Biofacto II | Teaser 2012/2 | BFTO2

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Teaser II: Entidad Biológica Foránea.
Biofacto II, en breve, en Me Gusta Escribir

ULTIMAS 48 HORAS: Cómo votar por Biofacto

Amig@s, he recibido muchos pedidos de explicaciones de como votar por la novela, así que aquí les dejo un pequeño tutorial:

Instrucciones para votar por Biofacto:

01: Ingresar en www.megustaescribir.com
02: Registrarse utilizando el boton que dice “registrate aqui”
03: Una vez registrado/a confirmar el registro. Esto se hace así: se accede a la badeja del mail propio y se busca el mensaje de “megustaescribir” que solicita confirmar el registro. Allí se hace click en un link que lleva de nuevo al sitio. Ya esta completo el registro.
04: Ahora ingresamos con nuestro USUARIO y CONTRASEÑA y nos vamos de nuevo a la pagina principal.
05: Allí vamos a ver (sobre la derecha) el ranking de obras más valoradas. Busquen BIOFACTO y hagan click.
06: Ahora si podemos votar por la novela. Sobre la izquierda aparecerá el VISOR de la obra que es donde pueden leerla y allí hay una estrella. Si hacen click sobre la estrella pueden elegir de votar hasta con 5 estrellas.

GRACIAS!!!!!!!!

Biofacto: Vota por la obra si te ha gustado…

Ahora que Biofacto (libro primero) está completo, puedes votar por la obra en http://megustaescribir.com/obra/4ebef0c108db1
De esta manera ayudas a que la novela sea publicada en su versión definitiva.
Gracias!

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Biofacto . Parte quinta . Capítulo 44: Once

Biofacto

Autor: Fernando Silva

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Parte quinta:

Híbrido

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Capítulo 44. Once

«Todo tiene un final y por mucho que hagamos por evitarlo, la consecución de los ciclos cósmicos termina por quebrarnos, desde dentro, para siempre. El día muere en la noche, de la que nace el día y no hay nada que puedas hacer por detenerlo. Existe un alfa por cada omega y un demonio por cada santo; todos transitando la eterna autopista que lleva a los extremos y en cuyos remansos se agolpan los tibios, los medio vivos. Eso, mientras no llegue la muerte. Vida, para el que tiene suerte, mientras le dure y le mantenga fuerte. Porque todo tiene un final y, vamos, que el mundo en que vivimos parece haberse cansado de vernos la cara de frente.

Recibamos al omega con la dulzura del enfermo que enfrenta la muerte».

 

El Profeta (México DF, 03.03.03)

Parte I

                        Lo vi todo, muy claro, en el instante en que puse los pies fuera de la furgoneta. Ese tanque de agua junto a la pequeña casa de la estación de trenes era casi tan grande como la suma de mis miedos. Erguido en medio de la llanura, echando sombra sobre el pasto amarillento y las pocas seguridades que da la tierra al posar los pies en ella. Y sin embargo —y por un momento— fui capaz de olvidar a Laina, al Serpo, a mis captores devenidos en aliados… uno de esos instantes de realidad bruta, como cuando te miras el negro de los ojos en un espejo, solo para comprender que algún día, inevitablemente, acabarás muerto.

Caminé, en silencio, junto a la camilla en la que arrastraron su cuerpo hasta esa puerta de madera, despintada y polvorienta. Todo el trayecto, con la mirada en el pasto, en lo seco de la tierra bajo nuestros pies. Pues que aquello era un paraíso comparado al yermo paisaje de mi vacío personal. Solo reparé en su rostro, en esos ojos afiebrados y los gestos tensos, cuando nos detuvimos para esperar a que alguien, desde dentro, gritara un par de cosas. Unas moscas me pasaron zumbando mientras un clic seco hablaba, a breve distancia, de acceso. Entonces el olor a encierro y unos pasos al interior de la casa, aislado del sol por unos trapos momificados sobre las ventanas. Recuerdo, pensé muchas cosas en apenas unos segundos… recuerdo que lo primero —y último— en venir a mi mente, fue la idea de un matadero… matadero de hombres.

 

*            *            *

La sangre apenas si había coagulado en la camisa del caído para cuando tiraban de sus brazos y le arrastraban lejos del fuego y del plomo. Esas manos ásperas, de ángel del desierto, se las arreglaron para elevarle en el aire y posarle sobre la parte posterior de una camioneta despintada.

Ahora, seis horas más tarde, esas mismas manos se frotaban una con otra, dejando una capa invisible de dermis muerta sobre el piso de tierra, mientras su dueño mantenía la vista fija en el hombre que agonizaba en medio del Hogan que el chamán de los Navajo tenía reservado para esos casos especiales.

— ¿Vivirá?

—Depende de su espíritu.

El hombre de manos ásperas miró, de reojo, a la niña que se mantenía en silencio, sentada justo a su derecha. Y temía decirlo, incluso pensarlo, pero aún le provocaba pavor la manera en que se había encargado de terminar con la amenaza de los agentes federales. Nunca había visto una carnicería así, ni en sus tiempos de soldado de infantería. Una cosa era ver los girones humanos que producía la guerra y otra muy distinta era esa suerte de juego de tiro a las calabazas en el que se había embarcado la niña. Cada cuchillo, de cada guerrero, había dejado su vaina. Al instante, devenidos en proyectiles, perforaban cráneos a una velocidad imposible, haciendo que el terreno quede cubierto de cuerpos decapitados. Ese matadero, esa barbarie, era un exceso incluso ante el peor enemigo. Pero qué se le podía decir a una niña defendiendo a sus padres… ¿quién se animaría a contradecirle ahora que quedaba claro que en su digna ira demostraba ser hija de La Madre?

