
Biofacto II: Exégesis
Autor: Fernando Silva
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Parte segunda: El proceso
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Capítulo 16: Soy lo que sobrevive
No sé qué es esto que veo… no se siquiera dónde estoy, donde no estoy. Solo una cosa parece real, este dolor inmenso que corta mi existencia en dos. Me gustaría saber que son esas luces, verdes y blancas, que forman un aro sobre mis ojos… luces y sombras, las de quienes sean que están haciendo esto conmigo.
Quiero… preguntarles qué es lo que hacen. Quiero gritar como recién lo hice, pero ya no puedo, algo me paraliza también mis párpados, que tapan ya lo que hacen de mí. ¿Será mejor que no lo vea venir? Así como no vi el peligro de la enfermedad tras ayudar a Laina a reponerse del virus del miedo, lo que callamos a nosotros mismos es lo que termina por devorar el alma, la voluntad y la gracia cósmica del santo dolor.
¡El dolor! Este dolor pulsa todos los nervios de mi cuerpo, espasmo infinito… y no sé cuánto más lo pueda soportar.
* * *
Un día con su noche y el agotamiento estaba haciendo mella en Laina, que seguía suspendida en el aire a unos metros del camión. Ese silencio obligado la había arrastrado a un viaje interno, complejo y revelador; tal vez lo mejor sería encontrarse con la muerte de una buena vez. Al fin y al cabo estaba segura de haberlo dado todo y un poco más, por lo que no se resistiría si era ese el destino. Ya no más de esa causa de nada, sin futuro y sin salida. Ya no más miedo ni dolor, solo paz y vacío, oscuridad eterna para un alma que desde hacía mucho, no podía creer en nada.
Ese estado de ingravidez le ayudaba a pensar en que, quizás, podría irse, tras la muerte, flotando entre las ramas de los pinos, camuflada entre la pelusa del bosque, para viajar a ninguna parte, sin ningún motivo. En cambio, sobre la llegada del medio día, Laina notó como su cuerpo descendía, con suavidad, hasta alcanzar el piso. Y ese contacto fue aprovechado con pies, tronco y cabeza. Es que las piernas no le soportaban el peso, o quizás no lo deseaban.
—Laina, debes ponerte de pie —La voz de Eva sonaba suave y enérgica, casi como la risa de un niño—, tienen algo para ti.
* * *
Se las había arreglado para ayudarla a estar un poco erguida. Eva hablaba de buenas nuevas mientras ponía todas sus fuerzas en sostener a Laina, que apenas podía mantener la cabeza derecha.
—Ya vienen.
Entre borrones de colores las imágenes, poco a poco, fueron ganando nitidez. Tres pares de botas de alpinismo acababan de detenerse justo delante y se mantenían estáticas, como esperando a que la muchacha pudiera subir la vista, o quizás algo más.
—Laina… ¡oh Laina!
Esa voz fue un cuchillo entre las costillas, un imprevisto que arrancó lágrimas que corrieron al suelo, para mezclarse entre las agujas de los pinos, mismas que ahora pisaban esos zapatos, los que llevaba Alino. Laina sintió entonces unos brazos que la envolvieron y ese olor, esa piel tan dulce como conocida.
—Aquí estoy… estamos vivos.
Laina buscó enfocar la vista pero otra vez le fallaba el cuerpo. Entonces besó ese hombro, el más familiar de su extraña vida, una y otra vez.
—Te amo… —balbuceó con dificultad— te amo.
* * *
La noche anunciaba su llegada con una brisa gélida que silbaba apenas entre las ramas de los pinos. Ese claro en el bosque se había transformado, durante la tarde, en improvisado campamento en el que Eva, el serpo y Avi terminaban de organizar un sistema de guardias.
Un poco más allá, hacia el norte, Alino y Laina habían compartido un largo silencio tras el cual se las habían arreglado para contarse mucho de lo sucedido en los últimos meses. Y aunque a Laina le parecía que faltaban los puntos más importantes no le molestaba demasiado imaginarlo o dejarlo para luego, con tal de disfrutar el momento.
—Ya hablaremos en detalle y de todo…
—No me acostumbro a tu cabello negro —Alino tomaba el rostro de Laina entre sus manos, por milésima vez—, pero esos ojos son mi calma.
Laina sonrió entre lágrimas. No podía contener las emociones y tampoco los labios. Besaba ese rostro como si le tocara el alma cada vez y no pensaba mucho en nada, más que en mantener cerca al pelirrojo, muy cerca.
—Mi cabello negro y lacio, si… fue idea de La Madre.
Alino frunció el ceño y desvió la mirada hacia el sol poniente.
—Está bien… ¿te ayudaron los agentes de mi madre?
—Si… pero veo que tienes mucho para callar de lo que pasó en Argentina. Me gustaría saber qué fue lo que sucedió, que me digas con tus palabras porqué decidiste dejarme allí.
Alino arrugó los pómulos en un gesto que le agregó muchos más años de los que Laina hubiera imaginado verle alguna vez.
—Creo que no es buen momento, no sé si estoy preparado para hablar de eso —Alino llevó sus ojos a los de Laina—. De hecho, no tengo muy claro el porqué de muchas de las cosas que hice en los últimos meses.
—Juntos podemos…
—No, no creo que podamos.
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Datos de registro
| Identificador: |
1207131962378 |
| Título: |
Biofacto II – Exegesis |
| Fecha de registro: |
13-jul-2012 21:43 UTC |
| Autor: |
Epicero |
| Tipo de obra: |
Literaria, Literaria: Otros |