estos tipos.

Alino miraba de reojo a Laina. Ella se llevaba las manos a la cintura y caminaba hasta la pequeña ventana que daba a la ruta. Ya era de noche y su imagen se reflejaba en el vidrio por sobre las luces de la entrada al aparcamiento.

—Yo… —Alino caminaba ahora hacia ella. Era muy fácil percibir el constante estado de ebullición en la mente de su bella compañera de ruta. Se detuvo justo detrás y le observó por unos instantes. Le parecía ver como unas lágrimas que se derramaban en el reflejo de Laina, pero eran gotas mal lavadas en el vidrio. De todos modos, pensó, debe ser lo que le pasa por dentro. Alino estuvo a punto de tomarle uno de los hombros con la mano, pero titubeó. Quizás fuera mejor una infantil y respetuosa pregunta.

— ¿Quieres un abrazo?

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4 pensamientos en “Biofacto . Parte segunda . Capítulo 9: Paralelo

  1. Transitorio este capítulo, pero me gustó el final. Justo lo que Laina quería, jaja. No entiendo porque no está molesta con Alino. Creí que a estas alturas ya le habría dicho un par de cosas. Se enojó cuando se metió a su computadora, pero por esto todavía no, y todavía no le gusta mucho… bueno, espero el próximo capítulo.

    Saludos!

    • Si, Laina tiene una historia personal de la que no se ha hablado mucho todavía y esto tiene que ver con su manera de reaccionar hacia Alino. De todos modos en el proximo capítulo es muy probable que nos cuente algo al respecto… :)

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