El hombre se incorporó sin hacer ruido y caminó con gracia y sigilo hasta la abertura que hacía de puerta del Hogan. Alguien tenía que limpiar el desastre, al menos juntar los cuerpos con los pedazos de cráneo y cubrirles de tierra antes del amanecer.

 

*            *            *

 

Esa llamada le había caído mal al estómago, y al intestino. La voz aguda de Petrov le había arrancado de un tirón ese velo de somnolencia que recién llegaba tras dos días sin pegar un ojo. Si era verdad que había conseguido contactar al hombre que había trabajado sobre Clara…

Spencer lanzó una patada al aire para despegarse de la cama; la única manera de hacerlo. Con ambas manos masajeando las mejillas fue que se tambaleó hasta el mínimo baño de la habitación que acababa de arrendar y abrió el grifo, del que salieron un par de escupitajos marrones, antes del agua turbia en la que sumergiría la cabeza.

—No hay manera de que te des un lujo como dormir —Spencer se hablaba a sí mismo en voz alta, casi a los gritos—. Mejor nos preparamos para ir resolviendo algunas cosas, o para lo peor… o lo que venga.

Y no se trataba de un capricho fomentado por ese estado casi demencial que le provocaba la falta de sueño. Algo en el tono de Petrov le decía que tenía que tener cuidado, que había gato ruso encerrado. ¿O sería que de verdad todo aquello le estaba afectando?

Spencer irguió la cabeza y dejó que el agua le escurriera por pecho y espalda. Unos suaves escalofríos le despabilaron lo suficiente como para llegar a recordar qué había sido de su camisa. Allí, hecha un bollo y frente a sus ojos, sobre la cama, junto a la Biblia del hotel, la que había estado ojeando antes de intentar dormir un poco. El agente se acercó despacio, mientras meditaba una tonta idea propia de su estado. Pero, ¡Qué demonios! Al menos la ocurrencia le había arrancado la primera sonrisa en semanas.

Un portazo fue toda la despedida de la que fuera su morada por un par de horas. Sobre la cama había quedado la tarjeta de acceso al edificio Hoover junto una hoja arrancada de la Biblia, y en ella un mensaje escrito y remarcado con lapicera de tinta negra: “Están aquí. No llame al FBI, la colonización ha comenzado”.

 

*            *            *

 

Clara sabía que, aquello que debía suceder, estaba sucediendo. No cabía otra explicación. Lo había repasado un millar de veces en las últimas horas y el resultado era siempre el mismo: ya había comenzado. Si le buscaban y arriesgaban tanto era porque realmente le necesitaban. Es más, sentía el llamado de aquello para lo que había sido creada; ahora lo notaba más claro que nunca. Un reclamo fino y frío como el aire helado, algo… una brillante energía que lo rodeaba todo, un canal exclusivo que le decía lo que tenía que hacer. Pero, en toda la preparación para el instante indicado, algo les había ido mal, bastante mal. Por más que lo intentaran no podrían con su parte humana, con su alma de niña y el amor por su padre. Por lo que quedaba de Freeze.

—Un sacrificio en positivo —dijo Clara, en voz muy baja, mientras apretaba sus pequeños puños contra las piernas—. Hay que darle un poco de oscuridad a toda esta luz.

 

*            *            *

 

—Ella se queda aquí —Una mujer enjuta y envuelta en harapos señalaba a Laina mientras agregaba un par de palabras incomprensibles con un marcado acento nórdico.

—Y tú vienes conmigo.

—No, de ningún modo —Alino siquiera miraba a Moris—. Mi lugar es con ella.

—No es una opción, no importa quien seas… son órdenes directas de La Madre.

Alino elevó la mano derecha por encima de la altura del codo y giró la muñeca. Al unísono, el Serpo —que se había mantenido prácticamente inmóvil— saltó hacia delante para rodear el cuello de Moris con sus manos de cuatro dedos.

—Les has dicho… —El hombre apenas podía emitir palabra mientras forcejeaba con los largos brazos del hombre de gris— ¿que haga esto?

—Lo hace porque quiere —El muchacho hablaba con la intensidad de quien es abrasado por el fuego, desde dentro—, pero es verdad que acabo de soltarle la rienda.

—Ya, puedes decirle que se detenga —La mujer se ponía de pie en el instante en que Moris comenzaba a perder el conocimiento—. Es por esto mismo que eres tan importante… ¿no lo ves?

—Ya no me interesa. Además… —Alino se preguntaba si aquella mujer sucia y desalineada era La Madre, su madre— No, no te conozco.

—Si ella dice que debe quedarse…

—Ya he dicho que no sé quién eres y tampoco me interesan sus razones —Alino señalaba a la mujer, que ahora se movía hacia él—. No voy a salir de esta habitación hasta que La Madre le haya curado.

—Se hizo todo lo posible, y un poco más también —La mujer giraba sobre sí misma y daba un par de pasos hacia una puerta de metal en el otro extremo de la habitación—. Ven conmigo Alino.

— ¿Y la Madre?

—Vamos a ver a tu madre.

 

 

 

Parte II

La mujer me guió al único lugar más o menos a la vista: otra casa, más grande, escondida tras unos árboles bajos y tupidos. Deben de haber sido unos trescientos metros pero a mí me han parecido centímetros. Es que son demasiadas las cosas que se suceden aquí arriba, en mi cabeza; a cada cual más inconexa con la otra. Sigo pensando, también, que es extraño que no haya pensado en La Madre como mi madre, sobre todo desde que tanto me han repetido esa supuesta importancia en todo esto, sea lo que sea que está sucediendo. Será que me acostumbré a la idea de saberle bajo tierra… pero la realidad es tan insípida que apenas si puedo sentir un ápice de ansiedad con esto de conocer a mi madre. No es que me parezca algo menor, pero ya hice el duelo por su muerte. Lo peor, si es que algo puede serlo, es que sé que es ella. No se trata de los mismos que se hicieran pasar por mi padre, o sus de cráneos gigantes… siento que es ella, no puedo explicarlo pero percibo su presencia y, si me preguntaras Laina… si pudieras, te diría que me duele un poco el estómago, pero no mucho más. Es el mismo tipo de sensación que llegaba con cada fin de mes en Las Vegas, cuando sabía que no cubriría la renta del apartamento.

La mujer sucia se ha ido, dijo que su función era cuidar de Laina, que ella también es importante. Lo único que espero es que tenga sentido… que toda esta seguidilla de golpes valga la pena. Ahora solo queda esperar, este sillón no está tan mal y da justo a la única puerta, la que ha de comunicar con el resto de la casa. Por allí debería aparecer mi madre, quienquiera que sea.

 

*            *            *

 

El chamán se había mantenido sentado y muy quieto. En las últimas dos horas apenas si había movido los pies un par de veces, cuestión de evitar el entumecimiento. El viejo notaba que algo serio sucedía entre la niña y su padre, un intercambio de energía, más bien una emisión constante, por parte de ella… de todo cuanto tenía para dar. El destinatario, ese cuerpo desecho por dentro que apenas respiraba, parecía responder. Al menos, los colores de ese resplandor tan particular que había visto en el ex agente —desde la primera vez— comenzaban a mostrarse intensos y un poco más definidos. Pero era Clara quien le preocupaba, la recuperación de Freeze parecía estar costándole mucho, más de lo que el mismo había imaginado. Aunque claro… no tenía derecho de entrometer sus muy humanas y probablemente erradas impresiones al respecto. En realidad, el anciano se sabía un privilegiado. Quizá, incluso, le costara la vida todo aquello, pero lo que estaba viendo, lo que sentía en todo su cuerpo no podía ser menos que correcto. Era ella quien había tomado la decisión. El sacrificio en pos del bien mayor.

 

*            *            *

 

            Spencer sentía los ojos como dos ásperas brasas, encendidos e irritados como estaban tras los párpados. Hubiera preferido dejarlos en remojo de sus lagrimales y dormir un par de horas pero hacía ya casi cuarenta horas que no sabía nada de Freeze. Aun entre tanto sueño llegaban instantes de lucidez, en los que se cuestionaba ese repentino arrojo de compromiso asumido con uno de los fugitivos más buscados por el buró. Pero las neblinas del agotamiento volvían a arremeter al instante, obligándole a dejar las cavilaciones de lado, al menos hasta conseguir una cama y hacer lo único que realmente necesitaba: dormir.

Lo único que creía tener en claro era aquello de que había dado su palabra al hombre calvo, al padre de la niñita… o mejor, lo había hecho por ella.

“No te mientas, siempre has aceptado este tipo de pedidos, sin chistar”, murmuró Spencer, mientras caminaba despacio, haciendo tiempo para encontrar el callejón indicado a la hora indicada. Y si se encontraba a si mismo desandando ese camino no era más que un sello de aprobación estampado sobre esas preocupaciones que le acompañaban hacía años, cual traje de espinas. Al fin y al cabo, si había terminado tan solo era porque —lo había definido bien un hermano del whiskey— se manejaba como un “íntimo rebelde”. O lo que es mejor, un mal llevado de las puertas y para dentro. Al tiempo que en la vida social y laboral se hacía muy poco problema a la hora de cumplir con los pedidos de los demás, en el plano íntimo solía usar una brújula que lo llevaba al lugar opuesto. «Que no me vengan con reclamos o quejas. Trabajando veinte horas por día… porque sigo pensando en los casos cuando duermo, así me conocieron, así que es mejor que me quieran como soy».

El agente cruzó de vereda y se detuvo frente a la vidriera de una armería. Faltaban cinco minutos para el encuentro y el callejón abría su única boca a unos cincuenta metros, bien a la vista desde su posición. Supuestamente debía encontrarse con un amigo de Petrov, solo uno. En cambio, eran dos los hombres que acababan de entrar allí. Dos tipos altos, vestidos de gris.

 

*            *            *

 

            —Acaba de entrar en el callejón —Una voz aguda con marcado acento ruso relataba los movimientos de Spencer. Petrov giraba sobre sí mismo y volvía a la ventana del cuarto piso del único edificio que daba a la calle ciega—. Están solos, los serpos lo esperan a mitad de camino, con las manos en los bolsillos.

Un murmullo metálico se escuchó en la habitación.

—Sí, camina hacia ellos pero el policía todavía no aparece.

Petrov soltó una bocanada de aire, con violencia, como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. Ese silencio en la línea era una espera de novedades y un agregado de presión. Sheridan le había mandado allí no por carencia de personal capaz de confirmar la muerte del agente del FBI; los motivos eran mucho más personales. El Coronel parecía decidido a refregarle en la cara los resultados de su falta de lealtad para con Freeze y los suyos… y su capacidad de disponer de lo necesario para asesinar a quien sea, cuando sea. Petrov se pasó la mano derecha por la boca mientras meditaba un rosario de maldiciones. Pero por mucho que se lamentara de sí mismo la verdad es que había llegado a ese punto en su carrera en que el camino se estrechaba, agotando las opciones. Un gran error… eso de correr hacia Nebraska, dejando al descubierto la numerosa familia que formara bajo un apellido latino. O cumplía con ese trato de mierda o se atenía a unas consecuencias que —de todos modos— tarde o temprano llegarían. Pero vender a Freeze y Spencer era igual a comprar tiempo, dinero y opciones, nuevas y frescas opciones.

—Acaba de llegar el motorizado —Petrov frunció el ceño mientras escuchaba a su interlocutor—. El policía motorizado. Lo… ¡Dios! ¡Lo envuelve algo!

La voz en el móvil habló de silencio, de olvidar lo visto, pero el ruso no escuchaba, no podía prestar atención a unas simples amenazas. Es que las retinas de pronto se le habían llenado de una nube de polvo negro, algo amorfo y movimientos inteligentes que rodeaba al policía y se le metía bajo la piel, en los poros, los ojos, la nariz, la boca…

Lo que vino luego fue tan simple como el silbido de un disparo y el golpe seco, tremendo, en el cuerpo del agente del FBI. Petrov apenas balbuceó algo en el intrincado dialecto de su pueblo natal. Ese hombre tirado en la calle era quizás el primero que moría a manos de algo que no podía ni podría definir pero que a todas luces operaba para aquellos de los que había soñado escapar. El frio que le recorrió los huesos esfumó primero las infantiles esperanzas para luego plantarse en medio del pecho, como una herida abierta y abrasiva.

—Está muerto —Dijo Petrov antes de dejar caer el teléfono y romper a llorar.

*            *            *

 

La escena le había arrancado el aliento. El jovencito de cabello desprolijo y ojos saltones que se guarecía tras un contenedor de basura, muy acostumbrado a las emociones fuertes y a correr para escapar de la policía, apenas si podía respirar. Aquello que acababa de ver era demasiado para un jueves a las diez de la mañana. No importaba que tan aguerrido lo consideraran en el vecindario… Hermes estaba seguro de que ese pavor que le invadía no tenía nada que ver con la cobardía; era puro instinto de supervivencia.

El policía, el que le había disparado por la espalda al hombre de traje, se había acercado para descargar el arma en el pecho del pobre hombre. Después, había mirado fijo a los dos sujetos de gris, unos diez minutos mirándose en silencio, antes de partir, antes de que los hombres de gris se esfumaran en el aire. Y entonces, de alguna manera, le había visto. El policía le apuntaría al rostro, sin demostrar saña o despreocupación mientras le hacía señas a Hermes para que se acerque; y eso no era normal. Los policías siempre estaban comprometidos con lo que hacían: o se enojaban o lo dejaban pasar con una sonrisa, pero nunca había visto Hermes esa actitud de matón entrenado que estaba demostrando el motorizado.

—Serás mi testigo —Le había dicho antes de tomar el radio y llamar a sus compañeros explicando que había matado a un tipo que intentaba secuestrar a un jovencito, un ladronzuelo.

Hermes se acercó al hombre del traje, caminando despacio, pisando el charco de sangre que corría en dirección a la alcantarilla. Aún respiraba, lo que motivó al muchacho a flexionar las rodillas hasta posarlas en el espeso líquido rojo. La imagen era tan fuerte, tan brutal, que Hermes siquiera consideró la posibilidad de que aquello molestara al policía, que seguía dando indicaciones por el radio.

—Spencer… FBI —El hombre de traje se ahogaba en sangre—. Habitación trescientos treinta y tres, Holiday Inn.

— ¿FBI? —Hermes llevaba automáticamente ambas manos a los hombros de Spencer— ¿Cómo le pasó esto?

—Vete… la colonización —Spencer regurgitó una gran cantidad de saliva con sangre—. Era verdad niño, era verdad. Estamos todos muertos… y este es el estúpido final que me acabo de ganar…

Un violento espasmo obligó a Spencer a apretar los dientes. Era como si un brazo enorme lo hubiera levantado desde la mitad de la espalda. Hermes, con los ojos desorbitados cayó al piso de espaldas, justo para ver como una pequeña nube negra se abalanzaba sobre él.

 

*            *            *

 

Apenas sentía los labios, las manos, las piernas, el cuerpo. Pero el dolor era insoportable, allí, en el pecho, de donde se extendía una enorme mancha de sangre coagulada que le cubría casi toda la remera.

Freeze abrió y cerró los ojos, varias veces, hasta que al fin consiguió enfocar la vista en un tronco grueso que fue siguiendo hasta un vértice no muy pronunciado. Aquello era un techo, por lo que estaba acostado. El ex agente de la ANS sacudió la cabeza solo para recibir un irritante latigazo. Parecía como si el mismísimo cerebro se le hubiera desprendido para rebotar libremente por el cráneo. Aun así y tomando fuerzas de la única pregunta que se le presentaba —en forma del rostro de su hija— pudo incorporarse lo suficiente como para ver en rededor. A un costado el chamán navajo y del otro lado Clara. Ambos en el piso, desparramados e inmóviles. Freeze se apresuró lo más posible para llegar a la niña y muy a pesar de sus huesos rotos, en pocos segundos, se encontraba ya a la altura de sus pies.

—Lo han hecho por ti —Un hombre alto y fornido de rasgos navajo acababa de entrar al Hogan y se arrodillaba junto a Freeze—. Han dado todo por ti.

Freeze extendió su mano derecha solo para notar el frio en el cuerpo de su niña. Un espasmo de ácido le nació en el pecho y fue a dar en la boca, buscando un alarido que no podía gritar.

—Usted es descendiente directo de la madre, pero ya no lo van a buscar. Ella le ha dado su fuerza vital porque sabía que, tarde o temprano, la iban a encontrar. Es su legado pero también una responsabilidad —El navajo miraba fijo a ese rostro desencajado—. El plan divino está en marcha y usted debe ayudarnos. De lo contrario moriremos todos en vano y ella no podrá descansar.

Freeze se arrastró un par de metros hasta quedar a la altura de su niña. No le importaba demasiado que hubiera sido de su mujer o de nadie más. Intentaría darle calor, ver esas mejillas pálidas sonrojarse una vez más. Aunque, en el fondo, algo le decía de lo inútil de sus actos. Porque Clara había muerto ya, y en completa soledad.

 

Parte III

 

Una mujer delgada, de edad avanzada aunque indefinible, acababa de entrar en la habitación. Había pasado por delante de Alino, que se pondría de pie de un salto.

—Puedes quedarte allí si te es más cómodo —La voz de la mujer sonaba severa y opaca—. No creo que quieras darme un abrazo después de todo lo que has vivido y, a decir verdad, prefiero que sea de este modo.

—Yo… —Alino dejaba colgar los brazos como dos tubos de tela rellenos de arena— ¿Es usted mi madre?

—Prefiero ser precisa y soberbia antes que complaciente y estúpida —la mujer, que se mantenía de pie y brazos cruzados frente a la ventana, se esforzaba por adivinar los rasgos del joven a sus espaldas. Pero prefería mantener esa postura por lo que tendría que arreglarse con el reflejo en el vidrio—. Aun así soy tu madre, la mujer que te ha llevado en el vientre… y sin embargo esta no es una reunión familiar. No sé si me explico.

—Todo esto es muy raro para mí —El muchacho dudaba acerca de acercarse o alejarse. La figura, la postura de la mujer que clamaba ser su madre era comparable a la de un general embriagado en adrenalina, presto a la batalla.

—Pero estas en el proceso de aceptarlo, es obvio, sino no estarías aquí.

Alino se obligó a mantener el silencio.

—Al final, es como ese atardecer rojizo que vemos allí fuera. En nuestros días, eso que todo el mundo insiste en llamar vida, los hechos tienden a acumularse y terminan por distorsionar lo poco que llegamos a captar de la realidad. Lo mismo sucede con los atardeceres… los vemos rojos, porque la densidad de la atmósfera distorsiona los colores que nos llegan.

La mujer se llevó ambas manos a la cintura. Sentía como las ideas conectaban lentamente en ese desconocido discurso que tanto había pensado, año tras año, esperando el día del reencuentro. Alino, por su parte, buscaba preguntas, palabras… algo coherente para decir.

— ¿Qué va a pasar con ella?

—Es lo único que te interesa —La voz de la madre de Alino se tornaba aún más grave de lo que ya era—. Claro que no son celos de madre, es una cuestión de practicidad, de supervivencia. No fue sabio cargar con la chica, por mucho que la quieras.

—No me ha dicho nada con eso.

—Es probable… —la mujer hurgaba con los dedos de la mano izquierda en el cuello de la camisa gris que le cubría el tronco— que mejore, si existe alguien que puede recuperar a un perdido es Astrid.

— ¿Perdido?

—Los perdidos son los infectados por el virus del miedo. Les llamamos así porque no saben lo que hacen. “Déjalos, no saben lo que hacen”, ¿te recuerda algo?

—Por lo visto soy yo el que no sabe lo que hace.

— ¿No? —La mujer abría la mano derecha para llevarse un cigarrillo a la boca. Lo había tenido allí, todo el tiempo, en la palma de la mano— Creo que lo sabes bien, que todo empezó cuando decidiste escapar de Las Vegas.

—Tuve que escapar.

—Claro, el mensaje fue bastante claro al fin y al cabo.

—¿Fuiste tú?

—Fue mi gente, los mismos que después te dieron una copia del diario de tu padre y les avisaron de la llegada de los agentes de la ANS en Álamo, ¿recuerdas? Dieron la vida por ustedes.

—Usted está detrás de todo esto.

— ¿Yo? —Una risa ronca servía de escusa a la madre de Alino para buscar el encendedor en un bolsillo del pantalón—. No, si por mi fuera nada de esto estaría sucediendo.

—Mis recuerdos… —Alino fruncía el ceño— Nunca tuve claro si a usted le dispararon el día que mataron a mi padre, en la carretera.

— ¡Lo recuerdas! Eso es inesperado —Un breve silencio seguido de un suspiro y una profunda pitada al cigarrillo mostraron un lado apenas humano en la mujer—. Yo maté a tu padre.

 

* * *

 

Alino había vuelto al sillón rojo en el que esperara por esa mujer que acababa de decirle que había matado a su padre. De todo lo que podía esperar, aquello era lo menos pensado y sin embargo, el muchacho tenía la sensación de que hasta podría encontrarle cierta lógica.

—Es mi responsabilidad —continuó la madre de Alino—, de nadie más. Pero debes saber que era imposible que acabara de otra forma. O moría tu padre y te entregaba a esa gente o moríamos todos aquí en la Patagonia —La mujer se movió hacia un costado, para apagar el cigarrillo en el cuenco de un tronco apoyado contra la pared, junto a la ventana. Entonces giró sobre sí misma, mostrando un rostro que podía describirse como la versión femenina y entrada en años del muchacho—. Pero eso no justifica nada, lo traicioné, lo mandé al matadero y el nunca lo supo. A tu padre lo conocí trabajando para la agencia de inteligencia de los Estados Unidos… yo soy americana y por aquellos tiempos era una enamorada del Tío Sam. Resulta que un buen día me encargaron que enamore a un periodista argentino, un tipo que supuestamente estaba husmeando donde no debía hacerlo. Ese era tu padre, no solo inteligente sino también intrépido y obsesivo. Esa combinación… sobre todo lo de obsesivo, eso sí que me gustó. En poco tiempo me encontraba enviando información adulterada a mis superiores, cubriendo las espaldas de tu padre sin que siquiera lo sospechara. Claro que la mentira tiene fecha de vencimiento, como todo lo demás, y mis envíos a Washington terminaron por pisarse una con otro, dejando expuestas mis intenciones, las que ellos imaginaron por mí. Entonces decidieron que teníamos que morir, nada nuevo para la CIA ni para los grandes popes de la Comisión Nacional de Energía Atómica.

Alino se llevó ambas manos a la boca y se restregó los labios con fuerza.

—Hasta ese momento me había parecido que tu padre no hacía nada del otro mundo investigando sobre extraterrestres y mi gobierno, pero claro, ese tipo de pena de muerte no se le da a cualquiera. Al descubrir mi encubrimiento decidieron que el camino más simple era matarnos a los tres… yo ya estaba embarazada. Entonces ciertos amigos nos alertaron y empezamos a huir —La mujer dio un par de pasos y se acomodó en el sillón rojo justo frente a Alino— Dime… ¿sabes cómo me llamo?

—Alba.

—Alba… un nombre ficticio mucho más amable que el original. El nombre con el que fui madre, el único que importa —algunas lágrimas se agolpaban en los párpados de la mujer, que echaba el cuerpo hacia delante—. ¿Sabes lo que fue para mí decidir que tu padre debía morir y que lo mejor era entregarte?

—No… no entiendo por qué lo hiciste.

—Por tu padre, por la verdad que perseguía.

Alino llevó la cabeza de lado a lado.

—Verás, cuando era niña… unas luces venían a visitarme por las noches, tres veces a la semana. Todos dijeron que era una cuestión de la imaginación propia de los niños. Pero la verdad es que esas luces vinieron un día acompañadas de unos tipos bajitos y de cabezas enormes que me decían que era hermosa y después… —Alba se llevó la mano derecha a la boca— Lo cierto es que me hicieron fue especial y eso te hizo especial a ti también. Y tu padre estaba en lo correcto, así que me vi obligada ayudarle de la única forma que podía. Debes comprender Alino que nuestros días estaban contados, nos iban a encontrar y nos iban a matar. Así de simple. Y no veía salida, hasta que un antiguo compañero de Inteligencia me confirmó la historia que le habían dado a tu padre, que seres foráneos planeaban colonizarnos, que ya estaban aquí y que era poco lo que se podía hacer para evitarlo excepto por ti.

— ¿Por mí?

—Lo que hicieron en mí fue una preparación. Los foráneos buscaron durante años, desde el setenta y tres en adelante, un hibrido. Alguien, una cara humana con la capacidad de comandar la colonización y ahorrarles trabajo y eventuales bajas. Lo mismo que hicieron cuando llegaron por vez primera al planeta, modificando los genes de nuestros ancestros para tener mano de obra capaz y barata. Y tú ibas a ser uno de los tantos con la combinación más esperada… hasta que me lo advirtieron los mismos que te llevaron, después de matar a tu padre.

—¿Era necesario matarlo?

—Parece que no lo entiendes. Hay una columna de resistencia a la colonización, en la CIA, el FBI, la KGB y en cada rincón del planeta. Decidimos que, como eras el último, eras más importante que cualquiera de nosotros, por lo que tuvimos que sacrificar a tu padre. Era la única manera de que dieran por cerrado el caso, al menos los humanos que trabajan para ellos convencidos de que se están comprando la salvación… también conocidos como traidores. Los foráneos iban a seguir buscándote pero sabíamos que con el tiempo podríamos camuflarte.

—Dices que había otros como yo. Una vez escuché un llamado de otro Alino…

—No, eso es parte de la segunda etapa de nuestro proyecto, la clonación. Pero tus hermanos nunca llegaron a ser tan especiales como lo eres tú —Una breve sonrisa se asomó por los bordes de los labios de Alba—. Los otros que realmente eran como tú, los hijos  de las mujeres abducidas murieron, los matamos a todos… —La madre de Alino perdía la mirada en imágenes que aún le perturbaban, tras todos esos años—a todos esos niños.

 

*            *            *

Se habían quedado un largo rato en silencio. Madre e hijo, observándose mutuamente, apenas diciendo algunas frases inconexas. Alino, aún inmerso en la adrenalina, intentaba calmarse y racionalizar las explicaciones de su madre. Pero encontraba tantos escollos como a la hora de contradecirle.

—Los estudios de Ford, los experimentos que hizo contigo… tuvieron sus frutos. Verás, el virus del miedo es la forma que los foráneos encontraron para someter a otras especies, como los Serpos, que comparten con los humanos mucho más de lo que imaginas. Ellos también tienen ADN construido en base a un ARN. Genes Alino ¡Genes! —Alba sonreía un poco mientras llevaba la mirada al techo— No sabes lo que fue la noticia de que podíamos ayudar a los Serpos a romper con el control de los grises. Pequeños hijos de puta…

—Hablas de los Serpos disidentes.

—Sí, logramos sacarles el yugo y les dimos la oportunidad de elegir. Como verás, decidieron plegarse a nuestra resistencia. Eres muy importante para ellos también, eres el padre de su libertad.

—Pero yo soy el Biofacto, es a mí a quien pueden manejar como un títere, cuando les plazca.

— ¡No! ¡Es lo contrario! —Alba volvía a echar el cuerpo hacia delante, mientras dibujaba un enorme círculo en el aire— Todos nosotros, los humanos, somos los artefactos biológicos que usaron nuestros supuestos dioses como esclavos, hace más de doce mil años. Ellos nos diseñaron y fabricaron con un propósito pero, nadie sabe bien porqué, pasado un tiempo decidieron marcharse. Ahora que han vuelto… se preparan para retomar el control sobre lo que les pertenece, sobre su invención. Así lo hicieron con los Serpos en su planeta natal y lo harán con nosotros.

—Si la clave la llevo dentro —Alino se llevaba la mano derecha al pecho, casi a la altura del nacimiento del cuello—, entonces debemos buscar la manera de aplicar lo mismo a todos.

—Es un poco tarde para una vacuna… o un plan de contingencia. Hoy es once del once de dos mil once. Hoy es el día en que Elenin debía pasar muy cerca de nuestro planeta. Una garrafal mentira, un truco mentado por los que siempre se las ingenian para desviar la atención. El verdadero peligro reside en otro cometa, uno del que apenas un puñado sabemos y del que no podemos hablar. Este cuerpo, como otros al principio de la vida en La Tierra, viene con un agregado, una carga biológica. Al pasar tan cerca… son solo doscientos mil kilómetros, digo que esa cercanía nos ubica justo en la estela de la cola del cometa. El planeta entero se va a ver expuesto a lo que desparrama a su paso. Y no hablamos de panspermia, no hablamos de organismos primordiales, los que fundaron la vida… hablamos del virus del miedo. Hoy, el mundo entero va a ser cubierto de una nube de virus del miedo. Es el primer paso la infección que activarán en diciembre de dos mil doce.

—Quieres decir que todos quedaremos como Laina.

—No, no ahora. Están sembrando. La semilla del virus va a quedar en nosotros para cuando lo crean necesario. Solo tú y un puñado que se han recuperado del virus podrán hacerse cargo de lo que venga el día después.

—El veintiuno de diciembre de dos mil doce.

—Mejor le temes al veintidós. Ese es el día en que arribarán los grises, por millares. No sabemos aún si lo harán en forma abierta o si el plan es más complejo e invasivo. Pero ese será el día en que dejaremos de ser nosotros mismos para convertirnos en artefactos biológicos. Esclavos del nuevo orden Alino… es cumplir con aquello para lo que fuimos creados. Somos todos lo mismo, todos biofactos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EPILOGO

12/12/2011 – Nevada – Estados Unidos

 

Ed se pasó un trapo húmedo por las manos. Intentaba quitarse unas manchas de grasa antes de tomar el periódico.

— ¡Rolando! —El hombre buscaba con la vista a su empleado, que acababa de entrar en la oficina— ¿Has visto el periódico de hoy?

—No… —la voz llegaba de lejos pero unos pasos presurosos anunciaban cercanía.

—Mira, aquí en el rincón de la tapa —Ed ponía el periódico frente a su rostro y marcaba con un dedo un recuadro.

—Un agente… —Rolando intentaba enfocar la vista en las pequeñísimas letras— Un agente del FBI muere al atacar a un policía. En la habitación del hotel donde se hospedaba encontraron un mensaje: “La colonización ha comenzado”.

Ed sonrió mientras dejaba la publicación sobre el escritorio de la cafetería de la estación de servicio.

— ¿No te suena raro? —Dijo al fin— A mí me parece que hay gato encerrado.

Rolando asintió mientras giraba hacia la puerta de entrada. Una camioneta negra acababa de aparcar junto a los surtidores. El hombre tuvo toda la intención de pasar por la puerta, pero en cambio se vio obligado a mantenerse ahí, apoyando las manos contra el vidrio. Esa cabellera rubia… la conocía.

— ¿Ed?

El dueño de la estación de servicio ya caminaba, presuroso, hacia Rolando. No todos los días llegaban visitas y mucho menos una pareja de amigos, dados por muertos, no mucho tiempo atrás.

® Fernando Silva 2011 – Todos los derechos reservados

Biofacto | Un final y un enorme gracias

Es difícil agradecer —tras un año de trabajo— a todas las personas que colaboraron —de una u otra manera— con esta novela. Espero no olvidar a nadie pero al menos hago el intento:

Gracias: Vanesa Gonzalez, Mario Martin, Javier Belmar, Johan Dommenice, Berenice, Adrian Perezfunes, Daniel Valverdi, Marcos Cenizo, Santi Camacho, Patricia Masanes, Leonardo de la Iglesia, Matias Zabala, Angora, Johnny, Javi, Random House Mondadori, Mamá, hermanos, William E. Fleming, Ofelia Perez Lopez, Mike Cortes, DJF Denis, Karis Garcia de Mora, Bookbank Agencia Literaria, Joaquin Abenza, Jose Baglioni, Alejandro Haberkon, Marcos Liendo Guete, Lucia Sinquepalmi, Luciana Benitez, Elcy Lpl, Martin Arrieta, Juanjo Gianforte, Neno Watson, Lucas Pellegrino, Encarni Sabater Ruiz, Carmen Ferron, Juan Jose Sena Weill, Yanela Eberle, Santos Fernandez Fernandez, Programa “Nuestras Voces”, programa “Codigo OVNI”, Programa “Otros Mundos”, y much@s más que espero sepan comprender el descuido de no incluirles… no puedo recordarlos a tod@s ahora, es mucha la emoción.

Eternamente agradecido. Ahora esperen por la segunda novela… 

Biofacto: Capítulo FINAL —ADELANTO—

El capítulo 44 de Biofacto es también el final de esta primera novela. De a poco vamos entrando en las ultimas vivencias de estos personajes que —aún— tienen mucho por decir y hacer. The Fall, nueva canción de Gary Numan ha tenido mucho que ver con estas letras, por lo que adjunto el video debajo de la entrega. Espero que lo disfruten, en breve, el capítulo completo.

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«Todo tiene un final y por mucho que hagamos por evitarlo, la consecución de los ciclos cósmicos termina por quebrarnos, desde dentro, para siempre. El día muere en la noche, de la que nace el día y no hay nada que puedas hacer por detenerlo. Existe un alfa por cada omega y un demonio por cada santo; todos transitando la eterna autopista que lleva a los extremos y en cuyos remansos se agolpan los tibios, los medio vivos. Eso, mientras no llegue la muerte. Vida, para el que tiene suerte, mientras le dure y le mantenga fuerte. Porque todo tiene un final y, vamos, que el mundo en que vivimos parece haberse cansado de vernos la cara de frente.

Recibamos al omega con la dulzura del enfermo que enfrenta la muerte».

 

El Profeta (Mexico DF, 03.03.03)

Parte I

                        Lo vi todo, muy claro, en el instante en que puse los pies fuera de la furgoneta. Ese tanque de agua junto a la pequeña casa de la estación de trenes era casi tan grande como la suma de mis miedos. Erguido en medio de la llanura, echando sombra sobre el pasto amarillento y las pocas seguridades que da la tierra al posar los pies en ella. Y sin embargo —y por un momento— fui capaz de olvidar a Laina, al Serpo, a mis captores devenidos en aliados… uno de esos instantes de realidad bruta, como cuando te miras el negro de los ojos en un espejo, solo para comprender que algún día, inevitablemente, acabarás muerto.

Caminé, en silencio, junto a la camilla en la que arrastraron su cuerpo hasta esa puerta de madera, despintada y polvorienta. Todo el trayecto, con la mirada en el pasto, en lo seco de la tierra bajo nuestros pies. Pues que aquello era un paraíso comparado al yermo paisaje del vacío personal. Solo me fijé en su rostro, en esos ojos afiebrados y los gestos tensos, cuando nos detuvimos para esperar a que alguien, desde dentro, gritara un par de cosas. Unas moscas me pasaron zumbando mientras un clic seco hablaba, a la distancia, de acceso. Entonces el olor a encierro y unos pasos al interior de la casa, aislado del sol por unos trapos momificados sobre las ventanas. Recuerdo, pensé muchas cosas en apenas unos segundos… recuerdo que lo primero —y último— en venir a mi mente, fue la idea de un matadero… matadero de hombres.

 

*            *            *

La sangre apenas si había coagulado en la camisa del caído para cuando tiraban de sus brazos y le arrastraban lejos del fuego y del plomo. Esas manos ásperas, de ángel del desierto, se las arreglaron para elevarle en el aire y posarle sobre la parte posterior de una camioneta despintada.

Ahora, seis horas más tarde, esas mismas manos se frotaban una con otra, dejando una capa invisible de dermis muerta sobre el piso de tierra, mientras su dueño mantenía la vista fija en el hombre que agonizaba en medio del Hogan que el chamán de los Navajo tenía reservado para esos casos especiales.

— ¿Vivirá?

—Depende de su espíritu.

El hombre de manos ásperas miró, de reojo, a la niña que se mantenía en silencio, sentada justo a su derecha. Y temía decirlo, incluso pensarlo, pero aún le provocaba pavor la manera en que se había encargado de terminar con la amenaza de los agentes federales. Nunca había visto una carnicería así, ni en sus tiempos de soldado de infantería. Una cosa era ver los girones humanos que producía la guerra y otra muy distinta era esa suerte de juego de tiro a las calabazas en el que se había embarcado la niña. Cada cuchillo, de cada guerrero, había dejado su vaina. Al instante, devenidos en proyectiles, perforaban cráneos a una velocidad imposible, haciendo que el terreno quede cubierto de cuerpos decapitados. Ese matadero, esa barbarie, era un exceso incluso ante el peor enemigo. Pero qué se le podía decir a una niña defendiendo a sus padres… ¿quién se animaría a contradecirle ahora que quedaba claro que en su digna ira demostraba ser hija de La Madre?

El hombre se incorporó sin hacer ruido y caminó con gracia y sigilo hasta la abertura que hacía de puerta del Hogan. Alguien tenía que limpiar el desastre, al menos juntar los cuerpos con los pedazos de cráneo y cubrirles de tierra antes del amanecer.

® Fernando Silva 2011 – Todos los derechos reservados

Gary Numan | The fall (2011)

 

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Biofacto: Capítulo 43 —EDITADO—

El anteúltimo capítulo de Biofacto ha sido editado. Adelantarles algo de lo que aquí sucede es como quitarle el gusto a la torta, así que les dejo la intriga de saber como se va enrumbando la historia. El Capítulo 44 —seguramente el último—, será un poco más largo de lo normal, quizás entregado en dos veces… quiero tomarme mi tiempo para pulir el final.

Espero que disfruten “Bombas detenidas” tanto como yo… Pueden leerlo AQUÍ ►►►

El Wallpaper de hoy: